El medio ambiente no se cuida solo con buenas intenciones.

También se cuida en decisiones que tomamos todos los días, aunque no siempre las llamemos ambientales: dónde crece una ciudad, cómo protege sus áreas verdes, qué tanto respeta el suelo, cómo atiende sus servicios, cómo cuida el agua y qué lugar le da al espacio público.

Hablar de medio ambiente no es hablar solo de bosques o mares. También es hablar de la calle donde caminamos, del árbol que da sombra, del parque que recibe familias, del aire que respiramos y del agua que llega o no llega a una casa.

El 5 de junio se conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente. La fecha no debería quedarse solo en una publicación o en un mensaje de ocasión. Tendría que ayudarnos a mirar con más seriedad algo que ya está frente a nosotros: el clima cambió, las ciudades crecieron y las decisiones que antes podían esperar ahora tienen consecuencias más inmediatas.

En una región como la nuestra, esto se entiende bien.

Aquí sabemos lo que significa depender del agua, del campo, del clima y de una tierra que exige cuidado. Una mala temporada no solo afecta el paisaje: afecta la producción, el trabajo, los costos y la vida de muchas familias. Por eso, el medio ambiente no puede verse como un asunto separado de la economía o de la planeación.

Cuidar el medio ambiente también es ordenar el territorio.

Es evitar que una ciudad crezca sin rumbo. Es pensar dónde se construye, cómo se conecta, qué servicios necesita y qué riesgos puede enfrentar. Cada fraccionamiento, cada vialidad, cada parque y cada zona agrícola forman parte de una misma decisión: la forma en que elegimos vivir.

Cuando las decisiones se toman sin una mirada de largo plazo, los problemas tarde o temprano se sienten en la vida diaria. Se sienten en los trayectos que se vuelven más largos, en colonias que crecen sin suficientes servicios, en parques que se deterioran, en calles donde falta sombra, en fugas que se vuelven parte del paisaje y en riesgos que pudieron atenderse antes.

El tema ambiental no aparece aislado. Se mezcla con la salud, con la economía familiar, con el tiempo que pasamos trasladándonos, con la seguridad de los espacios públicos y con la manera en que habitamos la ciudad.

Por eso, planear no es un trámite.

Planear es anticiparse. Es decidir antes de que el problema crezca. Es tomar decisiones antes de que el desorden se vuelva problema. Es cuidar lo que todavía tenemos antes de lamentar lo que se perdió. Y también es reconocer que el desarrollo no puede medirse solo por cuánto se construye, sino por cómo se vive lo que se construye.

El reto no es detener el crecimiento. Ninguna ciudad puede quedarse inmóvil. El reto es crecer mejor: con cuidado, información y responsabilidad. Crecer sin olvidar que el suelo tiene límites, que el agua no es infinita, que los árboles no son adorno y que los espacios públicos son parte de la vida de una ciudad.

Hablar de medio ambiente también es hablar de gobierno, ciudadanía y responsabilidad compartida. No basta con pedir mejores ciudades; también hay que cuidarlas. No basta con exigir servicios; también hay que respetar los espacios comunes. La ciudad también se cuida desde lo que cada quien hace o deja de hacer.

Una ciudad que planea no lo hace solo para cumplir con un requisito. Lo hace para cuidar mejor su agua, su suelo, sus calles, sus parques y la vida de quienes la habitan.

El cuidado del medio ambiente se nota en lo que una ciudad protege, en lo que corrige a tiempo y en lo que decide todos los días.

Porque una ciudad que cuida lo que tiene, también cuida lo que viene.

Luly González
Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.

Autor

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here