Este domingo, mientras el café humea en la taza y agosto avanza con esa calma engañosa de los días de verano, vale la pena detenernos frente a una fecha que acaba de pasar casi silenciosamente por el calendario: 13 de agosto. Hace 505 años, el 13 de agosto de 1521, cayó México-Tenochtitlan. Y aunque durante generaciones aprendimos una versión relativamente sencilla —Hernán Cortés llegó, conquistó a los aztecas y comenzó la Nueva España—, basta asomarse un poco a las fuentes para descubrir que la historia fue muchísimo más compleja.

Para empezar, Tenochtitlan no cayó ante un puñado de españoles. Cortés contaba con menos de mil europeos, pero a su lado combatieron decenas de miles de indígenas pertenecientes a pueblos que tenían sus propias cuentas pendientes con el poder mexica. Tlaxcaltecas, texcocanos, huejotzingas, chalcas y otros grupos participaron en una enorme coalición que terminó enfrentándose a Tenochtitlan. Y ese dato cambia profundamente nuestra manera de entender la conquista, porque dejamos de verla exclusivamente como una guerra entre “españoles e indígenas” y comenzamos a reconocer también una guerra atravesada por rivalidades, alianzas, intereses y conflictos entre los propios pueblos mesoamericanos.

Tlaxcala fue fundamental. También Texcoco. Sin sus guerreros, alimentos, cargadores, conocimiento del territorio y apoyo logístico, resulta difícil imaginar que Cortés hubiera podido regresar después de la enorme derrota sufrida la noche del 30 de junio al 1 de julio de 1520, aquella que durante siglos conocimos como la Noche Triste. Los mexicas habían conseguido expulsarlos de Tenochtitlan, pero Cortés sobrevivió, se refugió entre sus aliados y regresó meses después. Esta vez volvió preparado no solamente para combatir, sino para sitiar y asfixiar a la ciudad.

Mandó construir trece bergantines que fueron utilizados para disputar a los mexicas el dominio del lago de Texcoco. Las fuerzas sitiadoras avanzaron por las calzadas, destruyeron edificios, rellenaron canales y fueron cerrando las vías por las que Tenochtitlan podía recibir alimentos y otros suministros. También interrumpieron el agua que llegaba desde Chapultepec. Poco a poco, una de las ciudades más extraordinarias del mundo de su tiempo comenzó a morir de sed y de hambre.

Pero había otro enemigo que había llegado antes y contra el cual no existían escudos, macuahuitl ni estrategia militar posible: la viruela. La epidemia de 1520 había causado estragos entre una población que carecía de inmunidad frente a aquella enfermedad llegada de Europa. Entre sus víctimas estuvo Cuitláhuac, sucesor de Moctezuma y uno de los principales dirigentes de la resistencia mexica. Después de su muerte llegó al poder un joven tlatoani cuyo nombre quedaría ligado para siempre a los últimos días de Tenochtitlan: Cuauhtémoc.

Cuando comenzó el sitio definitivo, hacia finales de mayo de 1521, la ciudad ya había sufrido la epidemia, había perdido población y se encontraba rodeada por enemigos. Aun así, resistió durante cerca de tres meses, y debieron ser tres meses infernales. Las fuentes indígenas hablan del hambre, de la enfermedad, de la falta de agua y de los cuerpos acumulándose. El Códice Florentino, elaborado años después por Bernardino de Sahagún a partir de testimonios nahuas, nos permite acercarnos a una memoria de la conquista muy distinta de aquella que dejaron escrita los vencedores.

Porque ésa es otra cuestión que debemos recordar cuando hablamos de la caída de Tenochtitlan: no existe una sola voz para contarla. Está Hernán Cortés escribiéndole al emperador Carlos V y explicando —y justificando— sus acciones. Está Bernal Díaz del Castillo recordando décadas después aquello que había vivido. Pero también están las voces nahuas, los Anales de Tlatelolco, la memoria tlaxcalteca, la texcocana y los códices. Y ni siquiera existe una única “versión indígena”: Tlaxcala no podía recordar aquellos acontecimientos de la misma manera que Tenochtitlan, ni Texcoco construiría necesariamente la misma memoria que Tlatelolco. Los vencidos contarían una historia; quienes participaron del lado vencedor, otra.

Quizá por eso la historia se vuelve mucho más interesante cuando dejamos de buscar héroes y villanos perfectos. También nos obliga a mirar con cuidado personajes que durante siglos parecieron completamente definidos, como Moctezuma. Hasta hoy no podemos asegurar exactamente cómo murió. Las fuentes españolas sostienen que fue herido por su propio pueblo cuando intentaba hablarle, mientras otras tradiciones atribuyen su muerte a los españoles. No existe una prueba definitiva que resuelva el asunto y reconocer que no sabemos con certeza también forma parte de estudiar seriamente la historia.

Para agosto de 1521, la resistencia se había concentrado principalmente en Tlatelolco. Para entonces, aquella extraordinaria ciudad que había maravillado a los españoles cuando llegaron en 1519 estaba prácticamente destruida. El hambre era insoportable, faltaba agua y había enfermos, muertos y heridos por todas partes. Sin embargo, la resistencia continuó hasta que llegó el 13 de agosto de 1521. Cuauhtémoc intentó salir de la ciudad por el lago y fue capturado por hombres que viajaban en uno de los bergantines. Las fuentes españolas atribuyen su captura al capitán García Holguín, y posteriormente el tlatoani fue llevado ante Cortés. Con ese encuentro terminó la resistencia organizada de México-Tenochtitlan.

La tradición nos dejó aquella escena dramática en la que Cuauhtémoc habría pedido a Cortés que tomara el puñal que llevaba en la cintura y lo matara. Es una imagen poderosísima que ha sobrevivido durante cinco siglos, pero conviene hacer una precisión: no poseemos una transcripción literal que permita asegurar que ésas fueron exactamente sus palabras. La historia también está llena de frases que el tiempo convirtió en símbolos y que, repetidas durante generaciones, terminamos aceptando como si alguien hubiera estado allí con una grabadora en la mano.

Lo que ocurrió después fue mucho menos solemne. Los sobrevivientes abandonaron una ciudad devastada. Había cadáveres entre las ruinas y en los canales, y el olor de la muerte aparece incluso en las narraciones de quienes participaron en aquellos acontecimientos. La ciudad más poderosa del centro de Mesoamérica había caído, pero tampoco es correcto afirmar que aquel 13 de agosto “nació México” o que inmediatamente comenzó el Virreinato de la Nueva España. La conquista apenas continuaba: muchísimos pueblos permanecían fuera del dominio español, las campañas militares se prolongarían durante décadas y el Virreinato de Nueva España no sería establecido formalmente sino hasta 1535.


Entonces, ¿quién conquistó Tenochtitlan? ¿Cortés y sus españoles? ¿Los tlaxcaltecas? ¿Los texcocanos? Tal vez la pregunta misma sea demasiado sencilla para un acontecimiento tan complejo. Tenochtitlan cayó por una combinación extraordinaria y terrible de circunstancias:
guerra, alianzas indígenas, epidemias, hambre, decisiones políticas, tecnología militar, control del lago, bloqueo de suministros y antiguas rivalidades mesoamericanas. Nada de eso disminuye la tragedia de la conquista; por el contrario, la vuelve profundamente humana y nos recuerda algo incómodo: los grandes acontecimientos históricos rara vez suceden de la manera sencilla en que terminamos contándolos.

Han pasado 505 años desde aquel 13 de agosto. Sobre las ruinas de aquella ciudad se levantó otra y después otra más. Hoy millones de personas caminan todos los días sobre lo que alguna vez fueron templos, canales, palacios y calzadas de México-Tenochtitlan, muchas veces sin imaginar todo lo que permanece debajo de sus pies.

Termino mi café y miro nuevamente la fecha: 16 de agosto de 2026. Apenas tres días nos separan del aniversario de aquella tarde de 1521. Cinco siglos parecen una distancia enorme hasta que uno descubre que la ciudad sigue ahí, debajo de otra ciudad; que muchas palabras permanecen vivas en nuestra lengua; que los nombres sobreviven; que las piedras continúan apareciendo bajo las calles y que todavía discutimos quiénes fuimos, quiénes vencieron y quiénes fueron vencidos.

Entonces el tiempo hace una de esas cosas extrañas que tanto me fascinan de la historia: 1521 y 2026 dejan de estar separados por 505 años y, por un instante, se entrelazan. El lago vuelve a aparecer debajo del asfalto, las antiguas calzadas coinciden con nuestras avenidas y Tenochtitlan respira nuevamente debajo de la Ciudad de México. Quizá ésa sea una de las razones por las que vale la pena volver al pasado: porque nunca termina de irse.

Y mientras queda el último sorbo de café en la taza, pienso que conocerlo no sirve para quedarnos atrapados en él, sino para conocer el pasado, entender el presente y mejorar el futuro.

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