Junio llegó otra vez con su disfraz verde. Mes del Medioambiente. Mes de publicaciones con hojas, discursos sobre conciencia, niños plantando árboles para la foto, empresas recordándonos lo mucho que aman al planetay funcionarios descubriendo, por unos días, que el agua, el aire y los árboles existen. Todo muy bonito. Todo muy institucional. Todo muy útil para la imagen pública, siempre y cuando no implique presupuesto serio, continuidad o decisiones que incomoden a alguien importante.

Y ahí empieza el problema.

Porque el Mes del Medioambiente no debería ser una decoración temática ni una pausa ecológica en medio del calendario político. Debería ser una revisión honesta de lo que hemos hecho, de lo que no hemos querido hacer y de lo que seguimos usando como discurso mientras el territorio se deteriora. No se trata de preguntarnos si hay algo que celebrar, sino de preguntarnos si estamos haciendo lo suficiente como para tener derecho a celebrarlo.

Este 2026, el Día Mundial del Medio Ambiente llega con un enfoque global en cambio climático y naturaleza. El mensaje internacional es claro: la naturaleza no es opcional, es central para enfrentar la crisis climática. Bosques, humedales, suelos, manglares, ríos y océanos no son paisaje bonito ni “áreas verdespara maquillar urbanizaciones. Son infraestructura viva. Regulan temperatura, capturan carbono, filtran agua, sostienen alimentos, protegen comunidades y reducen riesgos. Es decir, hacen gratis muchas cosas que luego los gobiernos intentan resolver carísimo cuando ya las destruyeron.

La tendencia global también está empujando algo que aquí todavía tratamos como si fuera actividad de relleno: la educación ambiental. Organismos internacionales llevan años insistiendo en que la educación para el desarrollo sostenible debe ser parte central de los sistemas educativos, no un taller de una mañana ni una plática de no tires basuraen junio. En distintos países ya se habla de alfabetización climática, habilidades verdes, empleos verdes y formación ciudadana para enfrentar crisis ambientales reales. Incluso hay programas recientes que buscan llevar educación climática digital a cientos de miles de estudiantes, porque el mundo entendió algo que a nosotros nos cuesta aceptar: no se puede construir futuro con una ciudadanía que no entiende el territorio donde vive.

Pero en México todavía parece que la educación ambiental depende del humor político. Si al presidente municipal le gusta, se hace. Si al gobernador le conviene, se anuncia. Si al diputado le genera reflectores, se presume. Si no da votos, se arrincona. Como si cuidar el planeta fuera una ocurrencia de campaña y no una necesidad básica de supervivencia.

Y así se va serruchando el tema.

No con un decreto que diga queda cancelada la educación ambiental, sino de formas más discretas y peligrosas. Se le quita presupuesto, se cambia de área, se deja sin personal técnico, se reduce a efemérides, se convierte en evento, se usa para foto y luego se abandona. Se presume una reforestación, pero nadie pregunta quién va a regar esos árboles en agosto. Se organiza una limpieza, pero nadie revisa por qué ese tiradero aparece cada mes. Se da una charla en escuela, pero no se construye un programa permanente. Y después nos preguntamos por qué la gente no separa residuos, no cuida el agua o no entiende la gravedad de perder biodiversidad.

La educación ambiental no se improvisa. No es repartir folletos. No es poner niños con carteles. No es una botarga de árbol bailando en la explanada. La educación ambiental es formar criterio. Es enseñar a leer el entorno. Es que una persona entienda por qué una ciudad se inunda cuando pavimentamos todo, por qué una sequía no se resuelve esperando lluvia, por qué un árbol no es solo sombra, por qué un río no es un drenaje con nombre bonito, por qué una especie desaparecida no regresa porque la extrañemos.

Y eso, justamente, puede ser incómodo para quienes prefieren ciudadanía obediente y no ciudadanía informada.

Porque una sociedad ambientalmente educada pregunta. Pregunta por el agua, por los permisos, por los desmontes, por los rellenos sanitarios, por las emisiones, por los estudios de impacto, por las áreas naturales, por la calidad del aire. Pregunta por qué se permite construir donde no se debe. Pregunta por qué se tala y luego se compensa con árboles que nadie cuida. Pregunta por qué se habla de desarrollo mientras se pierde territorio.

Y cuando la ciudadanía pregunta demasiado, la educación ambiental deja de ser simpática y se vuelve peligrosa para algunos intereses.

Tal vez por eso se le trata como tema menor. Porque no genera votos inmediatos, pero sí genera conciencia. Y la conciencia, cuando se organiza, incomoda más que cualquier protesta improvisada.

El panorama actual no permite seguir fingiendo. La triple crisis planetaria, cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación, ya no es una frase de informe internacional. Se siente en las olas de calor, en el estrés hídrico, en la mala calidad del aire, en los incendios, en la basura que no sabemos manejar, en las especies que desaparecen del paisaje cotidiano. El plástico sigue siendo una de las grandes crisis globales y se estima que, si no se cambia el modelo, podría representar una proporción enorme de las emisiones mundiales hacia 2040. La biodiversidad sigue perdiendo terreno. La temperatura sigue subiendo. Y mientras tanto, algunos todavía creen que el Mes del Medioambiente se resuelve con una lona, una plática y una foto con árbol.

No alcanza.

Y tampoco basta con decir que la gente no entiende. La gente no entiende porque muchas veces nadie le ha explicado bien. Porque la educación ambiental se ha tratado como evento y no como proceso. Porque se habla del planeta como algo lejano, cuando debería hablarse desde la colonia, el parque, el canal, el cerro, el río, la escuela y la casa. Porque no hemos logrado que el cuidado ambiental deje de parecer una causa de unos cuantos y se convierta en cultura pública.

Pero no todo es derrota. También hay señales esperanzadoras. Cada vez más jóvenes participan en ciencia ciudadana. Cada vez más personas usan plataformas para registrar aves, hongos, plantas e insectos. Cada vez más colectivos frenan proyectos, defienden ríos, organizan limpiezas, denuncian desmontes y exigen mejores decisiones. La conversación ambiental ya no está encerrada en universidades o instituciones. Está en redes, en comunidades, en escuelas, en grupos vecinales, en podcasts, en reels, en columnas como esta. Y aunque a algunos les moleste, eso ya es avance.

Porque lo ambiental dejó de ser un tema de locosy empezó a convertirse en una conversación pública inevitable.

Entonces, ¿se celebra el Mes del Medioambiente? Sí, pero no como fiesta vacía. Se celebra a quienes educan sin presupuesto, a quienes siembran aunque no haya cámara, a quienes cuidan fauna aunque nadie los mencione, a quienes enseñan desde un salón, una banqueta, una reserva, una red social o una conversación familiar. Se celebra a quienes todavía creen que formar conciencia vale la pena, incluso cuando no da votos, no da aplausos inmediatos y no siempre da tranquilidad.

Pero también se señala. Porque junio no puede ser el mes donde todos se visten de verde para esconder lo gris del resto del año. No puede ser el mes donde se habla de futuro mientras se recorta lo que lo hace posible. No puede ser el mes donde la educación ambiental se usa como adorno mientras las decisiones reales siguen siendo profundamente antiambientales.

Consejo incómodo: este mes no preguntes solo qué evento ambiental habrá. Pregunta qué programa permanecerá cuando termine junio. Pregunta cuánto presupuesto tiene, quién lo coordina, qué metas tiene, cómo se mide y qué continuidad tendrá. Si estás en una escuela, pide educación ambiental transversal. Si estás en una empresa, exige acciones reales y no solo campañas internas. Si estás en gobierno, deja de usar el ambiente como foto y empieza a tratarlo como política pública. La educación ambiental no se celebra: se sostiene.

El medioambiente no necesita un mes de atención; necesita doce meses de respeto.

Juntos Todos por una educación ambiental que no dependa del calendario político ni del capricho de quien gobierna. 🌎

Y la próxima semana seguimos, porque esta conversación apenas empieza. Falta hablar de lo más incómodo: quién decide qué se educa, quién se beneficia de que no entendamos el territorio y por qué una ciudadanía ambientalmente informada puede ser la verdadera amenaza para quienes siempre han lucrado con el silencio.

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