Septiembre es el mes de la concientización y prevención del suicidio. Y quizá por eso me pareció un buen momento para hablar de algo de lo que pocas veces hablamos con verdadera honestidad: el cansancio de ser fuerte.
No me refiero al cansancio que se quita durmiendo ocho horas, tomando vacaciones o desconectando el teléfono durante un fin de semana. Hablo de otro. De ese que se instala en el alma y en la mente. Del que llega después de haber resistido demasiado durante demasiado tiempo.
Hay momentos en la vida en los que una simplemente se cansa. Te cansas de resolver. De sostener. De levantarte. De escuchar que “todo pasa”, que “Dios sabe por qué hace las cosas”, que “eres muy fuerte” o aquella famosa frase de que Dios les da sus peores batallas a sus mejores guerreros. Y tú, simplemente, ya no quieres ser la “guerrera favorita de Dios”.
A veces quisiera entregar la espada, quitarme la armadura y decir: “Hoy no puedo. Hoy que alguien más sea fuerte por mí”. Ganas de tener a mi alrededor a alguien que, a mi entender, “me resuelva la vida”. Ganas de que, como dice un meme que circula por redes sociales, mis únicas preocupaciones sean ir al brunch con mis amigas, de shopping y al pilates.
Porque también resulta agotador ser esa persona de la que todos esperan fortaleza. La que resuelve. La que encuentra la manera. La que se cae y vuelve a levantarse. La que, aun rota, sigue funcionando. La que puede hacer muchas cosas a la vez. La que saca energías hasta de debajo de las piedras.
Hasta que un día quizá sigues funcionando por fuera, pero por dentro algo se ha quedado sin energía.
Y entonces aparece ese agotamiento del alma.
Ese lugar en el que la mente está cansada, el cuerpo pesa y hasta las cosas más sencillas requieren un esfuerzo enorme. Hay días en los que levantarse de la cama parece una hazaña. Días en los que dejamos de preguntarnos cómo resolver la vida y empezamos a preguntarnos algo mucho más doloroso:
¿Para qué seguir?
Hablar de esto incomoda. Nos asusta reconocer que alguien puede llegar a un punto en el que no encuentre motivos. Preferimos las historias de superación cuando ya conocemos el final feliz. Nos encantan las personas resilientes después de que sobrevivieron a la tormenta.
Pero pocas veces sabemos qué hacer con alguien que todavía está en medio de ella.
San Juan de la Cruz llamó “la noche oscura del alma” a una experiencia espiritual de vacío, oscuridad y aparente ausencia de sentido. Con el paso del tiempo, la expresión ha trascendido su contexto religioso y muchas personas la utilizan para describir esos periodos de profunda crisis interior en los que aquello que antes daba sentido parece dejar de hacerlo.
Y una noche oscura puede sentirse interminable.
El problema es que, cuando estamos dentro de ella, podemos olvidar algo fundamental: la noche no es toda la vida.
Quizá no podamos ver todavía el amanecer. Quizá ni siquiera tengamos fuerzas para buscarlo. Quizá no queramos verlo. Pero eso no significa que no exista.
Y aquí quiero detenerme.
Porque septiembre no debería servir solamente para compartir imágenes con un listón amarillo o frases bonitas sobre prevención del suicidio. Debería recordarnos que detrás de muchas personas que parecen fuertes pueden existir batallas que desconocemos.
A veces quien más sonríe está cansado. Quien siempre ayuda puede necesitar ayuda. Quien escucha a todos puede estar esperando desesperadamente que alguien le pregunte: “¿Y tú cómo estás, pero de verdad?”
Y también necesitamos aprender a decirlo:
No estoy bien.
Estoy cansada.
No puedo sola.
Porque encontrar dentro de nosotras mismas una respuesta no significa encerrarnos hasta encontrarla. Mirar hacia adentro también puede llevarnos a reconocer nuestros límites y entender que necesitamos una mano, una conversación, acompañamiento profesional, nuestra familia, nuestros amigos, nuestra comunidad o nuestra fe.
A veces la respuesta que encontramos dentro de nosotras es precisamente esta: necesito ayuda.
Y pedirla no nos hace débiles.
Tal vez hemos confundido durante demasiado tiempo la fortaleza con aguantar en silencio.
Hoy pienso que ser fuerte también puede ser quitarse la armadura. Decir que duele. Reconocer que estamos agotadas. Permitir que alguien nos acompañe mientras pasa la noche.
Y, sobre todo, quedarnos.
Porque quizá hoy no encontramos un gran motivo para seguir. Entonces habrá que empezar por uno pequeño. Y mañana buscar otro.
Esto lo aprendí de una querida amiga a quien acompañé durante su noche oscura del alma y a quien, tiempo después, le tocó ser mi sostén emocional cuando fui yo quien atravesó la mía.
No estamos solas.
Y si alguna vez llegamos a sentir que ya no podemos más, que la vida pesa demasiado o que no encontramos razones para continuar, por favor, busquemos ayuda. Hablemos. Digámoslo en voz alta. Permitamos que alguien camine a nuestro lado.
No siempre tenemos que ser guerreras. No siempre tenemos que hacer las cosas por alguien más. También tenemos que aprender a elegirnos a nosotras mismas.
A veces basta con dejar la espada en el suelo, descansar un momento…
y elegir quedarnos.



