Hay algo profundamente contradictorio en cómo entendemos las profesiones en México. Incentivamos estudiar medicina para salvar vidas, enfermería para cuidar a las personas, derecho para defender la justicia… pero dejamos en segundo plano, casi como un lujo, a quienes estudian cómo sostener el sistema que hace posible todo lo anterior: el medio ambiente.
Porque sí, necesitamos médicos. Necesitamos enfermeras. Necesitamos abogados. Pero también necesitamos aire limpio, agua disponible, suelos sanos, ecosistemas funcionales y ciudades que no enfermen a quienes las habitan. Y eso no ocurre por casualidad, ocurre, o debería ocurrir, gracias a profesionales formados en ciencias ambientales.
El problema es que no lo vemos así.
En el imaginario colectivo, estudiar algo relacionado con el medio ambiente sigue cargando etiquetas incómodas. Que no hay trabajo, que es pura teoría, que es de activistas, que no deja dinero. Mientras tanto, carreras tradicionales siguen siendo promovidas como caminos seguros, respetables y estables. Y así, generación tras generación, vamos construyendo una idea de éxito que excluye justamente a quienes podrían ayudarnos a enfrentar uno de los mayores retos de nuestro tiempo.
Porque la crisis ambiental no es una narrativa, es una realidad medible. Sequías más intensas, olas de calor más frecuentes, pérdida de biodiversidad, ciudades con mala calidad del aire, suelos degradados y cuerpos de agua cada vez más comprometidos. No es futuro, es presente. Y aun así, seguimos formando profesionales como si ese contexto no existiera.
Seguimos preparando médicos para atender enfermedades sin atender los entornos que las generan. Seguimos formando abogados sin fortalecer el marco ambiental que podría prevenir conflictos. Seguimos invirtiendo en infraestructura sin integrar criterios ecológicos que eviten que colapse en pocos años.
No es que las otras profesiones estén mal.
Es que están incompletas sin una visión ambiental.
Y ahí es donde la ecología deja de ser un extra y se vuelve base. Porque no puedes hablar de salud sin hablar de calidad del aire. No puedes hablar de desarrollo sin hablar de agua. No puedes hablar de bienestar sin hablar de territorio.
Pero el sistema educativo, el mercado laboral y la percepción social siguen rezagados frente a esa realidad.
Y eso tiene consecuencias.
Profesionales ambientales mal pagados o subvalorados. Áreas técnicas ignoradas en la toma de decisiones. Estudios de impacto vistos como trámite y no como herramienta. Proyectos que avanzan sin sustento ecológico sólido y que después cuestan mucho más en remediación que lo que hubiera costado hacerlos bien desde el inicio.
Lo irónico es que cada vez que hay una crisis ambiental volteamos a ver a esos mismos perfiles que antes ignoramos. Cuando falta agua, cuando hay incendios, cuando colapsa un ecosistema, cuando una obra genera impactos no previstos, ahí sí buscamos expertos.
Pero ya es tarde.
Porque la ecología no está diseñada para reaccionar. Está diseñada para prevenir, para planear, para anticipar escenarios que no queremos vivir. El problema es que prevenir no luce, no genera aplausos, no se inaugura con listón… pero es lo único que realmente funciona.
El verdadero problema no es que falten científicos ambientales.
Es que no los estamos formando, ni valorando, ni integrando como deberíamos.
Porque seguimos pensando en resolver consecuencias en lugar de evitar causas.
Y eso, inevitablemente, termina reflejándose en quiénes toman decisiones. No porque falte voluntad, sino porque falta formación. Terminamos con políticas públicas que atienden lo inmediato pero no entienden el sistema, con proyectos que cumplen requisitos pero no comprenden impactos, con discursos que hablan de desarrollo sin saber exactamente qué están comprometiendo.
Consejo incómodo: si estás eligiendo carrera o guiando a alguien que lo está haciendo, deja de pensar solo en qué deja más y empieza a pensar en qué necesita el mundo. Las ciencias ambientales no son una moda ni una causa romántica, son una necesidad estructural. Y si ya estás en otra profesión, intégralo, todas pueden y deben tener un enfoque ambiental.
Y si esto te hace ruido, si esto te mueve o simplemente te hace cuestionarte, hay caminos reales para hacerlo. La Ingeniería en Ecología de la Universidad Autónoma de Chihuahua es uno de ellos. El periodo de aplicación va del 17 de marzo al 4 de mayo de 2026, el registro se realiza en fichas.uach.mx y para más información puedes comunicarte al teléfono 614 434 0363. No es solo elegir una carrera, es decidir desde dónde quieres construir el futuro.
No podemos seguir curando personas… mientras enfermamos el planeta que las mantiene vivas.
Juntos Todos por una sociedad que deje de ver la ecología como opción… y empiece a entenderla como prioridad. 🌎
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