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Las palabras que dejamos atrás

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¿Estamos perdiendo la riqueza del lenguaje?

Vivimos en una generación que nunca había estado tan conectada y, al mismo tiempo, tan acostumbrada a comunicarse rápido. Hoy hablamos entre tendencias, videos de segundos y palabras que aparecen y desaparecen en cuestión de semanas. “Cringe”, “random”, “aesthetic”, “trend”. Las usamos casi sin pensar. Y aunque esto no significa que el lenguaje esté “mal”, sí nos obliga a preguntarnos algo importante: ¿estamos perdiendo riqueza lingüística?

El lenguaje siempre evoluciona. Es normal que adoptemos palabras de otros idiomas, especialmente en una época tan globalizada y digital. El problema no es usar anglicismos; el problema aparece cuando nuestro vocabulario empieza a reducirse cada vez más. Cuando dejamos de nombrar emociones, ideas o pensamientos complejos porque todo se resume en términos rápidos, virales y fáciles de consumir.

La riqueza lingüística no se trata de “hablar difícil” ni de usar palabras rebuscadas para sonar inteligentes. Se trata de tener herramientas para expresar lo que sentimos, pensamos y vivimos con mayor claridad. Porque mientras más palabras conocemos, más formas tenemos de entender el mundo.

Muchos niños y adolescentes hoy pasan más tiempo frente a contenido inmediato que frente a libros, conversaciones largas o espacios de reflexión. Y eso inevitablemente impacta en la atención, la comprensión lectora y la manera de comunicarnos. Aun así, la tecnología no tiene por qué ser enemiga del aprendizaje. También existen audiolibros, cuentos digitales, juegos educativos y plataformas que pueden acercar a niñas, niños y jóvenes a un lenguaje más amplio y creativo.

Tal vez el reto no sea dejar atrás las nuevas palabras, sino evitar olvidar las que ya teníamos. Porque una sociedad que pierde vocabulario también pierde formas de pensar, cuestionar y sentir.

 

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