Hay un fenómeno doméstico que me parece digno de estudio: podemos convivir durante semanas, meses y hasta años con cosas que sabemos perfectamente que no deberían estar ahí: ese cajón que ya no cierra, el clóset lleno de ropa y zapatos que no usamos (ni usaremos), aretes sin par, los papeles que algún día vamos a revisar, la bolsa con otras bolsas, los recipientes sin tapa y, por supuesto, las tapas sin recipiente que conservamos bajo la esperanza —completamente irracional— de que algún día ocurra el milagroso reencuentro. Y ni hablar de los calcetines que aparecen en la lavadora o secadora sin su respectivo par. Ese sí es un misterio que la humanidad aún no ha logrado resolver.

Sabemos que están ahí. Los vemos. Nos estorban. Incluso, de vez en cuando, pensamos: “un día de estos voy a ponerme a ordenar”. Pero ese día puede tardar meses en llegar. Incluso años.

Curiosamente, existe un poderoso detonante capaz de acelerar cualquier proceso de limpieza: que nos avisen que viene alguien.

Entonces sí. De pronto vemos todo el desorden y quisiéramos tener al hada madrina de la limpieza para que, con su varita mágica, acomodara todo.

Lo que durante meses formó parte de la decoración habitual ahora adquiere dimensiones escandalosas. ¿Cómo no habíamos visto tanto desorden? ¿Por qué guardamos esto? ¿Desde cuándo está aquello ahí? Y comienza una carrera contra el tiempo para limpiar en dos días lo que fuimos acumulando durante meses.

Sacamos bolsas. Tiramos papeles. Regalamos ropa. Movemos muebles. Limpiamos rincones que probablemente no habían recibido nuestra atención en muchísimo tiempo.

Y mientras pensaba en esto hace unos días, me surgió una pregunta incómoda: ¿por qué necesitamos que alguien venga para poner orden en un espacio en el que vivimos nosotros todos los días?

Porque resulta curioso que podamos acostumbrarnos al desorden cuando quienes convivimos con él somos nosotros, pero nos preocupe profundamente cuando sabemos que alguien más va a verlo.

Quizá porque los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad de adaptación. Y eso, que muchas veces es una enorme fortaleza, también puede convertirse en una trampa. Nos acostumbramos a ver el elefante en medio de la sala. Normalizamos su presencia.

Nos acostumbramos al cajón que no abre, a la silla llena de ropa, al escritorio saturado de papeles y al cuarto donde vamos depositando todo aquello que no sabemos dónde poner. Hasta que dejamos de verlo.

Pero qué hermosa satisfacción se siente cuando, al finalizar una jornada de limpieza, nos damos un baño, nos acostamos en sábanas limpias y todo huele a limpiador multiusos, suavizante de ropa y alguna vela aromática (para no hacer publicidad a los productos que yo utilizo).

Les cuento que en mi trabajo tendremos en próximos días la visita del Director General de nuestro Subsistema. Como sucede cuando sabemos que recibiremos a alguien importante, el anuncio bastó para que comenzáramos a mirar nuestros espacios con otros ojos. Aunque cotidianamente procuramos mantener nuestra escuela limpia y en orden, de pronto empezamos a descubrir detalles que la costumbre había vuelto prácticamente invisibles: cosas por reorganizar, documentos por depurar, espacios que podían verse mejor y pendientes de esos que uno va dejando para “cuando haya tiempo”.

Y no es necesariamente falta de cuidado. Creo que muchas veces el ritmo cotidiano nos lleva a concentrarnos en resolver lo urgente y lo importante, aquello que demanda nuestra atención día con día, mientras vamos posponiendo tareas que aparentemente pueden esperar. La visita simplemente se convirtió en ese detonante que nos hizo detenernos, observar con mayor atención y preguntarnos: si todo esto podía organizarse desde antes, ¿por qué esperamos hasta ahora para hacerlo?

Y entonces pensé que probablemente hacemos exactamente lo mismo con nuestra vida emocional.

También tenemos cajones interiores que ya no cierran. Guardamos conversaciones pendientes, palabras que nunca dijimos, resentimientos que juramos haber superado, culpas que seguimos cargando, expectativas que no se cumplieron, relaciones que hace mucho dejaron de hacernos bien y recuerdos que conservamos, aunque cada vez que aparecen nos lastiman. Y ahí están. Ocupando espacio.

Nos acostumbramos tanto a vivir con ellos que terminamos creyendo que forman parte inevitable de nosotros: “Yo soy así”. “Siempre he pensado de esta manera”. “No puedo evitar sentirlo”. “Ya pasó, pero no lo olvido”. “Algún día hablaré de eso”. “Después lo voy a trabajar”.

Exactamente igual que con aquel clóset: después lo arreglo. Y el después se convierte en semanas, meses y, algunas veces, años.

Tal vez necesitamos hacer periódicamente una especie de limpieza profunda de nosotros mismos. Pero, además de voluntad, hacerla requiere aceptación y ser conscientes de algo: así como cuando físicamente nos ponemos a limpiar terminamos el día cansados y adoloridos, la limpieza emocional también duele. Sí, duele, pero también libera.

Abrir puertas y ventanas interiores. Sacar todo. Revisar. Interiorizar. Preguntarnos qué sigue siendo útil y qué solamente estamos conservando por costumbre. Hacer silencio para escuchar la voz del Poder Superior.

Porque no todo lo que alguna vez tuvo sentido tiene que acompañarnos para siempre. Hay pensamientos que nos protegieron en algún momento, pero que hoy nos limitan. Hay relaciones que fueron importantes y cumplieron su ciclo, pero de las cuales aún conservamos recuerdos que llegan a lastimarnos. Hay expectativas que quizá necesitamos agradecer y dejar ir. Hay culpas que ya pagaron demasiados meses de renta dentro de nosotros. Y hay enojos a los que seguimos dando alojamiento gratuito hasta que, como fue mi caso, descubrimos que estaban muy bien instalados en la vesícula y hubo que desalojarlos con todo el peso de la ley (mi cirujano).

Y también hay emociones que no necesariamente tenemos que tirar. Algunas solamente necesitan ser acomodadas.

Porque hacer limpieza emocional no significa negar lo vivido, fingir que no dolió o convertirnos repentinamente en seres iluminados capaces de perdonar absolutamente todo. Significa mirar, reconocer, aceptar.Decidir conscientemente qué lugar queremos darle a cada cosa.

En una limpieza física aparecen objetos que no queremos tirar porque forman parte de nuestra historia. Los limpiamos, los acomodamos y encontramos para ellos un lugar donde puedan permanecer sin estorbarnos. Quizá con algunos recuerdos ocurre exactamente lo mismo.No tenemos que borrarlos. Solo necesitamos evitar que sigan tirados en medio del camino, la mayoría de las veces estorbando.

Y aquí regreso a la visita.

A veces esperamos que llegue alguien o que ocurra algo extraordinario para decidir poner nuestra vida en orden: una nueva relación, un cambio de trabajo, una mudanza, una crisis, una pérdida, un cumpleaños importante, un susto. Algo que nos obligue a mirar aquello que durante demasiado tiempo decidimos ignorar.

Pero quizá no tendría que venir nadie. Quizá nosotros somos razón suficiente. Tal vez merecemos vivir en espacios —físicos y emocionales— donde podamos respirar, movernos y sentir tranquilidad, aunque nadie vaya a visitarnos.

Me gusta pensar que ordenar también es una forma de cuidarnos. Que tirar lo que ya no sirve no siempre representa una pérdida. Que dejar ir también hace espacio. Y que no todo vacío necesita llenarse inmediatamente.

He de confesarles que durante algunos años me rehusé a hacer una limpieza profunda de mis emociones y terminé intentando llenar esos vacíos con decisiones que, lejos de poner orden, me dejaban aún más desordenada. Hoy es diferente.

Sí, tengo recuerdos y emociones que abrazo con mucho cariño; pero ahora veo con mayor claridad qué merece seguir en mi vida, qué necesito, qué me es útil para mis planes actuales y qué simplemente ya cumplió su función. Y lo que no… a la trituradora, a quemarse o al archivo muerto.

Tal vez esta semana sea buen momento para abrir algún cajón —literal o metafóricamente— y revisar qué hay ahí. Preguntarnos desde cuándo lo estamos guardando y, sobre todo, para qué.

Quizá encontremos cosas que todavía queremos conservar, otras que podemos regalar, algunas que necesitan reparación y, seguramente, varias que ya cumplieron su función y simplemente debemos dejar ir.

Porque, después de todo, esta vida es nuestra casa y nosotros también merecemos encontrarla en orden.

Incluso cuando no viene visita.

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