Ayer, 21 de julio, se conmemoró el Día Mundial del Perro. Como ocurre cada año, las redes sociales se llenaron de fotografías, videos, huellitas, corazones y mensajes asegurando que los perros son parte de la familia. Durante veinticuatro horas todos parecimos recordar que viven a nuestro lado desde hace miles de años, que nos acompañan cuando estamos felices, que permanecen cuando estamos enfermos y que, a diferencia de muchos seres humanos, rara vez preguntan cuánto ganamos, por quién votamos o qué podemos ofrecerles a cambio de su cariño. La fecha busca reconocer esa relación, pero también llamar la atención sobre el abandono, el maltrato, la sobrepoblación y la necesidad de adoptar y cuidar responsablemente. Porque celebrar al perro sin hablar de la forma en que lo tratamos sería como festejar el Día del Árbol mientras sostenemos una motosierra.

 

Pocas especies han construido una relación tan profunda con la humanidad. Los perros han cuidado viviendas y rebaños, guiado a personas con discapacidad, localizado explosivos, detectado enfermedades, encontrado sobrevivientes bajo los escombros y acompañado a quienes atraviesan ansiedad, depresión, duelo o soledad. También existen perros entrenados para identificar cambios en la glucosa, alertar sobre convulsiones o reconocer ciertos tipos de cáncer mediante el olfato. Mientras nosotros seguimos impresionados porque un teléfono reconoce nuestro rostro, ellos llevan miles de años leyendo nuestro estado de ánimo con solo observar cómo caminamos, respiramos o abrimos la puerta al llegar a casa.

 

La historia está llena de perros que hicieron mucho más por la humanidad de lo que algunos humanos han hecho por cualquier otra especie. Hachikō esperó durante años el regreso de su dueño frente a una estación de tren en Japón y terminó convertido en símbolo universal de lealtad. Balto participó en el traslado de un suero que ayudó a detener una epidemia de difteria en Alaska. Laika fue enviada al espacio y se convirtió en uno de los animales más famosos de la historia, aunque su historia también nos recuerda que el avance científico muchas veces ha tenido víctimas que nunca pudieron dar su consentimiento. En México, Frida se volvió un símbolo de esperanza después de participar en labores de rescate tras los terremotos de 2017. Su imagen con lentes protectores y botas recorrió el mundo mientras buscaba personas entre estructuras colapsadas. Y el xoloitzcuintle, mucho antes de las cámaras y las redes sociales, ya acompañaba a las culturas mesoamericanas como guardián, alimento, compañero y guía espiritual hacia el inframundo.

 

Pero por cada Hachikō, Balto, Laika o Frida que recordamos, existen millones de perros cuyo nombre nadie conoce. Perros que alguna vez tuvieron casa, plato, patio o una persona que les prometió cuidarlos y que terminaron abandonados junto a una carretera, en un terreno baldío o afuera de un refugio saturado. Cachorros que fueron comprados porque se veían bonitos en Navidad y que meses después crecieron, destruyeron un sillón, necesitaron vacunas, alimento, tiempo y atención. Entonces dejaron de ser una sorpresa para convertirse en una molestia. Parece que para algunas personas el amor incondicional solo funciona mientras no implique recoger heces, pagar una consulta veterinaria o modificar los planes de vacaciones.

 

México enfrenta una realidad especialmente dolorosa. Millones de perros viven en las calles o deambulan sin supervisión, y una parte importante tuvo dueño en algún momento. No todos nacieron debajo de un automóvil ni aparecieron por generación espontánea junto a un bote de basura. Llegaron ahí porque fueron abandonados, porque alguien permitió que se reprodujeran sin control o porque una familia creyó que bastaba con dejarles comida afuera sin asumir ninguna otra responsabilidad. Cada camada no planeada puede producir nuevas camadas pocos meses después, y así una decisión que parecía pequeña termina multiplicándose en cientos de animales expuestos al hambre, al frío, a enfermedades, atropellamientos, envenenamientos y maltrato.

 

También conviene recordar que un perro en la calle no es libre. Sobrevive. Busca comida entre residuos, bebe agua contaminada, soporta temperaturas extremas y aprende a desconfiar porque demasiadas veces una mano extendida no significa ayuda. Algunos son golpeados, utilizados en peleas, encadenados durante años o abandonados cuando envejecen y comienzan a necesitar mayores cuidados. Otros pasan su vida reproduciéndose para sostener criaderos clandestinos donde los cachorros se venden como mercancía mientras las madres son tratadas como máquinas biológicas. Después nos indignamos al ver perros famélicos, aunque seguimos comprando animales sin preguntar de dónde vienen.

 

La problemática tampoco termina en el bienestar animal. Los perros sin supervisión pueden convertirse en un asunto de salud pública y conservación. Pueden transmitir enfermedades, provocar accidentes viales, romper bolsas de basura, dispersar residuos y formar grupos que atacan animales de granja o fauna silvestre. En bosques, desiertos, playas y áreas naturales protegidas persiguen aves, reptiles, pequeños mamíferos y especies que ya enfrentan la pérdida de su hábitat. Un perro que deambula no actúa con maldad. Sigue sus instintos. La responsabilidad sigue siendo humana, porque fuimos nosotros quienes lo domesticamos, lo reprodujimos y después lo dejamos resolviendo solo el problema de sobrevivir.

 

Incluso un perro con hogar puede generar impactos cuando su dueño cree que abrir la puerta y dejarlo salir equivale a pasearlo. Un animal sin correa puede atacar a otro perro, ser atropellado, consumir veneno, reproducirse, perderse o ingresar a zonas donde habita fauna sensible. Recoger sus heces tampoco es un gesto de cortesía opcional. Además de convertir banquetas y parques en campos minados, pueden contener parásitos y microorganismos que llegan al suelo o al agua. Pero siempre aparece alguien convencido de que la lluvia las desaparecerá, como si las alcantarillas condujeran directamente a otra dimensión.

 

Ser dueño responsable significa comprender que un perro no es un juguete, una alarma con patas ni un accesorio para fotografías. Necesita alimento suficiente y adecuado, agua limpia, refugio frente al frío y el calor, ejercicio, estimulación, vacunas, desparasitación, identificación y atención veterinaria. Necesita socialización, límites sin violencia y tiempo. También implica esterilizar cuando el médico veterinario lo recomiende, especialmente cuando no existe un programa serio de reproducción. No esterilizar porque queremos que conozca el amor, sea mamá una vez o tenga hijos iguales a él es atribuirle deseos humanos que no justifican traer más animales a un país donde los refugios ya no tienen espacio.

 

Adoptar tampoco debe presentarse como una moda heroica. No se trata de rescatar un perro para recibir aplausos, sino de asumir una responsabilidad que puede durar quince años o más. Antes de adoptarlo habría que preguntarse quién lo cuidará cuando viajemos, cuánto costarán su alimento y sus consultas, si tenemos espacio, tiempo y paciencia, y qué ocurrirá cuando envejezca, pierda movilidad o necesite medicamentos. El compromiso verdadero comienza cuando se terminan las fotografías de cachorro y aparecen las canas, las enfermedades y las noches en vela.

 

También debemos abandonar la idea de que solamente los perros de raza merecen cuidados o que un animal comprado es automáticamente más valioso. Los refugios están llenos de perros mestizos, adultos, negros, grandes, pequeños, tímidos o con alguna discapacidad que esperan durante meses o años. Muchos nunca serán elegidos porque no parecen salidos de una película o porque ya no tienen el tamaño ideal para una foto. Tal vez el problema no sea que no existan hogares suficientes. Tal vez seguimos buscando mascotas que combinen con nuestra vida sin preguntarnos si nuestra vida está preparada para recibirlas.

 

Los gobiernos también tienen responsabilidad. No basta con recoger perros de la calle para trasladarlos a instalaciones saturadas o aplicar campañas esporádicas cuando la población ya está fuera de control. Se requieren programas permanentes de esterilización, vacunación, adopción, educación y sanción al abandono y al maltrato. También se necesitan registros, identificación y políticas que regulen criaderos y venta de animales. Sin embargo, ninguna política pública funcionará mientras una parte de la sociedad siga creyendo que abandonar un perro es menos grave que hacerse responsable de él.

 

Decimos que los perros son nuestros mejores amigos, pero la amistad no se demuestra con una publicación cada 21 de julio. Se demuestra cuando no los dejamos bajo el sol, cuando no permanecen encadenados toda su vida, cuando reciben atención antes de que el dolor sea insoportable, cuando envejecen dentro de la misma casa donde llegaron siendo cachorros y cuando entendemos que su existencia no puede depender de si ese día tenemos tiempo, dinero o paciencia.

 

El perro quizá sea el animal que mejor aprendió a vivir con nosotros. Reconoce nuestra voz, interpreta nuestros gestos, celebra nuestro regreso aunque solo hayamos salido unos minutos y permanece junto a personas que muchas veces no merecen tanta lealtad. Durante siglos le pedimos que cuidara nuestras casas, nuestro ganado, nuestros hijos, nuestros cuerpos y hasta nuestras emociones. Tal vez el Día Mundial del Perro no debería servir únicamente para agradecerle su compañía, sino para preguntarnos qué clase de especie abandona precisamente al animal que decidió confiar en ella.

 

Consejo incómodo: esta semana no te limites a publicar una fotografía. Revisa la cartilla de vacunación de tu perro, verifica que tenga placa con un número telefónico actualizado, recoge sus heces, no permitas que salga solo y agenda una consulta si notas cambios en su apetito, peso o comportamiento. Si aún no está esterilizado, consulta con un médico veterinario. Y si no tienes perro, puedes donar alimento, ofrecer un hogar temporal o compartir responsablemente la información de alguno que busque adopción. No tienes que salvarlos a todos para cambiar por completo la vida de uno.

 

Los perros aprendieron a esperar nuestra llegada, a proteger nuestro hogar y a reconocer nuestra tristeza. Lo mínimo que podemos hacer es no convertir su lealtad en una condena.

 

Juntos Todos por un planeta donde ningún animal tenga que pagar con abandono la confianza que depositó en nosotros. 🌎

 

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