El fútbol moderno lleva años coqueteando con los límites del mercado financiero, pero el proyecto FIFA Forward Enterprise (FFE) estuvo a punto de cruzar una línea de no retorno. La propuesta de Gianni Infantino era tan ambiciosa como agresiva: crear una filial comercial independiente para privatizar y vender el 20% de los derechos de transmisión, patrocinios y boletaje de los próximos Mundiales a fondos de capital e inversores privados. La cifra proyectada rondaba los 4.000 millones de dólares, un botín colosal pensado para repartirse en jugosos dividendos entre las 211 asociaciones miembro y asegurar así un respaldo político blindado.

Sin embargo, el balón financiero no llegó a la red. El rechazo frontal de la UEFA y una tensión institucional sin precedentes obligaron a la FIFA a dar un paso atrás y cancelar definitivamente el plan. Para la cúpula europea, ceder la joya de la corona del fútbol mundial al capital privado no solo desvirtuaba el deporte, sino que abría una brecha peligrosa en la gobernanza del juego.

En medio de este terremoto político, la postura de la Federación Mexicana de Futbol (FMF) ha llamado poderosamente la atención por desmarcarse de su propio entorno regional. Mientras la Concacaf mantenía una posición alineada con la prudencia y el escrutinio a la gestión de Infantino, México decidió actuar por libre. La FMF emitió un comunicado expresando su respaldo total al presidente de la FIFA, abogando por la «unión del fútbol» y advirtiendo que no reconocerá ningún proceso que se convoque fuera de la institucionalidad del organismo rector.

La postura de México al ponerse del lado de Infantino tras el colapso del plan de privatización expone una dinámica clara: la FMF prefiere mantener la cercanía directa con el poder central de Zúrich antes que formar un frente común con su confederación. Apoyar a Infantino en su momento más vulnerable no es un gesto aislado, sino una apuesta geopolítica en la que México busca asegurar su peso específico en la mesa donde se toman las decisiones millonarias del fútbol global, aun si eso implica quedar marcado como el aliado incondicional de un modelo que la propia industria terminó rechazando.

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