Cada 15 de septiembre gritamos independencia con el pecho inflado, ondeamos la bandera, comemos pozole, levantamos el vaso y durante unos minutos sentimos que no dependemos de nadie. Luego llegan los cohetes, el humo, el tráfico, la electricidad producida todavía mayoritariamente con combustibles fósiles y amanecemos recordando que independizarse políticamente fue una cosa, pero independizarnos ambientalmente sigue siendo tarea pendiente.

Y no lo digo para arruinarle el Grito a nadie. También me gusta escuchar un buen ¡Viva México!, ver las plazas llenas y sentir ese orgullo extraño que aparece cuando escuchamos el mariachi lejos de casa. Pero resulta difícil no encontrar cierta ironía en celebrar la patria llenando el cielo de humo.

La pirotecnia del 15 de septiembre no desaparece cuando termina el último castillo. Estudios recientes en Ciudad de México han encontrado que las partículas finas producidas durante estos eventos contienen potasio, azufre, cobre, zinc, bario, plomo y otros elementos. Las concentraciones de PM2.5 pueden elevarse durante horas y contribuir al deterioro de la calidad del aire. Este año la conversación llegó con todavía más contexto, porque apenas unos días antes el Valle de México había atravesado una contingencia ambiental por ozono y las autoridades advertían nuevamente sobre el efecto de la pirotecnia de las fiestas patrias.

Es curioso. Encendemos fuegos artificiales para demostrar cuánto queremos a México y durante unos minutos llenamos de contaminantes el aire del mismo México que estamos celebrando.

Pero la contradicción va mucho más allá de los cohetes.

Nos encanta hablar de soberanía energética, independencia y autosuficiencia, pero México todavía depende mayoritariamente de combustibles fósiles para producir electricidad. Un documento oficial publicado este año reconoce que en 2024 la participación de energías limpias rondó apenas el 25 por ciento, lejos de la meta de 35 por ciento que se había establecido para ese año. Al mismo tiempo, el Programa Sectorial de Energía 2025-2030 plantea aumentar significativamente esa participación y reducir la dependencia fósil. Es decir, hasta en nuestros propios documentos oficiales reconocemos que todavía falta bastante camino.

Entonces quizá este 16 de septiembre valdría la pena ampliar un poco nuestra definición de independencia.

Independencia también sería necesitar cada vez menos petróleo, gas y carbón para mover nuestra economía. Ser capaces de producir electricidad limpia suficiente y barata. Tener ciudades donde desplazarse no implique obligatoriamente comprar gasolina. Construir viviendas que necesiten menos energía para mantenerse habitables. Aprovechar el sol que nos sobra en Chihuahua en lugar de seguir actuando como si fuera únicamente algo de lo que debemos escondernos entre mayo y agosto.

Y sí, transición energética tampoco significa pintar todo de verde y colocar paneles solares donde sea. Una mina para producir minerales críticos también tiene impactos. Una planta solar ocupa territorio. Una presa transforma ecosistemas. Un parque eólico mal planeado puede afectar biodiversidad. No existe energía completamente gratuita para el planeta. La diferencia está en cuánto impacto estamos dispuestos a generar, dónde, con qué tecnología y si verdaderamente estamos sustituyendo combustibles fósiles o simplemente agregando más capacidad mientras seguimos quemando exactamente lo mismo.

Porque también somos muy buenos para los discursos ambientales.

Plantamos cien árboles para la foto y olvidamos preguntar cuántos sobrevivieron al año siguiente. Inauguramos infraestructura verde con un listón enorme y después no hay presupuesto para mantenerla. Hablamos de sustentabilidad mientras autorizamos crecimiento urbano sin agua suficiente. Y cada septiembre volvemos a decir que México es un país extraordinariamente rico en naturaleza, lo cual es completamente cierto, aunque a veces pareciera que creemos que esa biodiversidad viene incluida para siempre con el territorio nacional.

México forma parte de los 17 países megadiversos del planeta y alberga alrededor del 10 al 12 por ciento de las especies conocidas del mundo. Tenemos más de 23 mil especies de plantas vasculares, aproximadamente 975 especies de reptiles, cerca de 430 anfibios y más de 1,100 especies de aves. Muchas además son endémicas, es decir, existen aquí y prácticamente en ningún otro lugar del planeta.

Eso también debería formar parte de nuestro orgullo patrio.

El ajolote, el jaguar, el águila real, las cactáceas, las selvas, los bosques templados, los manglares, el desierto chihuahuense y los arrecifes son tan mexicanos como el mariachi, el tequila y el chile.

Y hoy, además, 16 de septiembre, ocurre una coincidencia que me encanta. Mientras México celebra su Independencia, el mundo conmemora el Día Internacional de la Preservación de la Capa de Ozono.

Aquí sí tenemos una historia ambiental que merece un auténtico ¡Viva!

A finales del siglo pasado descubrimos que sustancias utilizadas ampliamente en refrigeración, aerosoles y otros productos estaban destruyendo la capa de ozono que nos protege de buena parte de la radiación ultravioleta dañina. Los países negociaron el Protocolo de Montreal, la industria tuvo que cambiar tecnologías y, varias décadas después, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias controladas que dañaban el ozono. Si mantenemos las políticas actuales, la capa podría recuperar aproximadamente sus niveles de 1980 hacia 2040 en gran parte del planeta.

No hubo un discurso mágico.

Hubo ciencia, acuerdos internacionales, regulación, innovación industrial, dinero, vigilancia y países obligándose unos a otros a cumplir.

Y funcionó.

Eso me parece particularmente importante ahora que escuchamos constantemente que los problemas ambientales son demasiado grandes, que cambiar hábitos no sirve, que regular empresas destruye la economía o que los acuerdos internacionales son puro papel. La recuperación de la capa de ozono demuestra exactamente lo contrario. Cuando existe evidencia científica, voluntad política, participación industrial y presión social, somos capaces incluso de reparar parte del daño que provocamos.

Quizá esa sea la independencia ambiental que deberíamos empezar a celebrar.

No una en la que México se cierre al mundo, sino una en la que deje de depender de tecnologías contaminantes, de combustibles que algún día se agotarán y, sobre todo, de discursos que cada sexenio prometen comenzar desde cero.

Porque la naturaleza mexicana no necesita otro ¡Viva! de quince segundos.

Necesita políticas que sobrevivan al siguiente gobierno.

Necesita ciencia que no dependa del aplauso político.

Necesita ciudadanos que entiendan que amar a México también significa cuidar aquello que hace que México exista mucho antes de que apareciera cualquier frontera.

Consejo incómodo: después del Grito haz algo menos patriótico en apariencia, pero quizá mucho más útil. Averigua de dónde viene la electricidad de tu casa, identifica una especie nativa de tu región, evita pirotecnia innecesaria y revisa qué puedes cambiar durante el resto del año para consumir menos energía. Amar al país no debería durar únicamente lo que tarda en caer el último confeti.

Algún día podremos gritar que México es verdaderamente independiente cuando nuestra prosperidad deje de depender de quemar el pasado para poder construir el futuro.

¡Viva México, sí! Pero que vivan también sus ríos, sus desiertos, sus bosques, sus especiesy el aire que necesitaremos mañana para volverlo a gritar. 🇲🇽🌎

Juntos Todos por la Naturaleza.

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