Septiembre, mes de la patria.

Cada año nos llenamos de banderas, de verde, blanco y rojo, de música mexicana y de ese tradicional grito que nos recuerda que somos mexicanos.

Pero este año quiero hacer una pregunta:

¿Qué estamos celebrando realmente?

¿La patria? ¿La nación? ¿A los mexicanos? ¿Nuestra independencia? ¿O la soberanía?

Porque esta última palabra se ha convertido en una de las favoritas del discurso desde el poder. Se habla de soberanía para defender decisiones, para responder a otros países y para construir un discurso que pretende recordarnos que México es un país independiente.

Un país soberano también debería tener instituciones fuertes, seguridad, libertad, estabilidad económica y ciudadanos con la capacidad de decidir sobre su propio futuro.

Y aquí es donde las cosas empiezan a complicarse.

Mientras desde el poder se habla de fortaleza y soberanía, los mexicanos vivimos una realidad muy distinta: una economía que aprieta, precios que golpean el bolsillo, inseguridad, desgaste político y una larga lista de escándalos que poco a poco van erosionando la confianza de la sociedad.

Entonces la pregunta es inevitable:

¿De qué soberanía estamos hablando cuando el ciudadano común siente que cada día tiene menos control sobre su futuro?

Porque la patria no está únicamente en Palacio Nacional.

La patria está en el campo.

Está en las fábricas.
Está en los comercios.
Está en las familias que se levantan todos los días a trabajar de sol a sol.

Está en el joven que busca una oportunidad.

Está en el empresario que arriesga su patrimonio.

Está en el trabajador que hace rendir cada peso para llevar comida a su casa.

Ellos también son México. Ellos también son soberanía.

Y aquí quiero hablar de Chihuahua.

Porque Chihuahua no es cualquier estado.

Chihuahua es tierra de independencia, de revolución, de hombres y mujeres que han escrito páginas fundamentales de la historia de México.

Somos una tierra que históricamente ha sabido levantar la voz cuando ha considerado que las cosas no están bien.

Y en estos tiempos modernos no debería ser diferente.

Chihuahua sigue siendo una voz fuerte y clara frente al Gobierno Federal cuando se trata de reclamar lo que le corresponde a nuestra tierra y a nuestros ciudadanos.

Porque aquí no nos gusta que nos vengan a contar cuentos.

Aquí se trabaja.

Aquí se produce.

Aquí se siembra.

Aquí se genera riqueza.

Aquí sabemos perfectamente lo que cuesta sacar adelante a una familia, un negocio o una cosecha.

Por eso también duele ver cómo, poco a poco, desde el poder federal se ha ido desmadrando —como decimos los norteños— lo poco o mucho que todavía nos queda de aquella patria que tanto presumimos en septiembre.

Y que nadie confunda las cosas.

Criticar al gobierno no significa estar contra México.

Al contrario.

Precisamente porque queremos a México, lo cuestionamos.

La patria no pertenece a un partido político.

No es propiedad de Morena, del PAN, del PRI ni de ningún otro instituto político.

México no cabe en una conferencia de prensa, en un mitin ni en una fotografía oficial.

México es mucho más grande que cualquier gobierno.

Porque los gobiernos pasan.

Los presidentes pasan.

Los partidos pasan.

Pero México permanece.

Y amar a la patria también significa tener el valor de decirle al poder cuando se está equivocando.

Eso también es patriotismo.

Eso también es defender la soberanía.

Porque democracia sin crítica puede convertirse simplemente en propaganda con micrófono.

Por eso este septiembre yo sí quiero gritar:

¡Viva México!

Pero también quiero gritar:

¡Viva la libertad!

¡Vivan las instituciones!

¡Viva la democracia!

¡Viva la libertad de expresión!

Y sobre todo:

¡Vivan los mexicanos que no tienen miedo de levantar la voz!

Porque Chihuahua no necesita permiso para reclamar.

Lo ha hecho antes.
Lo hace ahora.
Y seguramente lo seguirá haciendo.

Porque si algo nos enseñó nuestra historia es que cuando Chihuahua habla, no siempre lo hace para quedar bien con el poder.

Habla para que el poder escuche.

Así que este 15 de septiembre podremos salir a las plazas, levantar la bandera y gritar con orgullo:

¡Viva México!

Que sea un grito por la libertad.
Por la justicia.
Por la democracia.
Por un país donde la patria no sea solamente una palabra utilizada en los discursos.

Porque cuando la patria se convierte únicamente en discurso…

el grito puede ser muy fuerte, pero quedarse completamente vacío.

Y ese sería el verdadero peligro:

UN GRITO SIN PATRIA.

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