Poner el dedo sobre un lector para desbloquear el teléfono, entrar a una aplicación o confirmar alguna operación ya es parte de la rutina. Lo hacemos casi en automático y pocas veces pensamos que esa pequeña marca que llevamos en las manos también dice algo muy concreto de nosotros: quiénes somos.

Cada 1 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Dactiloscopía. La fecha recuerda el trabajo de Juan Vucetich, quien en 1891 elaboró las primeras fichas dactilares y desarrolló un sistema que permitió utilizar las huellas para identificar a las personas.

Han pasado más de 130 años desde entonces. La huella sigue siendo la misma; lo que cambió por completo fue la forma de obtenerla, almacenarla y utilizarla.

Hoy ya no hablamos solamente de tinta sobre una hoja. Utilizamos el rostro para desbloquear el teléfono, la huella para entrar a ciertas aplicaciones y otros datos personales para realizar trámites, acceder a servicios o confirmar nuestra identidad.

Y muchas veces lo hacemos sin pensarlo demasiado.

La tecnología nos ha facilitado la vida. Nos ahorra tiempo, simplifica procesos y puede ofrecer mayor seguridad. Eso es indudable. Pero junto con esas ventajas también llegó una responsabilidad que antes prácticamente no existía: saber a quién le estamos entregando nuestros datos y qué va a pasar con ellos.

Hay un detalle que no conviene olvidar. Si alguien conoce nuestra contraseña, podemos cambiarla. Si perdemos una tarjeta, podemos cancelarla. Una huella dactilar no se reemplaza.

Por eso, cuando una aplicación, una empresa o una institución solicita información biométrica, vale la pena saber para qué la requiere, quién tendrá acceso a ella, cómo será almacenada y durante cuánto tiempo permanecerá en sus sistemas.

No significa vivir desconfiando de cada herramienta digital. Tampoco tendría sentido cuando forman parte de prácticamente todo lo que hacemos. Significa acostumbrarnos a ser un poco más cuidadosos.

Durante años aprendimos a no compartir contraseñas, a cuidar nuestros documentos y a desconfiar de correos o mensajes extraños. Ahora tenemos que sumar algo más a esa lista: poner atención cuando nos solicitan una huella, una imagen de nuestro rostro o cualquier otro dato que sirve para identificarnos.

Nuestra identidad no termina en una credencial ni en un número. Está presente cada vez que acreditamos quiénes somos, realizamos un trámite, firmamos un documento o accedemos a determinados servicios.

Seguramente dentro de algunos años muchas de las herramientas que hoy nos parecen novedosas serán tan comunes como desbloquear el teléfono con un dedo. Así ha sucedido siempre con la tecnología.

Lo importante es no perder de vista algo muy sencillo: la comodidad no tiene por qué estar peleada con el cuidado de nuestra información.

Antes de poner el dedo, mostrar el rostro o autorizar el uso de nuestros datos, vale la pena saber dónde los estamos dejando.

Porque una contraseña se cambia. Nuestra huella, no.

Luly González

Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.

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