Este fin de semana, Chihuahua se llenó de béisbol.

Del norte a la región centro-sur del estado, los aficionados vivieron otra jornada intensa en la lucha por el Campeonato Estatal de Béisbol. Y mientras en los diamantes se disputaban carreras, series y boletos a la siguiente ronda, en otro terreno también comenzaron a acomodarse las piezas.

Porque, aunque parezca extraño, el béisbol y la política tienen mucho más en común de lo que algunos quisieran reconocer.

Primero, la pelota.

Juárez, Cuauhtémoc, Chihuahua y Delicias son los cuatro equipos que siguen con vida en la pelea por el campeonato.

Los Manzaneros de Cuauhtémoc hicieron valer su condición de locales frente a los Indios de Juárez. Sin embargo, la serie terminó por calentarse más de la cuenta y llegó al extremo de los golpes.

Eso, por supuesto, tendrá que ser revisado por la Liga Estatal de Béisbol.

La pasión es parte del espectáculo; la violencia, no.

Por su parte, mis queridos Algodoneros de Delicias no pudieron superar a los Dorados de Chihuahua. Ni siquiera la lluvia logró modificar el rumbo de la serie.

Y mientras unos celebran su pase y otros hacen cuentas, la política también comienza a jugar su propio campeonato.

Porque poco a poco se acomodan los amarres, aparecen las alianzas y empiezan a construirse los pactos que seguramente veremos con mayor claridad conforme avance el calendario rumbo al 2027.

Algunos ya están calentando el brazo.

Otros están buscando quién les pase la señal desde el dugout.

Y no faltan aquellos que, sin haber jugado una sola entrada, ya se sienten en la final.

Pero hay un factor que ningún estratega debería ignorar:

el desgaste y el hartazgo de la ciudadanía.

Ese es, quizá, el rival más difícil.

En el béisbol, cuando un equipo deja de dar resultados, la afición comienza a reclamar. Si una directiva insiste en cometer los mismos errores, tarde o temprano llega la exigencia de un cambio.

También se vale renovar.

Cambiar directivas.

Buscar nuevas caras.

Presentar nuevas ideas.

Y, sobre todo, demostrar un verdadero compromiso con quienes mantienen vivo el espectáculo.

Porque la afición no es un simple espectador.

Es quien compra el boleto.

En la política ocurre exactamente lo mismo.

La ciudadanía también paga su entrada. Lo hace a través de sus impuestos y espera resultados.

Por eso, los mismos rostros, las mismas ideas y las mismas estrategias terminan provocando desgaste cuando no existen resultados que justifiquen su permanencia.

Cambiar de uniforme no significa cambiar de equipo.

Y poner una cara nueva con las mismas prácticas tampoco es renovación.

Es simplemente reciclar la alineación.

Ahí está uno de los grandes retos rumbo al 2027.

Porque seguramente veremos desfilar nombres, grupos, alianzas, operadores y aspirantes que buscarán ocupar un lugar en la alineación.

Unos tendrán estructura.

Otros tendrán padrinos.

Algunos tendrán recursos.

Y habrá quienes tengan una larga trayectoria.

Pero ninguna de esas cosas garantiza lo más importante:

la confianza de la ciudadanía.

Y esa confianza no se compra con fotografías, discursos ni reuniones privadas.

Se construye con resultados.

La gente observa.

Compara.

Recuerda.

Y también se cansa.

Por eso, cuidado con quienes ya están repartiendo posiciones antes de que comience oficialmente el partido.

En el béisbol, un equipo puede dominar durante varias entradas y perder el juego en la última.

En política sucede exactamente lo mismo.

Hoy alguien puede sentirse favorito y mañana descubrir que la afición decidió cambiar de camiseta.

Porque cuando ya no hay resultados, se cambia de estrategia.

Y cuando la estrategia tampoco funciona…

se cambia el timón.

Ese es el mensaje que deberían escuchar quienes ya están pensando en el próximo proceso electoral.

Chihuahua no necesita solamente nuevos candidatos.

Necesita nuevas ideas, nuevas formas de hacer política y, sobre todo, una verdadera conexión con una ciudadanía que cada vez exige más y tolera menos.

Así que mientras los cuatro equipos semifinalistas se preparan para seguir peleando por el campeonato estatal, en la política también comienza una larga temporada.

Algunos apenas están llegando al dugout.

Otros ya están tomando turno al bate.

Y unos cuantos, quizá demasiado confiados, ya están celebrando una victoria que todavía no existe.

La pregunta será quién tiene el mejor equipo, quién sabe jugar bajo presión y quién realmente entiende que el partido no se gana en las oficinas.

Se gana en el terreno.

Y en política, el terreno es la calle.

La afición es la ciudadanía.

El boleto es el voto.

Y el marcador final lo pone la gente.

Así que…

¡Play ball!

El juego rumbo al 2027 apenas comienza.

Y más de uno tendrá que demostrar que no solamente sabe batear para la foto, sino que también sabe ganar cuando las cosas se ponen difíciles.

Así es en el béisbol
Esto no se acaba hasta que se acaba

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