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¿Qué hubiera sido?

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Hay ocasiones en que mi mente me lleva a muchos lugares. No solo a los recuerdos o a escenarios futuros, también a probables situaciones que pudieron haber ocurrido pero que, por mis decisiones, no se dieron así. Por eso, de vez en cuando, anda el “hubiera” rondando por mis pensamientos.

¿Qué hubiera sido de mi vida si no hubiera estudiado Comunicación? ¿Si no hubiera sido Au Pair? ¿Si me hubiera ido a España a estudiar la Maestría? ¿Si no me hubiera casado a los 23 años? ¿Si aquel día no hubiera llevado mi currículum al CECATI 142? ¿Qué sería de mis hijos y de mí si no hubiera tomado la decisión de divorciarme?

Y así, queridos lectores, mi mente empieza a abrir puertas hacia universos paralelos en los que existe otra versión de mí. Una Karem que estudió otra carrera, que nunca se fue de Au Pair, que se casó más tarde —o que nunca se casó—, que jamás llegó al CECATI, que tomó otras decisiones y que, seguramente, conoció a otras personas.

A veces me pregunto cómo será esa mujer. Quizá tenga otra profesión. Otros amigos. Tal vez viva en otra ciudad. Tal vez tenga una familia tradicional, incluso con más hijos. Quizá tenga menos canas —aunque a estas alturas lo dudo—. Puede ser que haya cometido menos errores… o simplemente errores diferentes.

Porque ahí está la trampa del “hubiera”: solemos imaginar que el camino que no elegimos habría sido mejor. Como esa anécdota que se cuenta en casi todas las familias mexicanas de clase media sobre el pretendiente de la mamá que llegó a ser un prestigioso médico, pero ella terminó quedándose con el padre de sus hijos.

Cuando pensamos “¿qué hubiera pasado si…?”, curiosamente nuestra imaginación suele construir una versión bastante favorecida de la historia. Si hubiera aceptado aquel trabajo, seguramente habría sido exitosísima. Si hubiera terminado aquella relación antes, me habría ahorrado mucho sufrimiento. Si hubiera dicho que sí, si hubiera dicho que no, si hubiera esperado, si me hubiera atrevido…

Pero muy pocas veces imaginamos el otro lado.

Quizá aquella oportunidad que dejamos pasar habría resultado un desastre. Quizá esa persona que tanto lamentamos haber perdido habría terminado lastimándonos aún más. Quizá el camino aparentemente perfecto también habría tenido baches, pérdidas, noches de insomnio y momentos en los que nos habríamos preguntado exactamente lo mismo: ¿qué hubiera sido si hubiera elegido diferente?

Y entonces entiendo que el “hubiera” es una pregunta sin respuesta. Porque probablemente hoy me encuentro mejor que antes y las decisiones que tomé las hice pensando en mi bienestar y, después, en el de mis hijos.

Esas realidades alternas que me imagino únicamente me llevan a aterrizar en la historia que sí estoy viviendo. Y esa historia está hecha de decisiones acertadas, decisiones equivocadas y otras que todavía no sé en cuál de las dos categorías colocar.

Porque también he aprendido que hay decisiones que en su momento parecieron errores y años después entendí que fueron necesarias. Personas que pensé que llegarían para quedarse y solo venían a enseñarme algo. Puertas que lloré cuando se cerraron y que, con el tiempo, agradecí no haber podido volver a abrir.

Recuerdo con pena y hasta con un poco de vergüenza las veces que le reclamaba a Dios porque no actuaba de la manera en que yo se lo pedía, cuando simplemente Él estaba obrando en sus tiempos, no en los míos. Pero eso solo pude entenderlo con el paso de los años.

También existen decisiones que volvería a tomar exactamente igual, aun sabiendo el dolor que traerían consigo. Porque así debieron haber sido. Porque hay caminos difíciles que, a pesar de todo, nos llevan a lugares que amamos. Y en mi caso basta mirar a mis hijos para entenderlo; basta mirarme a mí misma y reafirmar lo orgullosa que me siento de quien soy (aun cuando algunas de mis decisiones no me hayan hecho sentir muy orgullosa que digamos).

Si pudiera regresar el tiempo y modificar ciertas decisiones, tendría que aceptar que al mover una sola pieza podría cambiar todo lo demás. Tal vez evitaría algunos dolores, sí. Pero también podría borrar encuentros, aprendizajes, personas, abrazos, carcajadas, oportunidades y momentos que hoy forman parte de mi vida.

Y Hollywood ha jugado muchas veces con esta idea. En The Butterfly Effect (El efecto mariposa, 2004), por ejemplo, cambiar un acontecimiento del pasado termina transformando por completo el presente. Sliding Doors (Si yo hubiera, 1998) nos muestra cómo algo tan cotidiano como alcanzar —o perder— un tren puede dividir una vida en dos historias totalmente diferentes. Y About Time (Cuestión de tiempo, 2013), una de mis favoritas dentro de este tema, lleva la reflexión todavía más lejos: quizá tener la posibilidad de regresar y corregir nuestros errores no significa necesariamente que debamos hacerlo.

Porque ese es el detalle que a veces olvidamos cuando fantaseamos con nuestros “hubieras”: queremos borrar la consecuencia sin borrar todo lo que nació a partir de ella.

Queremos quitar el dolor, pero conservar el aprendizaje. Borrar aquella relación, pero quedarnos con las personas que conocimos gracias a ella. Evitar una mala decisión, pero conservar el lugar al que esa decisión terminó llevándonos.

Y la vida no funciona así.

Entonces… ¿qué quitaría?

¿La caída, sabiendo todo lo que aprendí cuando tuve que levantarme? ¿El error, sabiendo a dónde me llevó después? ¿La despedida, si gracias a ella conocí una versión de mí que no sabía que existía?

No sé.

Viéndolo así, creo que no cambiaría nada.

Tal vez por eso cada vez me interesa menos pelearme con la mujer que tomó aquellas decisiones. Ella decidió con lo que sabía, con lo que sentía, con las herramientas que tenía y con la persona que era en ese momento.

Y hoy soy el resultado de todas esas versiones de mí: la de 16, la de 20, la de 23, la de 36; la que tuvo miedo, la que se equivocó, la que insistió demasiado, la que se quedó cuando quizá debía irse, la que se cansó de remar sola y finalmente tuvo el valor de marcharse; la que empezó de nuevo, la que ha tenido que reconstruirse más de una vez.

Todas me trajeron hasta aquí.

Y así, queridos lectores, mi mente me sacude y hace que vuelva a plantar los pies en mi realidad.

 ¿Qué hubiera sido de mí si hubiera elegido diferente? No lo sé y nunca lo sabré.

Lo único certero es que hoy soy esta mujer: madre, trabajadora, hija, hermana, amiga, tía, sobrina; una mujer que busca ser un buen ser humano, servir en su comunidad, aprender de sus errores y seguir descubriendo quién quiere ser.

Porque al final no somos únicamente las decisiones que tomamos. También somos los caminos que dejamos atrás, las puertas que decidimos no abrir, los lugares de los que tuvimos el valor de salir y todas aquellas veces en que, sin tener la menor idea de lo que vendría después, elegimos dar el siguiente paso.

Pero hoy, cuando miro hacia atrás y después miro mi presente, hay algo que sí sé: de todas las vidas que pude haber vivido, esta es la única que me pertenece.

Y todavía la estoy escribiendo.

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