Home Opinion Que descansen en paz. Así sea

Que descansen en paz. Así sea

0
24

Para varias de mis queridas amigas y para mis hijos, octubre es su época favorita del año porque marca el inicio de celebraciones que disfrutamos enormemente. Pasando las fiestas patrias podemos empezar a observar casas y aparadores llenos de cosas que dan miedo, así como los supermercados y las panaderías abastecidos de cosas que dan hambre. Entre calaveras, disfraces, flores de cempasúchil, dulces, frutas de temporada y pan de muerto, pareciera que todos estamos muy dispuestos a convivir con el más allá, disponiéndonos a participar de una de las celebraciones que ponen los ojos del mundo en México.

Y es en este contexto de la mezcla de Día de Muertos y Halloween que de repente me puse a pensar cómo algunos de nosotros llevamos meses, o años, viviendo con nuestros propios fantasmas. Acostumbrándonos a vivir con ellos o resistiéndonos a dejarlos ir.

No son fantasmas dignos de aparecer en algún episodio de “La mano peluda” o “Historias de ultratumba”. No arrastran cadenas por los pasillos ni aparecen a medianoche vestidos de blanco. A veces llegan cuando estamos por tomar una decisión, cuando alguien nos quiere bonito o cuando una oportunidad nos entusiasma. Entonces aparecen a nuestro lado susurrando: “¿Y si sale mal?”, “acuérdate de lo que pasó”, “no eres suficiente”, “ni te esfuerces porque nunca podrás complacerlos”. Y así mismo, esos fantasmas desaparecen, llevándose con ellos esas ganas que hacía cinco minutos teníamos de comernos el mundo y lograr muchos objetivos.

Debo confesar, queridos lectores, que también he escuchado esas voces. Hay fantasmas que llegan a manera de recuerdos y que parecen tener un extraordinario sentido de la oportunidad: aparecen justo cuando una empieza a sentirse tranquila y, como si recibieran una notificación, actúan de inmediato dando órdenes en mis pensamientos: “Está avanzando. Procedan a asustarla”. Y ahí voy otra vez, revisando conversaciones, anticipando tragedias, torturándome con canciones para seguir recordando momentos o personas, y hasta dudando de capacidades que ya he demostrado tener.

Porque los fantasmas del pasado no siempre tienen nombre y apellido. Algunos se llaman miedo al rechazo, culpa, baja autoestima o esa costumbre de boicotearnos cuando las cosas empiezan a salir bien. Otros nacieron de experiencias dolorosas que dejaron huellas profundas. No todos se desvanecen con una frase motivacional, y reconocer que necesitamos ayuda también puede ser una forma de empezar a caminar y llegar a liberar a esas “almas en pena” que no nos dejan vivir en tranquilidad.

Y luego están los fantasmas que sí tienen cara. Los que siguen vivos, haciendo su vida, mientras nosotros conservamos un museo de lo que fueron. O, siendo honestos, de lo que imaginamos que algún día serían. Guardamos mensajes, repasamos despedidas, ensayamos respuestas para conversaciones que probablemente nunca ocurrirán. Ellos cambiaron de domicilio; nosotros seguimos encendiendo la luz del porche por si regresan. Y aquí aplica la frase “cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”.

A esos, a veces, no los dejamos llegar al más allá. O a donde sea que en México mandamos a quienes ya nos hicieron suficiente ruido. Les detenemos el trámite, les escondemos el pasaporte y todavía les preguntamos por qué siguen aquí. Nos cuesta admitir que algunas apariciones necesitan de nuestra colaboración: basta una canción, una fotografía o una visita a sus redes para volver a ponerles la ofrenda.

No hablo de quienes murieron y recordamos con amor. Hay ausencias que encuentran un lugar entrañable en nuestra historia. Hablo de esos vínculos terminados que seguimos sosteniendo a costa de nuestra paz; de la esperanza que alimentamos, aunque nos deje exhaustos.

Soltar, desde luego, no es un acto de magia o algo que instantáneamente, de la noche a la mañana se puede lograr. Ojalá bastara una sola Misa de sanación y liberación, una limpia, unas dos o tres subidas al cerro, tres veladoras y bloquear un número. A veces hay que aceptar que no habrá explicación, que una disculpa no llegará o que extrañar a alguien no significa que debamos buscarlo. Hay días de avance y otros en los que vuelve el frío, el llanto y estar como “disco rayado” con nuestras amistades.

Tal vez esta temporada, además de sacar las calaveras y veladoras de las cajas, podríamos revisar a quién seguimos alojando dentro. Qué miedo decide por nosotros. Qué recuerdo nos inmoviliza. Qué historia repetimos tanto que ya parece sentencia. No para regañarnos por sentir, sino para empezar a distinguir entre lo que nos protege y lo que nos mantiene detenidos y, por lo tanto, no nos deja avanzar y disfrutar de la vida como merecemos: en plena libertad, sin cadenas.

Pareciera que estamos tan preocupados cuidando que el pasado no se vaya, que olvidamos que el presente también se nos puede ir.  Y sería una pena seguir espantando nuestras posibilidades por hacerles compañía a los fantasmas y seguir poniéndoles altares a quienes ya deberíamos dejar descansar.

Que descansen ellos. Y que nosotros, por fin, nos permitamos vivir en paz el presente.

Autor

NO COMMENTS

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here