Hay momentos en la vida en los que parece que todo está saliendo mal. Los planes no resultan, las cosas no suceden como esperábamos y, por momentos, sentimos que ya no podemos más.
Pero la vida también tiene esos momentos para enseñarnos algo que difícilmente aprendemos cuando todo está bien: el temple.
El temple no significa no tener miedo, no llorar o no sentirse cansado. Significa tener la fortaleza para seguir adelante aun cuando las circunstancias no sean las que queremos.
A veces las adversidades llegan sin avisar. Nos cambian los planes, nos obligan a comenzar de nuevo y nos hacen cuestionarnos muchas cosas. Pero no todo lo difícil significa que vamos por el camino equivocado.
Hay etapas que simplemente tenemos que atravesar.
Quizá eso que hoy parece un fracaso mañana se convierta en una enseñanza. Quizá esa puerta que se cerró nos obligue a buscar una diferente. Y quizá ese momento en el que sentimos que ya no podemos sea precisamente el que nos recuerde todo lo que somos capaces de soportar.
La vida no siempre nos pide tener todas las respuestas. A veces solamente nos pide no rendirnos hoy.
Seguir, aunque sea despacio. Levantarnos aunque duela. Volver a intentarlo aunque tengamos miedo. Porque cada vez que enfrentamos una adversidad y decidimos continuar, nuestro carácter se fortalece.
No podemos controlar todo lo que nos sucede, pero sí podemos decidir qué hacemos con aquello que nos sucede.
Así que si hoy parece que todo va mal, respira. No tomes una mala etapa como si fuera toda tu historia.
Tal vez esto no sea una señal para detenerte.
Tal vez sea un llamado a demostrarte que todavía tienes mucho por vivir, por aprender y por conquistar.
No te rindas jamás.
A veces, la victoria más importante no es llegar a la meta, sino tener el valor de dar un paso más cuando todo te decía que te detuvieras.













































