Hay domingos en que el café se enfría mientras uno lee. No porque se nos olvide beberlo, sino porque una historia, de pronto, nos lleva tan lejos que cuando volvemos a mirar la taza ya estamos en otro tiempo. Esta mañana me ocurrió. Entre periódicos amarillentos, fotografías en blanco y negro y enormes titulares escritos hace más de un siglo, terminé en la Ciudad de México de 1922. Y encontré a una niña de apenas catorce años. Se llamaba María del Pilar Moreno Díaz.

Su historia comenzó, en realidad, con la muerte de su padre. Era mayo de 1922. México había dejado atrás la etapa más cruenta de la Revolución, pero la violencia seguía respirándose en la política nacional. Las diferencias no siempre se resolvían con discursos, elecciones o tribunales; algunas todavía terminaban a balazos. Jesús Z. Moreno, periodista y hombre vinculado a la vida política, sostenía una fuerte disputa con el diputado Francisco Tejeda Llorca. Detrás había también intereses electorales: Moreno aspiraba a representar el noveno distrito electoral de Coatepec, Veracruz, mientras Tejeda apoyaba a Francisco Reyes, quien competía por el mismo distrito con el respaldo del gobernador Adalberto Tejeda, primo de Llorca.

La política y los viejos agravios terminaron encontrándose frente a la Secretaría de Gobernación. Allí estaba también, dentro del edificio, uno de los hombres que pocos años después llegaría a la Presidencia de México: Plutarco Elías Calles. Moreno y Tejeda discutieron. Hubo insultos, golpes y después disparos. Tejeda Llorca sostuvo que Moreno había llegado alcoholizado, que lo agredió y que sacó primero un revólver. Según su versión, logró desarmarlo, hizo un disparo al aire y posteriormente disparó contra él. Sin embargo, la reconstrucción de los archivos de Excélsior señala que la autopsia no encontró alcohol en el cuerpo de Jesús Z. Moreno. Moreno murió; Tejeda Llorca, no. Y tampoco fue encarcelado. Era diputado y tenía fuero. Un policía incluso habría intentado detenerlo, pero al saber que era legislador se limitó a informar a sus superiores.

Aquí comienza la parte de esta historia que más me inquieta, porque mientras los adultos discutían de leyes, fueros, elecciones y procedimientos, una niña enterraba a su padre. Durante muchos años se contó que María del Pilar fue quien, al contemplar el cadáver, sufrió una crisis tan terrible que intentó arrojarse desde el segundo piso del hospital. Los documentos que revisé cuentan otra cosa: aquella joven fue Olivia, otra de las hijas de Moreno. Puede parecer un detalle menor, pero también es una advertencia. Cuando una historia se repite durante cien años, la memoria termina mezclando hechos, versiones y leyendas. Por eso quise seguir buscando.

Pasaron apenas unas semanas. Llegó julio y Tejeda Llorca seguía libre. Era la mañana del 10 de julio de 1922. María del Pilar tenía catorce años, se vistió de blanco y llevaba una pistola. Frente a la casa de Francisco Tejeda Llorca, en la colonia Roma, el político conversaba con otras personas. La muchacha se acercó y después vinieron los disparos. Al día siguiente, Excélsior ocupó prácticamente toda su primera plana con la noticia. Todavía puede leerse aquel enorme titular: “LA NIÑA MARÍA DEL PILAR MORENO MATÓ AL SR. DIPUTADO TEJEDA LLORCA QUIEN, A SU VEZ, MATÓ AL LIC. J. Z. MORENO”. Debajo se afirmaba que Tejeda conversaba a la puerta de su casa cuando la huérfana de Moreno se abalanzó sobre él y le hizo cuatro disparos.

Pero hay una frase de aquella portada que explica por qué México quedó fascinado con la historia. El periódico afirmó que la muchacha había declarado con absoluta tranquilidad que había tenido que “hacerse justicia por su propia mano”. Tenía catorce años y acababa de matar al hombre que había matado a su padre. Sin embargo, mientras más busqué, menos sencilla se volvió la historia. Dos días después, el 13 de julio, otra portada de Excélsior anunciaba que María del Pilar había rendido una amplia declaración y aparecía una frase difícil de conciliar con aquella primera versión: “Declaró que el Encuentro con el Diputado Tejeda Llorca fue Casual”. ¿Casual? ¿Cómo podía ser casual el encuentro con el hombre contra quien, según las primeras informaciones, había decidido hacerse justicia? Tal vez existía una explicación, tal vez comenzaba una estrategia de defensa o quizá nunca conoceremos completamente lo ocurrido aquella mañana.

Porque existe todavía otro elemento que vuelve más inquietante el caso. Testigos dijeron haber escuchado más disparos y algunos aseguraron haber visto a otro joven armado disparando desde una esquina. ¿Quién era? No lo sabemos. También encontré versiones contradictorias sobre el calibre de la pistola de María del Pilar: una reconstrucción de Excélsior habla de un calibre .22, mientras otras versiones posteriores mencionan otro calibre. No encontré el dictamen forense original que permita resolverlo, y por eso no sería responsable convertir la duda en certeza. La historia tiene un misterio, pero no tenemos derecho a inventarle una solución.

El proceso judicial duró casi dos años. María del Pilar se convirtió en una celebridad y los periódicos relataban sus declaraciones, su vida en la correccional y prácticamente cada episodio del proceso. Su abogado era Querido Moheno, uno de los grandes oradores de los tribunales mexicanos de aquella época. La defensa comprendió perfectamente algo que hoy llamaríamos la batalla por la opinión pública. En el banquillo estaba María del Pilar, pero simbólicamente también estaba sentado el Estado mexicano, porque una pregunta flotaba inevitablemente sobre el tribunal: ¿cómo castigar a una niña por hacer justicia por su propia mano cuando el hombre que había matado a su padre había permanecido libre?

La sociedad tomó partido y la prensa también había contribuido a construir el personaje. Desde el primer día no fue simplemente una homicida: fue “la niña”, “la huérfana”, “la hija de Moreno”, mientras su víctima era presentada simultáneamente como el hombre que había matado a su padre. Mucho antes de que el jurado emitiera sentencia, una parte de México parecía haber dictado ya la suya. Finalmente, en abril de 1924, llegó el desenlace. El jurado popular la absolvió por unanimidad. Entonces ocurrió una última escena que parece escrita para una novela: María del Pilar había dicho que saldría libre y que caminaría sobre flores. Cuando abandonó el tribunal, rosas y lirios fueron arrojados a su paso. La niña que había entrado acusada de homicidio salió convertida, para muchos, en una especie de heroína.

Han pasado más de cien años. Los jurados populares desaparecieron de nuestro sistema penal, los hombres de aquella política murieron, los periódicos se volvieron amarillos y María del Pilar dejó de ser aquella muchacha vestida de blanco para convertirse en una fotografía perdida entre archivos. Pero la pregunta sobrevivió: ¿qué ocurre cuando la justicia tarda tanto que alguien decide sustituirla? No justifico lo que hizo María del Pilar. Matar nunca puede convertirse en justicia simplemente porque comprendamos el dolor de quien aprieta el gatillo. Pero tampoco podemos mirar esta historia ignorando aquello que la hizo posible: la sensación de impunidad.

Curiosamente, en la portada de Excélsior del 13 de julio de 1922, mientras México hablaba de María del Pilar, apareció otro encabezado: “EL FUERO DEBE SER GARANTÍA, NO IMPUNIDAD”. Más de un siglo después, cuesta leer esas palabras sin sentir que fueron escritas ayer. Y quizá por eso esta historia me atrapó, porque uno comienza leyendo sobre 1922 convencido de estar mirando hacia atrás y, de pronto, descubre que algunas preguntas siguen caminando hacia nosotros.

Miro nuevamente la fotografía de María del Pilar: catorce años, un sombrero cubriéndole parcialmente el rostro. Pienso en su padre, en Tejeda Llorca, en los cuatro disparos, en aquel misterioso segundo tirador que algunos dijeron haber visto y cuya verdad no pude encontrar, en un jurado que decidió absolverla y en una multitud arrojando flores. Entonces vuelvo a mi escritorio. El café está frío. Han pasado más de cien años desde aquella mañana en la calle de Tonalá y, sin embargo, por un instante, 1922 y 2026 parecen sentarse frente a frente en la misma mesa. Entre ambos está mi taza y una pregunta que el tiempo todavía no ha podido responder: cuando la justicia no llega, ¿qué tan peligrosa puede llegar a ser la impunidad? Nos leemos el próximo domingo.

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