Hay momentos en los que una persona tiene tantas cosas en la cabeza que, paradójicamente, termina sin saber qué decir.
Me ha pasado últimamente.
Frente a una hoja en blanco, las palabras que antes parecían llegar solas se quedan
suspendidas en algún lugar. Uno piensa, intenta escribir, borra, vuelve a intentarlo y termina preguntándose si realmente ya no tiene nada que decir o si, simplemente, está cansado.
Y quizá de eso hablamos muy poco.
Vivimos en una época que parece exigirnos estar permanentemente activos. Hay que
estudiar, trabajar, participar, crear proyectos, aprender nuevas habilidades, tener metas, construir una trayectoria y, además, mostrar todo el proceso. Las redes sociales hicieron que incluso nuestra vida cotidiana pudiera convertirse en una especie de escaparate donde pareciera que todos avanzan menos nosotros.
A los jóvenes se nos repite constantemente que somos el futuro. Pero pocas veces se nos permite reconocer que también somos el presente y que, como cualquier persona, podemos atravesar etapas en las que no sabemos exactamente hacia dónde vamos.
Existe una idea particularmente peligrosa: que descansar es quedarse atrás.
Como si detenernos unos días significara perder oportunidades. Como si no tener un nuevo proyecto fuera señal de fracaso. Como si cambiar de opinión, sentirnos confundidos o simplemente no producir nada extraordinario durante un tiempo fueran defectos que debiéramos esconder.
Nos hemos acostumbrado tanto a hablar de productividad que hasta el cansancio necesita justificarse.
“Estoy cansada porque hice demasiado”
, decimos.
Pero también podemos estar cansados de pensar, de preocuparnos, de intentar cumplir expectativas, de querer hacer las cosas bien, de estar disponibles para todos o de tratar de entender qué queremos hacer con nuestra propia vida.
Y eso también debería ser válido.
No significa conformarnos. Tampoco significa abandonar nuestras metas. Significa comprender que avanzar no siempre se ve como avanzar.
A veces avanzar es terminar algo que llevábamos meses posponiendo. A veces es pedir ayuda. A veces es aceptar que un camino ya no nos hace sentido. Y, en ocasiones, avanzar consiste simplemente en permitirnos respirar antes de decidir cuál será el siguiente paso.
Quizá hemos romantizado demasiado a los jóvenes que pueden con todo.
Admiramos a quien estudia, trabaja, participa en voluntariados, emprende, crea contenido, obtiene reconocimientos y todavía encuentra tiempo para sonreír frente a una cámara. Pero detrás de esa imagen hay personas que también tienen días malos, dudas, pérdidas, frustraciones y momentos en los que no quieren demostrarle nada a nadie.
No deberíamos necesitar convertir nuestro cansancio en una historia de superación para que tenga valor.
Y quizá esto también aplica a quienes escribimos.
Hay temporadas en las que las ideas sobran y temporadas en las que parece que desaparecen. Hay días en los que tenemos una opinión sobre todo y otros en los que necesitamos guardar silencio para escucharnos a nosotros mismos.
Hoy entiendo que mi bloqueo no necesariamente significa que haya dejado de tener algo que decir.
Tal vez significa que necesitaba dejar de exigirme decir algo todo el tiempo.
Porque también tenemos derecho a no tener respuestas. A estar confundidos. A cambiar. A tomarnos un momento antes de volver a intentarlo.
Después de todo, nadie puede vivir permanentemente en modo de rendimiento.
Y quizá una de las formas más honestas de mirar a nuestra generación sea reconocer esto: no somos máquinas de producir logros, opiniones ni resultados. Somos jóvenes intentando construir una vida mientras aprendemos, muchas veces a prueba y error, quiénes queremos
ser.
Tal vez mañana vuelva a tener cien ideas para escribir.
Tal vez algunas tardes vuelva a quedarme frente a una página en blanco.
Pero ahora sé que una página en blanco no siempre representa ausencia.
A veces también representa una pausa.
Y las pausas, aunque no aparezcan en el currículum, también forman parte del camino.














































