Para quienes crecimos durante la década de los noventa, los trastornos alimenticios como la anorexia y la bulimia formaban parte de una realidad que, aunque no siempre comprendíamos, estaba bastante normalizada en la búsqueda de la extrema delgadez.

Los cuerpos “de ensueño” de supermodelos como Kate Moss y Naomi Campbell eran la meta para muchas adolescentes. En México, figuras como Thalía y Anahí, por mencionar solamente algunas celebridades de aquella época, representaban el ideal que muchas chavas de mi edad queríamos alcanzar. Queríamos sus cinturas, sus piernas y, por supuesto, la ropa que ellas usaban. El problema era que aquella ropa no estaba pensada para todos los cuerpos.

 

En esa época no existía la variedad de prendas para cuerpos plus sizeo curvy que podemos encontrar actualmente. Tampoco se utilizaban esos términos. Éramos simplemente “las gorditas”. Sí, así, en diminutivo, como para que no se sintiera tan feo decirlo ni escucharlo. Aunque sí se sentía. Para mí era muy común escuchar: “Karem es tan bonita que, aunque esté gordita, todo lo luce muy bien”. Sin darse cuenta, aquellas palabras fueron sembrando en mi mente la idea de que ser gorda era algo negativo y que decirlo en diminutivo, de alguna manera, hacía que sonara menos mal. Pero el diminutivo suavizaba la palabra, no el mensaje.

Las tiendas parecían recordarnos que, si queríamos vestir a la moda, primero teníamos que bajar de peso. No había tallas, opciones ni demasiados mensajes de aceptación. El cuerpo era el que tenía que adaptarse a la ropa y nunca la ropa al cuerpo.

Crecimos creyendo que ser delgadas era casi una obligación femenina. Aprendimos a contar calorías, a sentir culpa después de comer y a recibir como un cumplido aquella frase que todavía hoy continúa escuchándose: “Te ves muy bonita, ¿bajaste de peso?”.Como si la belleza solamente pudiera confirmarse a través de una báscula.

 

Treinta años después, cuando creí que finalmente las mujeres comenzábamos a sentirnos más cómodas con nuestros cuerpos, me ha sorprendido observar el auge de las inyecciones para bajar de peso rápidamente. En redes sociales aparecen transformaciones sorprendentes, testimonios y hasta recomendaciones sobre medicamentos que deberían ser utilizados únicamente bajo supervisión médica.

 

Antes de continuar quiero hacer una aclaración importante: la obesidad no es falta de voluntad ni un problema meramente estético. La Organización Mundial de la Salud la reconoce como una enfermedad crónica y compleja que requiere atención integral. Para muchas personas diagnosticadas con obesidad, diabetes u otras condiciones de salud, estos medicamentos pueden representar una herramienta valiosa y necesaria. No cuestiono su uso cuando existe una indicación médica.

Mi reflexión está dirigida hacia otra realidad: utilizar medicamentos sin necesitarlos clínicamente, solamente para bajar algunos kilos y alcanzar con mayor rapidez determinado ideal de belleza. Porque una cosa es luchar contra una enfermedad y otra muy distinta poner en riesgo nuestra salud por vanidad.

 

La misma Organización Mundial de la Salud advierte que estos medicamentos no son para todas las personas y que deben ser prescritos por un profesional después de revisar la historia clínica de cada paciente. Por su parte, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos ha alertado sobre los riesgos de las versiones no autorizadas, la automedicación y los errores en las dosis.

Y ni qué decir del mercado “pirata”. Las autoridades sanitarias de países como México, Brasil y Colombia ya han emitido alertas por la circulación y comercialización de productos falsificados. Porque donde existe una moda que promete resultados rápidos, nunca falta quien encuentra la manera de hacer negocio, aunque para ello ponga en riesgo la salud de los demás.

A pesar de ello, en las redes sociales pueden llegar a recomendarse con la misma ligereza con la que se comparte el nombre de una crema o una dieta.

 

En los noventa fueron las dietas milagro, las pastillas para quitar el hambre, los productos “light”, las horas sin comer y los cuerpos extremadamente delgados de las revistas. Hoy son los filtros, las cirugías, los retoques digitales y las inyecciones que prometen resultados rápidos.

Cambiaron los métodos, pero no necesariamente cambió la presión. La exigencia sigue siendo la misma: convencernos de que necesitamos ser más delgadas para sentirnos bellas, aceptadas y suficientes.

 

¿Por qué nos cuesta tanto a las mujeres aceptar nuestros cuerpos, quererlos y cuidarlos? Quizá porque durante generaciones se nos enseñó a mirarlos como un proyecto permanentemente inconcluso:siempre falta adelgazar, tonificar, rejuvenecer, borrar una arruga, esconder una estría o corregir alguna parte.

Y mientras intentamos alcanzar esa versión perfecta, se nos puede ir la vida rechazando el cuerpo que nos ha permitido vivirla.

Aceptar nuestro cuerpo no significa renunciar a la salud ni negarnos a realizar los cambios que necesitamos. Cuidarnos puede implicar mejorar la alimentación, hacer ejercicio, acudir al médico o comenzar un tratamiento. Pero existe una enorme diferencia entre transformar nuestros hábitos desde el amor y castigar nuestro cuerpo desde el desprecio.

Justamente eso me ocurrió hace algunos meses cuando, debido a mi diagnóstico de hígado graso y piedras en la vesícula, me vi en la necesidad de anteponer mi salud y el cuidado de mi cuerpo. Tuve que hacer un “cambio de ruta” en mis hábitos alimenticios y comenzar a priorizarme, no por estética, sino por la cirugía a la que iba a ser sometida y por el miedo que me produjo saber que mi hígado no estaba bien.

Además, llegar a los 43 años y sentir que probablemente me encuentro a la mitad del camino fue la señal de que había llegado el momento de hacer una reestructura en mi vida. Pero de eso les hablaré otro jueves.

 

Una cosa es querer sentirnos mejor y otra creer que solamente tendremos valor cuando seamos más delgadas.

No pretendo juzgar las decisiones de ninguna mujer ni suponer cuáles fueron sus motivos para utilizar determinado medicamento. Entiendo también que cada persona vive una historia distinta y que, detrás de cualquier decisión relacionada con el cuerpo, pueden existir razones que los demás desconocemos.

Mi intención no es señalar a quien ha recurrido a estos tratamientos, sino cuestionar una cultura que continúa diciéndonos que nuestros cuerpos necesitan ser corregidos y que siempre encuentra una nueva forma de vendernos la supuesta solución.

“Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, dice el libro del Eclesiastés, recordándonos lo pasajero de aquello a lo que tantas veces damos un valor desmedido.

 

Nuestros cuerpos van a cambiar. Cambiarán con los años, las maternidades, las enfermedades, los duelos, las alegrías y cada una de las etapas que tengamos la fortuna de vivir. Pretender que permanezcan siempre iguales es exigirles algo contrario a su naturaleza.

 

La medicina puede ayudarnos a transformar el cuerpo y a mejorar la vida de quienes enfrentan una enfermedad. Lo que ninguna inyección puede hacer es sanar la mirada con la que nos observamos ni suavizar la dureza con la que juzgamos la forma que nuestras almas habitan.

 

Porque la verdadera aceptación y el amor por nuestros cuerpos no comienzan cuando logramos entrar en una talla.

 

Comienzan cuando entendemos que nuestro valor nunca dependió de ella.

 

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