¡Bienvenido, Hongosto! 🍄 Ese mes en el que las lluvias despiertan hongos, reverdecen los cerros y nos recuerdan que debajo de nuestros pies existe una red de vida mucho más antigua que cualquiera de nuestras ciudades. Agosto también nos acerca al Día Internacional de los Pueblos Indígenas, conmemorado cada 9 de agosto, y en distintas regiones andinas es el mes dedicado a la Pachamama, la Madre Tierra que alimenta, provee y merece gratitud. Tal vez no sea coincidencia que hongos, pueblos originarios y Madre Tierra se encuentren en estas fechas. Los tres han sido ignorados por una sociedad que llama progreso a todo lo que puede pavimentar, extraer o vender.
Durante siglos nos enseñaron que los pueblos indígenas representaban el pasado. Que sus lenguas debían desaparecer, sus conocimientos eran supersticiones y sus territorios necesitaban carreteras, minas, hoteles o monocultivos para volverse útiles. Después de incendiar bosques, contaminar ríos, erosionar suelos y alterar el clima, la modernidad comenzó a descubrir algo sorprendente: aquellas comunidades a las que intentó civilizar sabían conservar el territorio mejor que muchos de quienes llegaron cargando títulos, mapas y permisos. Quizá los atrasados no eran quienes pedían permiso antes de tomar algo de la naturaleza, sino quienes confundimos desarrollo con extraerlo todo antes de que alguien más lo hiciera.
En el mundo existen alrededor de 476 millones de personas indígenas. Representan menos del seis por ciento de la población mundial, pero sus territorios tradicionales coinciden con zonas donde se concentra aproximadamente el 80 por ciento de la biodiversidad del planeta. Esto no significa que todos los pueblos originarios sean iguales ni que vivan sin generar impactos. Significa que durante generaciones han desarrollado conocimientos, acuerdos comunitarios y formas de relacionarse con la tierra que han permitido conservar ecosistemas donde el resto del mundo solamente veía recursos disponibles.
En América Latina, cerca del 35 por ciento de los bosques se encuentra en zonas habitadas por pueblos indígenas y gran parte conserva todavía su cobertura forestal. La FAO ha documentado que, cuando las comunidades poseen derechos territoriales reconocidos y pueden gobernar realmente sus bosques, las tasas de deforestación suelen ser menores. No es romanticismo ni magia ancestral. Es gobernanza ambiental construida durante siglos, aunque rara vez aparezca con ese nombre en los presupuestos públicos.
La diferencia comienza en una idea sencilla. Para buena parte del pensamiento económico, la naturaleza es un conjunto de recursos. El bosque produce madera, el río aporta agua, el suelo genera alimentos y la montaña almacena minerales. Para muchas cosmovisiones indígenas, en cambio, esos elementos forman parte de una comunidad viva. El río no solo transporta agua. Tiene historia, memoria y obligaciones recíprocas. La montaña no es una reserva esperando maquinaria. Es territorio sagrado y origen. El ser humano no ocupa la cima de esa relación. Es apenas uno de sus integrantes.
En los Andes esta visión se expresa mediante la Pachamama, concepto que suele traducirse como Madre Tierra, aunque encierra algo más profundo. La Tierra entrega alimento, agua y refugio, pero las personas también adquieren responsabilidades hacia ella. Durante agosto, comunidades quechuas y aymaras realizan ofrendas para agradecer y devolver parte de lo recibido. Mientras nuestra economía insiste en crecer ilimitadamente sobre un planeta limitado, la Pachamama recuerda algo bastante elemental: nadie puede recibir eternamente sin regresar nada. Esta cosmovisión incluso influyó en Ecuador y Bolivia para reconocer derechos de la naturaleza. Una idea que algunos consideraron extraña, aunque seguimos aceptando sin problema que una empresa tenga personalidad jurídica y un río no.
México tampoco necesita mirar hasta los Andes. En 2020, alrededor de 23.2 millones de personas se reconocieron como indígenas y más de 7.3 millones hablaban alguna lengua originaria. Cada lengua contiene formas particulares de nombrar plantas, animales, lluvias, cultivos, enfermedades y paisajes. Cuando una lengua desaparece no perdemos únicamente palabras. Perdemos una biblioteca ecológica completa, escrita en semillas, senderos, recetas, relatos y conversaciones entre generaciones.
En Chihuahua lo vemos de cerca con el pueblo rarámuri, que comparte la Sierra Madre Occidental con comunidades ódami, o’oba y warijó. Su territorio reúne montañas, barrancas, bosques templados, pastizales, ríos y zonas semidesérticas. No es solamente un paisaje bonito para fotografiar durante las vacaciones. Es un mosaico ecológico y cultural donde cada cambio de altitud modifica el clima, los cultivos y las formas de vivir. La dispersión de muchas comunidades, que desde fuera suele interpretarse como aislamiento, responde también a una relación histórica con las fuentes de agua, la agricultura y los ciclos de la sierra.
Los rarámuri han conservado conocimientos sobre maíz, frijol, calabaza, plantas medicinales, hongos, fauna, suelos y lluvias. Sus semillas criollas son memoria genética adaptada a heladas, sequías, altitudes y periodos de escasez. Mientras la agricultura industrial busca uniformidad para facilitar el mercado, los pueblos originarios han entendido que la diversidad funciona como un seguro frente a la incertidumbre. Algo bastante útil ahora que el cambio climático vuelve menos predecibles las temporadas.
Lo mismo sucede con los hongos. Para muchas personas urbanas son algo que aparece sobre una pizza o debe eliminarse del baño. Para distintas comunidades serranas forman parte de la alimentación, la medicina, las historias y los ciclos del bosque. Saber dónde aparecen, después de qué lluvia, junto a qué árbol y cuáles pueden consumirse requiere una educación ecológica que no se obtiene viendo tres videos en internet. Se transmite caminando, observando y escuchando a quienes conocen el territorio desde hace décadas. Por eso Hongosto no debería convertirse en una temporada para recolectar todo lo que encontremos y llenar la galería del teléfono. El bosque tiene reglas, custodios y memoria.
Pero hablar de pueblos indígenas también tiene un riesgo: romantizarlos y convertirlos en guardianes perfectos de una naturaleza intocada. No son personajes de museo ni accesorios para campañas turísticas. Son sociedades vivas con derecho a estudiar, viajar, utilizar tecnología, emprender y decidir su futuro. Su valor ambiental no proviene de mantenerlos en pobreza para que otros disfrutemos paisajes conservados. Proviene de reconocer su derecho a gobernar sus territorios y combinar sus conocimientos con la ciencia sin que una visión intente borrar a la otra. La conservación que exige sacrificios indígenas mientras autoriza grandes proyectos extractivos no es conservación. Es colonialismo pintado de verde.
Mientras celebramos sus artesanías, carreras y ceremonias, numerosas comunidades continúan enfrentando despojo, inseguridad, minería, turismo sin consulta y tala ilegal. En la Sierra Tarahumara, cada árbol extraído clandestinamente se lleva mucho más que madera. Se lleva sombra, humedad, suelo, captación de agua y parte del futuro de quienes permanecen ahí. Defender los derechos indígenas es también una estrategia climática, porque proteger sus territorios conserva árboles que almacenan carbono, suelos que infiltran agua, corredores para la fauna y conocimientos necesarios para responder a sequías e incendios.
La ciencia moderna puede medir carbono, analizar ADN, proyectar sequías y observar bosques desde satélites. El conocimiento indígena puede reconocer cambios en una planta, distinguir microclimas y recordar cómo respondió el territorio mucho antes de que existiera una estación meteorológica. No necesitamos elegir entre ambos. Necesitamos una ciencia más humilde, capaz de entender que un dato registrado por un sensor y una observación transmitida durante generaciones pueden encontrarse sin que uno intente conquistar al otro.
Quizá por eso los pueblos originarios resultan incómodos para un sistema obsesionado con producir más. Su existencia demuestra que hay otras maneras de habitar el mundo. Nos recuerdan que un bosque en pie produce mucho más que madera, que la riqueza no siempre se guarda en una cuenta bancaria y que el territorio no es un espacio vacío esperando inversión. La sustentabilidad no comenzó con las etiquetas verdes, los automóviles eléctricos ni las conferencias internacionales. Mucho antes de inventar la palabra, comunidades enteras ya practicaban reciprocidad, aprovechamiento estacional, diversidad de cultivos y conservación comunitaria.
Este Hongosto salgamos a observar los hongos, disfrutar las lluvias y caminar por los bosques, pero entendiendo que no llegamos a escenarios creados para nuestro entretenimiento. Llegamos a territorios habitados, nombrados, cuidados y defendidos durante generaciones. Preguntemos antes de entrar, respetemos las reglas comunitarias, consumamos servicios locales y escuchemos más de lo que hablamos. Tal vez descubramos que aquello que fuimos a buscar no estaba únicamente creciendo entre la hojarasca, sino también en la voz de quienes llevan siglos aprendiendo a vivir sin sentirse dueños de todo.
Consejo incómodo: durante este mes conoce qué pueblo originario habita el territorio donde vives, qué lengua habla y qué problemas ambientales enfrenta. Si visitas una comunidad, hazlo mediante actividades autorizadas, compra directamente a guías, cocineras, artesanos y productores locales, pregunta antes de tomar fotografías y nunca extraigas plantas, hongos o semillas sin permiso. Admirar una cultura es sencillo. Respetar su territorio y permitir que sus habitantes se beneficien de lo que han conservado requiere un poco más.
La humanidad no necesita enseñarles a los pueblos originarios cómo entrar al futuro. Necesita dejar de destruir el conocimiento que puede ayudarnos a tener uno.
Juntos Todos por un planeta donde la Tierra deje de tratarse como propiedad y vuelva a reconocerse como hogar, memoria y comunidad. 🌎🍄
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