Hay domingos en los que el café sabe distinto. Tal vez no sea el café, sino el tiempo.
Esta mañana, mientras esperaba que terminara de hacerse, pensé en la fecha. Ayer fue 8 de agosto. Un día como ayer, pero de 1879, nació en Anenecuilco, Morelos, Emiliano Zapata Salazar. De haber sido posible ganarle al tiempo, ayer habría celebrado 147 años.
Y entonces pensé en lo curioso que resulta enseñar Historia.

Durante años he hablado de Zapata frente a grupos de jóvenes. He escrito su nombre en el pizarrón, explicado el Plan de Ayala, la lucha agraria, el Ejército Libertador del Sur y aquella frase que inevitablemente asociamos con él: tierra y libertad. Pero después de diez años como maestra de nivel medio superior he aprendido algo: las fechas sirven para ubicarnos, pero rara vez consiguen que nuestros alumnos comprendan realmente a quienes hicieron la historia.
Porque antes del general, del revolucionario, del Caudillo del Sur y del hombre del enorme bigote que aparece en los libros, hubo un niño.
Emiliano nació en San Miguel Anenecuilco, en una familia campesina dedicada a la agricultura y a la crianza y compraventa de ganado. Sus padres fueron Gabriel Zapata y Cleofas Salazar. No creció entre lujos, pero tampoco corresponde del todo a esa imagen de pobreza absoluta que algunas veces repetimos. Su familia tenía algunas tierras y animales y, como muchas familias de la región, conocía perfectamente el valor de aquello que podía trabajarse con las propias manos.

Desde pequeño, Emiliano estuvo rodeado de campo, animales y caballos.
Y los caballos serían una de sus grandes pasiones.
Fue un excelente jinete y llegó a ser reconocido por su conocimiento y manejo de ellos. Años después, cuando ya era uno de los hombres más buscados de México, seguía sintiéndose cómodo vestido de charro y montando un buen caballo. Era cuidadoso con su apariencia. Le gustaba vestir bien, usar botonaduras de plata, sombreros adornados y presentarse impecable. Él mismo llegó a considerarse un hombre “bien planchado”.
Me gusta ese dato. Porque de pronto el personaje de la fotografía deja de ser de bronce.
Podemos imaginar a Emiliano acomodándose el sombrero, revisando su ropa antes de salir, eligiendo un buen caballo. Podemos imaginarlo hablando con su gente. Incluso podemos acercarnos a un hombre reservado, serio, profundamente vinculado con su tierra y muy diferente de la imagen estridente que a veces construimos de los caudillos revolucionarios.
Pero existe una historia de su infancia que siempre me ha parecido especialmente poderosa.

Se cuenta que Emiliano tendría alrededor de nueve años cuando presenció una situación relacionada con el despojo de tierras de los campesinos de su pueblo. Al ver la impotencia de su padre ante los hacendados, habría preguntado por qué no recuperaban aquello que les pertenecía.
Su padre le explicó que quienes les quitaban las tierras eran demasiado poderosos.
Y aquel niño habría respondido, palabras más, palabras menos, que cuando fuera grande haría que las devolvieran.
La escena es extraordinaria.
También debemos decirlo como historiadores: no podemos asegurar que aquella conversación haya ocurrido exactamente así. La anécdota forma parte de la tradición biográfica construida alrededor de Zapata. Pero el contexto que la originó sí fue absolutamente real: Emiliano creció observando los conflictos por la tierra que afectaban a los habitantes de Anenecuilco. Y quizá por eso la historia sobrevivió.
Porque, haya pronunciado o no aquellas palabras exactamente de esa manera, terminó dedicando buena parte de su vida a cumplirlas.
Antes de convertirse en revolucionario ya había sido elegido, en 1909, presidente de la Junta de Defensa de las Tierras de Anenecuilco. Ese dato me parece fundamental cuando explicamos quién fue Zapata. La Revolución no le enseñó a preocuparse por la tierra. Él llegó a la Revolución porque ya estaba preocupado por ella.
Después vendrían Madero, el levantamiento armado, las diferencias entre ambos, el Plan de Ayala y el Ejército Libertador del Sur.
Vendría también el caudillo. Pero detrás del caudillo continuó existiendo aquel hombre de Morelos.

Zapata no parecía especialmente interesado en convertirse en presidente de México. Su obsesión era otra: la restitución de las tierras a los pueblos. Incluso al frente de un ejército intentó establecer reglas para evitar saqueos, abusos contra la población y daños a los campesinos pobres. No significa que debamos idealizarlo ni convertirlo en un personaje perfecto. Ningún ser humano lo es y ningún proceso revolucionario puede explicarse dividiendo cómodamente a sus protagonistas entre buenos y malos.
Precisamente ahí comienza la verdadera Historia.
En enseñar a nuestros jóvenes que los personajes históricos tuvieron contradicciones, afectos, errores, carácter, familia, pasiones y miedos.
Zapata los tuvo.
Fue hermano, hijo, padre, compañero, jinete, campesino, enamorado y jefe militar. Tuvo varias relaciones sentimentales y varios hijos. Amó los caballos, cuidaba su apariencia y podía ser reservado. Pero también llegó a convertirse en un líder capaz de sostener durante años una rebelión campesina frente a distintos gobiernos.
Y pagó por ello.
El 10 de abril de 1919 llegó a la Hacienda de Chinameca creyendo que el coronel Jesús Guajardo estaba dispuesto a unirse a su causa. Era una trampa.
Cuando Zapata entró a la hacienda, una guardia aparentemente le rindió honores.
Después sonaron los disparos. Emiliano Zapata murió con apenas 39 años y lo extraordinario ocurrió después.
Muchos campesinos se resistieron a creer que realmente hubiera muerto. Comenzaron a circular historias que aseguraban que aquel cuerpo no era el suyo, que había logrado escapar e incluso que algunas noches podía verse al general cabalgando por las montañas.
Así nacen algunas leyendas: cuando un pueblo se niega a despedirse de alguien.
Han pasado 147 años desde aquel 8 de agosto en que nació un niño llamado Emiliano en Anenecuilco y más de un siglo desde que intentaron terminar con el Caudillo del Sur en Chinameca. No pudieron hacerlo del todo.
Su nombre sigue apareciendo en nuestras aulas, en comunidades campesinas, en calles, ejidos, movimientos sociales y libros de Historia. Y nosotros seguimos discutiendo quién fue realmente. Tal vez esa sea también una forma de permanecer.
Mi café ya se enfrió mientras escribía estas líneas.
Lo miro y pienso que quizá el tiempo se parece un poco a una taza de café olvidada sobre la mesa: creemos que permanece quieta mientras hacemos otras cosas, pero silenciosamente va cambiando.
Ayer habría sido el cumpleaños de Emiliano Zapata.
Seguramente por eso esta mañana el calendario me llevó hasta Anenecuilco, después a Chinameca y finalmente de regreso a este escritorio.
Y entre una fecha, un niño, un caballo, una promesa que quizá ocurrió y una taza que se fue enfriando, confirmé una vez más algo que intento enseñar todos los días:
la Historia no está hecha solamente de hombres inmóviles en fotografías antiguas.
Está hecha de personas que alguna vez tuvieron nueve años, miraron el mundo que les tocó vivir y pensaron que algo tenía que cambiar.
El café termina por enfriarse. La Historia, cuando todavía tiene algo que decirnos, no.














































