Hay momentos en la vida de los hijos que, aunque parezcan pequeños, para los padres significan mucho más de lo que podemos explicar, y el regreso a clases es uno de ellos. Para algunos niños significa estrenar mochila, volver a ver a los amigos, conocer un nuevo salón o descubrir qué les espera en el siguiente grado; para nosotros, los padres, tiene un significado distinto: verlos crecer.
Detrás de cada uniforme comprado, de cada par de zapatos, de cada cuaderno forrado y de cada lista de útiles hay un esfuerzo que muchas veces no alcanzamos a ver. Hay familias haciendo cuentas, organizándose, sacrificando algunas cosas para que sus hijos puedan tener lo necesario para comenzar un nuevo ciclo, una nueva etapa en sus vidas.
Y es por eso que el regreso a clases debe recordarnos que la educación empieza mucho antes de cruzar la puerta de una escuela, empieza en casa, en la manera en que les enseñamos a nuestros hijos a tratar a los demás, a respetar, a compartir, a pedir perdón, a reconocer cuando se equivocan y también a poner límites cuando alguien los lastima.
Porque un día, inevitablemente, tendrán que salir de nuestro núcleo, y ese día, como padres, descubrimos que protegerlos no significa evitarles todos los problemas, sino prepararlos para enfrentarlos.
En lo personal, este regreso a clases tiene para mí un significado muy especial, mi hijo comienza una nueva etapa, preescolar, en una nueva escuela, con nuevos niños, nuevos maestros, nuevos espacios y nuevas experiencias.
Y aunque para él seguramente será la emoción de descubrir todo lo que viene, para mí representa algo mucho más difícil. Cruzar una pequeña frontera entre el bebé que todavía recuerdo y el niño que cada día empieza a ser más independiente; entre aquel pequeño que necesitaba de nosotros para casi todo y el niño al que, poco a poco, tendremos que aprender a dejar caminar por sí mismo.
Porque para algunos el preescolar puede parecer algo sencillo, pero lo difícil no es llevarlos a la escuela, lo difícil es soltarlos.
Siento felicidad porque lo veo crecer, porque lo veo aprender, porque sé que está empezando un camino que será largo y lleno de experiencias. Pero también siento un poquito de miedo, porque uno quisiera poder acompañarlos siempre, saber qué les dijeron, quién los hizo sentir mal, quién los hizo reír, qué decisiones tomaron cuando nosotros no estábamos ahí. Y de eso se trata también ser padres: entender que nuestro trabajo no es caminar por ellos, sino darles las herramientas para que puedan caminar solos.
Uno espera haberles enseñado suficiente; que sepan que ser buenos no significa dejar que los demás los lastimen, que defenderse no significa lastimar, que equivocarse no los hace menos valiosos, que pedir ayuda no es una debilidad, que deben respetar a los demás, pero también exigir respeto para ellos mismos y, sobre todo, que siempre tendrán un lugar seguro al cual volver.
Porque mientras ellos ven una mochila nueva y un salón diferente, nosotros vemos el paso del tiempo. Vemos a nuestro bebé convertirse en niño, vemos cómo esa personita que durante años estuvo en nuestros brazos comienza, poco a poco, a caminar con sus propios pies.
Por eso, este regreso a clases no quisiera verlo solamente como el inicio de otro ciclo escolar, sino como una oportunidad para recordar que cada cuaderno que compramos, cada tarea que acompañamos, cada plática que tenemos antes de dormir y cada límite que ponemos también forma parte de su educación.
Porque algún día dejarán de necesitarnos para muchas cosas, y cuando llegue ese momento, el verdadero éxito como padres no será haber evitado que enfrentaran dificultades, si no, saber que, cuando nosotros no estuvimos ahí para resolverlas, ellos tuvieron las herramientas para enfrentarlas.
Este regreso a clases no solamente ellos comienzan una nueva etapa, nosotros también. Ellos empiezan a caminar un poco más lejos de nosotros y nosotros empezamos, poco a poco, a aprender a soltarlos.












































