Hay noticias que deberían preocuparnos mucho más de lo que lo hacen, la semana pasada conocimos los resultados de PISA 2025, la evaluación internacional que mide lo que saben y pueden hacer los jóvenes de 15 años, en matemáticas, lectura y ciencias.

Y los resultados para México son, por decir lo menos, preocupantes, en matemáticas, solo tres de cada diez estudiantes alcanzaron el nivel mínimo de competencia y en lectura y ciencias, apenas la mitad.

Y antes de buscar culpables fáciles, creo que deberíamos hacernos una pregunta importante ¿En qué momento dejamos de exigirles a nuestros estudiantes aprender y comenzamos a conformarnos con que simplemente avancen?

Porque sí, nuestros niños y jóvenes viven una realidad completamente distinta, actualmente tienen un teléfono en la mano prácticamente todo el día, tienen acceso inmediato a información, videos, redes sociales, inteligencia artificial y una cantidad enorme de estímulos. Pero tener acceso a más información no significa necesariamente saber más.

La propia OCDE advierte que la tecnología puede ayudar al aprendizaje, pero solamente cuando se utiliza con criterio. El uso excesivo de dispositivos puede afectar la atención, la comprensión y hasta la participación de los estudiantes en clase.

Pero aquí está la parte que me parece todavía más importante: No podemos culpar al celular de todo. Porque si un joven no comprende lo que lee, no sabe resolver un problema matemático básico o tiene dificultades para distinguir información de opinión, el problema no comenzó con el teléfono.

También tenemos que hablar de las decisiones que hemos tomado como sociedad y como sistema educativo; Porque durante años hemos hablado de inclusión, de acompañamiento, de bienestar y de evitar la frustración de nuestros estudiantes, y todo eso es importante, pero hay una diferencia enorme entre acompañar a un alumno y dejar de exigirle.

La diferencia es enorme cuando dicen que buscan comprender sus dificultades y como solución, bajas la vara de exigencia, también cuando dicen que quieren evitar que un niño se quede atrás y permiten que avance sin haber aprendido lo que necesita. La inclusión no debería significar conformarnos con menos, y tampoco debemos confundir una educación más humana con una educación menos exigente.

Nuestros jóvenes necesitan apoyo, sí, pero también necesitan disciplina, lectura, matemáticas, capacidad de análisis, concentración y la oportunidad de equivocarse, esforzarse y volver a intentarlo.

Porque la vida no funciona con una lógica de “todos pasan”, la vida exige. Te exige saber resolver problemas, saber cómo tomar decisiones, te exige lo más que pudiera sonar más básico, Leer y comprender. Tienes que saber cómo distinguir entre una verdad y una mentira, pensar por nosotros mismos, y es precisamente eso es lo que deberíamos estar enseñándoles.

Y entonces hay una pregunta muy importante: ¿Qué futuro nos espera si seguimos formando estudiantes a quienes cada vez les exigimos menos, mientras la vida allá afuera cada vez les va a exigir más?

Porque ellos no son solamente nuestros hijos, nuestros alumnos o los jóvenes que hoy están sentados en un salón de clases, ellos son el futuro de todos nosotros. Son los médicos que nos van a atender, los ingenieros que van a construir nuestras ciudades, los maestros que van a educar a nuestros nietos, los empresarios que van a generar empleos y, también, los ciudadanos que algún día van a tomar las decisiones de este país.

Por eso esto no debería ser solamente una discusión sobre una calificación en PISA, debería ser una discusión sobre el México que queremos dejarles y, sobre todo, sobre el México que queremos que ellos puedan construir.

Porque hacerles el camino más fácil hoy no necesariamente significa hacerles la vida mejor mañana, nuestros jóvenes necesitan oportunidades, tecnología, apoyo y comprensión. Pero también necesitan límites, disciplina, responsabilidad y exigencia.

Porque el mundo no les va a regalar nada por haber tenido una educación más permisiva y si nosotros dejamos de exigirles hoy, tal vez mañana sea el país entero el que pague las consecuencias.

La duda no es si nuestros hijos pueden con una educación más exigente, la duda es, ¿Podemos darnos el lujo de seguir exigiéndoles menos?

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