Hay algo que me resulta imposible ignorar en Chihuahua, aunque los tiempos electorales todavía tienen sus propias reglas, basta recorrer las calles, abrir las redes sociales o visitar cualquier municipio para darse cuenta de que los proyectos políticos empezaron desde hace mucho.

Espectaculares por todas partes, eventos masivos, calcomanías, brigadas en cruceros, videos cuidadosamente producidos, entrevistas, recorridos por los diferentes municipios. Todo parece formar parte de una competencia por quedarse en la mente de los ciudadanos. Y no me sorprende, pero lo que sí enciende un foco rojo para mí, es el contenido de esa promoción.

He escuchado entrevistas, visto transmisiones en redes y leído declaraciones de distintos actores políticos; Y encuentro un patrón que se repite con frecuencia, el discurso gira casi exclusivamente alrededor de decir que el gobierno estatal hace todo mal. Todo está mal, la seguridad está mal, la salud está mal, la economía está mal, las decisiones están mal. Y cuando llega el momento de explicar qué harían distinto, las respuestas son más señalamientos y más descalificaciones.

Pero ¿dónde están las propuestas?

Porque encontrar errores puede hacerlo cualquiera, gobernar exige mucho más que eso, implica tomar decisiones, administrar recursos limitados, establecer prioridades y construir soluciones.

La oposición cumple una función indispensable en cualquier democracia, debe cuestionar, fiscalizar y señalar aquello que considera incorrecto. Eso es precisamente lo que fortalece a las instituciones, pero cuando una oposición sustituye las ideas por el ataque permanente, no beneficia a nadie.

Si alguien aspira a gobernar Chihuahua, quiero escuchar cómo piensa mejorar la seguridad, enfrentar la crisis hídrica, fortalecer el sistema de salud, generar inversión y crear oportunidades, quiero conocer un proyecto de gobierno, no solo una lista de críticas.

Y aquí es donde algunos probablemente no coincidan conmigo.

Yo no comparto la idea de que en Chihuahua todo sea un desastre, como algunos intentan hacernos creer, claro que existen problemas y retos importantes; ningún gobierno es perfecto, pero también sería injusto negar los avances que sí se han logrado.

Les doy algunos ejemplos como Medi Chihuahua, que ha ampliado el acceso a servicios médicos para miles de familias, está también la apuesta por recuperar y fortalecer las estancias infantiles, entendiendo que apoyar a las madres trabajadoras también es una política de desarrollo económico y social. Las inversiones en infraestructura carretera, educativa e hidráulica que responden a necesidades que durante años fueron pospuestas. Son políticas públicas que pueden perfeccionarse, como cualquier otra, pero ir en contra de sus resultados solo porque pertenecen a un gobierno de otro partido empobrece el debate.

Y esta reflexión va más allá de Chihuahua, en los últimos años hemos visto cómo, bajo el argumento del combate a la corrupción, el gobierno federal eliminó programas e instituciones que durante años habían atendido necesidades importantes de la población. Si había irregularidades como se dijo, debían investigarse y sancionarse.

Quien hubiera cometido actos de corrupción tendría que responder por ellos, pero una cosa es castigar a los responsables y otra muy distinta desaparecer por completo políticas públicas que beneficiaban a millones de personas.

Ese es, quizá, uno de los mayores errores que puede cometer cualquier gobierno, creer que la alternancia consiste en borrar todo lo que hizo la administración anterior únicamente porque pertenecía a otro partido, NO, la alternancia democrática no debería significar empezar desde cero cada seis años. Deberían tener la madurez de reconocer lo que no funcionó y corregirlo, la honestidad para admitir lo que sí dio resultados y la capacidad para seguir construyendo sobre esos aciertos.

Los ciudadanos no votamos para que cada cambio de gobierno reinvente el Estado, votamos para que lo mejore.

La política no debería parecer una competencia de egos donde cada administración destruye el trabajo de la anterior para dejar su propia firma. Debería ser una carrera de relevos, donde cada gobierno recibe un estado con avances y pendientes, corrige el rumbo cuando es necesario y entrega mejores condiciones de las que recibió.

Porque criticar genera aplausos, destruir puede generar titulares, pero gobernar exige algo mucho más difícil y es reconocer los aciertos, corregir los errores y tener la grandeza de continuar aquello que realmente funciona, aunque haya sido construido por alguien que piensa distinto.
Creo que el mayor problema de nuestra política no es que existan diferencias, si no que seguimos confundiendo la alternancia con la destrucción.

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