Hace poco me ocurrió algo extraño y profundamente conmovedor. Mientras acomodaba cosas en casa, escuché mi propia voz llamando la atención de mis hijos. El tono, las palabras, incluso la manera de suspirar entre una frase y otra… eran exactamente iguales a las de mi mamá. Me quedé congelada unos segundos. Era como escucharla a ella hablando a través de mí. Ya mucha gente me ha estado comentando que cada vez me parezco más físicamente a ella, pero ahora yo misma vi en mi reflejo a Doña Rosa Amelia. A veces sonrío igual. A veces frunzo el ceño exactamente como lo hacía cuando estaba preocupada. Incluso hay gestos que juré jamás heredar y hoy viven tranquilamente en mi cara. La genética tiene un extraño sentido del humor. Pero no solo heredamos rasgos físicos. También heredamos maneras de amar. Porque ahora entiendo que muchas de las frases que antes me desesperaban eran en realidad intentos desesperados por protegernos. Y entonces lo entendí.

Entendí por qué repetía tantas veces las mismas cosas. Entendí ese tono firme que antes confundía con regaño y que hoy reconozco como una muestra del inmenso amor hacia mi hermano y hacia mí, intentando formar buenos seres humanos. Entendí el cansancio escondido detrás de muchas respuestas rápidas. Entendí sus silencios. Entendí sus preocupaciones. Entendí esa necesidad de querer hacerlo todo bien aun cuando nadie le enseñó cómo hacerlo y, más aún cuando las hormonas de nuestra adolescencia la hicieron pasar muy malos ratos con berrinches y rabietas.

Y es que pareciera que pareciera que la mayoría de nosotros pasamos gran parte de la vida viendo a nuestras madressolamente como mamá. Como esa figura fuerte que resuelve, organiza, corrige y sostiene. Pero llega un momento —sobre todo cuando te conviertes en madre— en que comienzas a verla también como mujer. Y ahí cambia todo. Porque entonces empiezas a preguntarte cómo pudo con tanto.

Ahora que tengo a mis hijos, que gracias a Dios van creciendo, descubro que mi mamá no tenía la red de apoyo con la que yo cuento privilegiadamente hoy. Ella no tenía tantas manos ayudando, ni espacios para descansar, ni tiempo para pensar en sí misma. No existían tantos discursos sobre salud mental, maternidad consciente o autocuidado. Muchas mujeres de su generación simplemente sobrevivían al día. Y, aun así, ahí estaba: fuerte, congruente, servicial, entregada, trabajadora, incansable. Preparando comidas, resolviendo problemas, cuidándonos cuando enfermábamos, administrando el negocio familiar, sirviendo a la comunidad y a Dios, intentando que nada nos faltara, aunque seguramente a ella le faltaban muchas cosas. Qué fácil era verla invencible cuando éramos niños. Qué difícil es entender ahora todo lo que cargaba.

Hay días en que me descubro agotada aun teniendo ayuda, tiempo y herramientas que ella jamás tuvo. Y entonces inevitablemente pienso en mi madre criando a dos hijos prácticamente con puro amor, intuición y resistencia emocional; caminando al lado de un gran hombre, haciendo equipo con él, sí, pero siempre siendo la fuerte de la familia porque así nos lo ha enseñado el matriarcado de las Salas.

Este domingo es 10 de mayo, Día de las Madres, y creo que el verdadero homenaje a las madres no está solamente en las flores, los festivales o las fotografías familiares. Para quienes tenemos la bendición de tener aún a nuestro lado a nuestras mamás, lo especial de este día está en ese momento preciso en que dejamos de juzgarlas desde nuestra infancia y comenzamos a mirarlas desde nuestra adultez, admirándolas, respetándolas, honrándolas. Ahí es donde nace la comprensión.

El día que entendí a mi mamá no ocurrió durante una conversación profunda ni en una fecha especial. Ocurrió en lo cotidiano. En el cansancio. En la rutina. En mi propia maternidad reflejándome la suya. Y es que quizá, queridos lectores, el amor de una madre nunca desaparece; solo cambia de voz.

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