Esta mañana, mientras tomo mi café, hay una imagen que no consigo apartar de mi pensamiento: los zapatos que quedaron tirados en la Plaza de las Tres Culturas después de la matanza del 2 de octubre de 1968. Zapatos de mujeres, de jóvenes, de niños. Elena Poniatowska recordó aquella escena años después, al contar que llegó a Tlatelolco al amanecer del día siguiente. Encontró soldados, tanques y las huellas de la violencia. Lo que más la impresionó fueron esos zapatos dispersos, señales de una multitud que había intentado escapar como podía. Ella lo describió como “un paisaje después de la batalla”.

Han pasado cincuenta y ocho años y esa imagen todavía nos obliga a detenernos. Un zapato abandonado permite imaginar la urgencia de una huida, el miedo que no da tiempo de recoger nada, la desesperación por encontrar una salida. No sabemos qué ocurrió con cada persona que los perdió, y sería injusto inventarlo. Pero sí sabemos que aquella tarde había familias, vecinos y estudiantes reunidos en la plaza, y que la violencia alcanzó a una población civil que nunca debió vivir semejante horror.

Para comprender lo ocurrido hay que volver a los meses anteriores. En julio de 1968, una riña estudiantil y la intervención violenta de los granaderos dieron paso a protestas que fueron creciendo frente a la represión. El movimiento reunió a estudiantes de distintas instituciones, incluidos jóvenes de preparatorias y vocacionales. Sus demandas eran concretas: libertad para los presos políticos, desaparición del cuerpo de granaderos, destitución de mandos policiales, indemnización a las víctimas y esclarecimiento de responsabilidades, además, de la derogación de disposiciones penales utilizadas para perseguir la protesta. Había una exigencia de libertad y justicia que el gobierno respondió con violencia.

México se preparaba para recibir los Juegos Olímpicos, cuya inauguración sería el 12 de octubre. Mientras el país buscaba proyectar una imagen de modernidad, el conflicto estudiantil exhibía el autoritarismo del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. El Ejército intervino en planteles educativos y ocupó Ciudad Universitaria el 18 de septiembre. Los jóvenes continuaron organizándose, marchando y reclamando diálogo, en un ambiente donde disentir podía convertirse en motivo de persecución.

La mañana del 2 de octubre hubo una reunión entre representantes del Consejo Nacional de Huelga y enviados presidenciales. La reconstrucción de la UNAM señala que se planteó continuar las conversaciones al día siguiente. Por la tarde se mantuvo el mitin en Tlatelolco, aunque se canceló la marcha posterior hacia el Casco de Santo Tomás por considerarla peligrosa. En la Plaza de las Tres Culturas se reunieron miles de personas; los oradores hablaron desde el edificio Chihuahua. Entre la multitud también había padres de familia, niños, trabajadores y vecinos.

Alrededor de las seis de la tarde aparecieron las bengalas y comenzaron los disparos. Los jóvenes habían acudido a un mitin pacífico; estaban reunidos para escuchar, informar y expresar sus demandas. Frente a ellos se desplegó la fuerza militar del Estado. La reconstrucción de la UNAM describe a soldados disparando hacia la multitud y los edificios, mientras integrantes del Batallón Olimpia sometían a punta de pistola a quienes estaban en la tribuna. Personas desarmadas, entre ellas niños y familias, quedaron expuestas al fuego. En cuestión de instantes, la plaza se convirtió en un lugar donde correr, esconderse o permanecer inmóvil podía ser una decisión desesperada para sobrevivir.

El horror continuó más allá de los primeros disparos. Hubo personas que se amontonaron entre las ruinas buscando protección; otras consiguieron refugiarse en departamentos, hasta donde llegaron los soldados para realizar detenciones. En el edificio Chihuahua, algunos detenidos fueron obligados a quitarse la camisa y los pantalones y colocados contra las paredes, con los brazos en alto; muchos estaban golpeados. Mientras los heridos eran trasladados a hospitales y los detenidos al Campo Militar Número Uno, sus familiares comenzaban una búsqueda angustiosa. La violencia significó también humillación, encierro y miedo; para sus familias, la incertidumbre de no saber si encontrarían con vida a quien había salido de casa para asistir al mitin.


A la mañana siguiente, el horror también tuvo que enfrentarse a las palabras con las que se intentó explicarlo. Sería inexacto afirmar que ningún periódico publicó lo sucedido: hubo titulares sobre Tlatelolco, muertos y heridos. Sin embargo, varios present
aron los hechos como un combate o un enfrentamiento, dando espacio a la versión gubernamental que atribuía la violencia a los manifestantes. El INEHRM ha documentado cómo El Nacional sirvió al discurso del gobierno de Díaz Ordaz mediante una cobertura que desacreditaba al movimiento. Informar de una tragedia mientras se justifica a quienes la provocaron también puede contribuir a ocultar su dimensión.

Por eso adquieren tanta importancia las voces que insistieron en contar lo vivido. Poniatowska recogió testimonios de presos y familiares para construir La noche de Tlatelolco. Al recordar ese trabajo, explicó que algunos entrevistados pedían que cambiara sus nombres porque tenían miedo. Otras personas, particularmente madres, querían aparecer con su identidad. En esas decisiones se reconoce el peso de la persecución y, también, la determinación de dejar constancia. Hablar podía dar miedo; callar podía significar que el dolor quedara sepultado bajo la versión del poder.

El número exacto de personas asesinadas sigue sin esclarecerse con certeza. Las cifras difundidas entonces y las estimaciones posteriores difieren, una incertidumbre que impide cerrar plenamente el recuento de las víctimas. Pero ninguna discusión sobre cantidades debe alejarnos de lo esencial: hubo vidas arrebatadas, personas heridas y familias marcadas por la violencia del Estado. Recordarlas exige respeto, información y la voluntad de seguir preguntando por lo que aún no se ha esclarecido.

Para los jóvenes de hoy, 1968 puede parecer muy distante. Quizá la historia empiece a acercarse cuando descubran que muchos de aquellos estudiantes tenían edades semejantes a las suyas, amistades, inquietudes y un futuro por construir. También cuando comprendan que las libertades necesitan ser defendidas y que ninguna autoridad tiene derecho a responder con balas a las demandas de una población civil. Conocer Tlatelolco ayuda a reconocer la gravedad de justificar la violencia, desacreditar a las víctimas o aceptar sin preguntas una versión oficial.

Termino mi café pensando en quienes aquella tarde salieron de casa con la confianza de que podían reunirse, hablar y pedir un país distinto. Recordar Tlatelolco es reconocer que tenían ese derecho y que el Estado tenía la obligación de proteger sus vidas. A los jóvenes de hoy les debemos una historia contada con honestidad, que no justifique la represión ni deje a las víctimas perdidas entre cifras y versiones oficiales. Mientras sigamos escuchando sus testimonios y preguntando por lo que aún falta esclarecer, la frase “2 de octubre no se olvida” conservará su sentido: la exigencia de que nadie vuelva a vivir ese horror por ejercer su libertad.

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