El arranque del torneo ha terminado por desnudar la realidad de dos proyectos que caminan sin rumbo en el fútbol mexicano. Tras seis jornadas disputadas, Santos Laguna y Fútbol Club Juárez no solo comparten el sótano de la tabla general, sino que encarnan la imagen perfecta de un estancamiento que ya no se puede ocultar. Los números son fríos y retratan la crisis con exactitud: ambos equipos se mantienen sin conocer la victoria, arrastrando además las peores cifras en producción ofensiva —con apenas cuatro goles anotados por los albiverdes y tres por los fronterizos— y las defensivas más vulnerables, tras haber permitido 11 y 19 anotaciones respectivamente.
Esta sequía de resultados viene acompañada de una preocupante falta de visión a futuro, reflejada en su posición como los clubes que menos minutos le han otorgado a los futbolistas menores. La apuesta por la renovación o el talento de cantera ha quedado relegada a un segundo plano, evidenciando que el problema no pasa solo por una mala racha, sino por una gestión deportiva desgastada. En el caso del cuadro lagunero, el bajón no es reciente; son ya tres años de extravío en los que sumar últimos lugares se ha vuelto una costumbre peligrosa para una institución que en su momento fue referente de competencia.
Es precisamente en este contexto donde cobra sentido el respaldo directivo a la abolición del descenso en la Liga MX. La postura del presidente de Santos a favor de mantener blindada la categoría responde a la conveniencia de operar sin la presión del castigo deportivo. Sin el riesgo real de perder la división ni el impacto económico que ello conlleva, la urgencia por corregir el rumbo se diluye, permitiendo que la mediocridad se instale sin mayores consecuencias. Mientras la liga priorice la comodidad financiera sobre la exigencia en la cancha, episodios como este seguirán siendo la norma y no la excepción.












































