Llevo una semana en Japón y, entre trenes puntuales, calles llenas de gente, máquinas expendedoras por todos lados y una ciudad que parece funcionar con una precisión casi obsesiva, hay algo mucho más sencillo que no deja de llamarme la atención: casi no hay botes de basura. Caminas por Tokio con la envoltura de un onigiri, una botella o el vaso vacío del café, recorres varias cuadras buscando dónde tirarlo y muchas veces simplemente no encuentras nada. Lo extraño es que tampoco encuentras la calle tapizada de basura. Para alguien que viene de Delicias, donde por años aprendimos a asociar una ciudad limpia con poner más botes, más grandes, más bonitos, más coloridos y cada vez en lugares más recónditos, aquello resulta casi contradictorio.
Durante el tiempo que fui jefe de Medioambiente, una de las peticiones más frecuentes que recibía era justamente esa: botes de basura. Para parques, plazas, escuelas, avenidas, colonias, eventos y cualquier espacio donde apareciera un residuo. Y sí, muchas veces eran necesarios, pero muy en el fondo nunca terminaba de cuadrarme que esa fuera la solución definitiva. Porque ponías un bote y después había que vaciarlo. Ponías diez y necesitabas personal para atender diez. Después alguien pedía otros veinte, había que comprar bolsas, darles mantenimiento, limpiarlos, reparar los vandalizados y aumentar rutas de recolección. Y, aun así, muchos terminaban desbordados mientras alrededor seguían apareciendo botellas, vasos y envolturas. Era una carrera sin meta: más basura, más botes, más personal, más camiones y otra vez más basura.
Japón me hizo volver a pensar en aquello. La escasez de botes públicos se acentuó después del atentado con gas sarín en el metro de Tokio en 1995, cuando muchos fueron retirados por cuestiones de seguridad. Pero lo verdaderamente interesante es lo que ocurrió después. La sociedad no respondió diciendo: si el gobierno quitó el bote, ahora tiro la basura donde pueda. Se reforzó una conducta bastante sencilla: gomi wa mochikaeru, llevarte tu basura contigo. Incluso en Shibuya, una de las zonas más saturadas de visitantes del planeta, la norma oficial parte precisamente de una idea así de directa: tu basura, te la llevas.
Detrás existe también un concepto japonés que ayuda a entender mucho de lo que he visto esta semana: meiwaku, que podría explicarse como evitar provocar molestias o cargas innecesarias a los demás. Dejar una botella en una jardinera no significa simplemente tirar basura. Significa decidir que otra persona tendrá que recoger lo que tú generaste. Esa idea de corresponsabilidad se aprende desde muy pequeños. En las escuelas japonesas existe la práctica cotidiana de que los propios alumnos limpien salones, pasillos y áreas comunes. Más allá del nombre que utilicemos, muchas veces asociado al sōji u ōsōji, lo importante es el mensaje: si utilizas un espacio, también eres responsable de cuidarlo.
Y aquí es donde creo que México tiene mucho que aprender, pero no copiando literalmente. Si mañana quitáramos todos los botes de Delicias bajo el argumento de que en Tokio funciona, probablemente acabaríamos con un problema sanitario monumental. Tenemos comercio informal, comida callejera, sistemas de recolección distintos, poca separación en origen y todavía demasiados sitios donde el residuo desaparece de nuestra vista pero termina enterrado. La lección japonesa no es quitar botes. La lección es dejar de creer que el bote resuelve el problema.
De hecho, Japón tampoco es el paraíso ambiental que a veces imaginamos. Gestiona sus residuos con enorme disciplina y mucha tecnología, pero una parte importantísima termina en incineración. En el año fiscal 2024 operaban 991 plantas municipales de incineración en el país, cientos de ellas recuperando calor y más de 400 produciendo electricidad. Es decir, Japón tiene una capacidad enorme para reducir el volumen de los residuos y aprovechar parte de su energía, pero eso no significa que todo se recicle ni que quemar sea ambientalmente gratuito.
México enfrenta otro escenario. Seguimos dependiendo fuertemente de la disposición final y apenas una parte relativamente pequeña de los residuos sólidos urbanos recibe tratamiento. La propia Semarnat ha reconocido recientemente que en el país se generan más de 139 mil toneladas diarias de residuos sólidos urbanos y que solamente alrededor del 5 por ciento recibe tratamiento. El resto sigue dependiendo principalmente de sistemas de recolección, transferencia y disposición final que muchas veces terminan enterrando materiales que todavía tenían valor.
Y ahí está otra discusión que debemos cambiar desde el lenguaje. Muchas veces decimos basura como si todo lo que llega al bote hubiera perdido automáticamente cualquier utilidad. Pero buena parte de eso son materiales: aluminio, vidrio, cartón, PET, materia orgánica, metales y plásticos que pueden volver a utilizarse como materia prima si existe un verdadero sistema de separación, recuperación y mercado. El reto de México no es únicamente recoger más rápido. Es construir una cadena en la que separar tenga sentido, reciclar sea económicamente viable y el ciudadano tenga certeza de que aquello que separó no terminará mezclándose nuevamente dentro del mismo camión.
También me ha sorprendido que aquí sí existe el componente que muchas veces evitamos mencionar porque nadie quiere ser el malo de la película: las sanciones. Desde junio de este año, Shibuya aplica una multa administrativa de 2,000 yenes a quien sea sorprendido tirando basura. La regla aplica para cualquiera y en todo el distrito. No se queda solamente en una campaña bonita con caricaturas pidiendo por favor que cuidemos la ciudad. Existe educación, pero también existe una consecuencia cuando alguien decide ignorarla.
Eso me parece importante porque durante años hemos tratado muchos problemas ambientales como si únicamente necesitaran concientización. Claro que necesitamos educación, pero la educación ambiental sin infraestructura se vuelve frustración, la infraestructura sin ciudadanía termina saturada y la regulación sin aplicación acaba siendo decoración jurídica. Para que funcione se necesitan las tres, y todavía añadiría una cuarta: participación social. Gobiernos, escuelas, empresas, organizaciones de la sociedad civil y ciudadanos tienen que formar parte del mismo sistema. No podemos pedirle al municipio que resuelva solo aquello que millones generamos todos los días, pero tampoco podemos exigirle al ciudadano que recicle si después no existe recolección diferenciada ni una industria capaz de aprovechar esos materiales.
Incluso la tecnología puede ayudar. Aquí he encontrado desde sistemas automatizados de separación hasta contenedores especializados y esquemas de recolección extremadamente ordenados. Pero ninguna máquina sustituye la parte fundamental: entender que el residuo sigue siendo nuestra responsabilidad después de terminar de consumir el producto. Podemos comprar el bote más inteligente, instalar sensores, compactadores o sistemas automáticos de clasificación, pero si seguimos produciendo sin pensar y tirando esperando que alguien más resuelva, solamente estaremos tecnificando el mismo problema.
Quizá esa sea la verdadera lección que me está dejando Japón. Durante años pensé mucho en dónde colocar el siguiente bote. Hoy pienso que quizá la pregunta correcta debió ser otra: ¿cómo hacemos para necesitar cada vez menos?
Porque una ciudad limpia no se construye únicamente contratando más barrenderos ni colocando recipientes cada cincuenta metros. Se construye enseñando desde la infancia que lo público también nos pertenece, generando menos residuos, separando correctamente los que sí producimos, creando mercados para reincorporarlos como materia prima y aplicando consecuencias reales cuando alguien decide convertir una calle en su basurero particular.
Consejo incómodo: haz esta prueba durante una semana. Cuando estés fuera de casa y generes una botella, una envoltura o un vaso, si no encuentras dónde separarlo correctamente, guárdalo y llévatelo contigo. Después intenta separar en casa al menos orgánicos, cartón, aluminio y PET. No necesitas cuarenta y cinco contenedores ni hablar japonés. Necesitas empezar a mirar lo que desechas como algo que sigue siendo tu responsabilidad y, muchas veces, todavía tiene valor.
Tal vez llevamos décadas buscando el bote perfecto cuando el verdadero cambio nunca estuvo dentro del bote, sino en la persona que decide qué poner ahí.
Arigato, Japón, por recordarme que una ciudad limpia no es la que mejor esconde su basura, sino la que aprende a producir menos, aprovechar más y dejar de esperar que otro venga detrás a recoger lo que nosotros decidimos abandonar.
Juntos Todos por un planeta donde los residuos vuelvan a verse como recursos y la responsabilidad no termine en cuanto soltamos la bolsa. 🌎🍃
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