Hay silencios que no son casualidad.

Se van formando poco a poco.

El pasado 3 de mayo se conmemoró el Día Mundial de la Libertad de Prensa. Pero hay una realidad que incomoda: ejercer el periodismo en México no es sencillo, y muchas veces tampoco es seguro.

Hablar de libertad de prensa no es solo decir que es un derecho. Es preguntarnos si realmente se puede ejercer sin miedo, sin presiones y sin consecuencias.

Ahí empieza el problema.

México lleva años siendo un lugar difícil para el periodismo, incluso sin estar en guerra. Ahí están los datos y también los casos.

Javier Valdez fue asesinado en Sinaloa por documentar la relación entre el narcotráfico y el poder.

Miroslava Breach, en Chihuahua, por investigar vínculos entre el crimen organizado y actores políticos.

Regina Martínez, en Veracruz, por abordar temas de corrupción y narcotráfico.

También están quienes intentaron protegerse sin lograrlo. Rubén Espinosa dejó su estado tras denunciar hostigamiento y fue asesinado en la Ciudad de México. Lydia Cacho investigó redes de explotación infantil y, por ello, fue detenida ilegalmente y torturada.

No todo pasa por la violencia directa. También hay presiones que limitan. Carmen Aristegui enfrentó la salida de espacios informativos tras investigaciones incómodas. Jorge Ramos ha sido restringido en coberturas al ejercer su labor crítica. Ciro Gómez Leyva fue víctima de un atentado en 2022.

Son casos distintos, pero dejan una misma preocupación: cuando informar se vuelve riesgoso, la sociedad también pierde.

Porque el impacto no se queda en los medios. Cuando la prensa trabaja bajo presión, la ciudadanía pierde claridad para entender lo que pasa, margen para cuestionar y herramientas para decidir.

Una ciudadanía mal informada es más vulnerable. Toma decisiones con información incompleta, se deja llevar por lo que circula sin contexto y pierde capacidad para distinguir entre lo cierto, lo falso y lo conveniente.

Y cuando la información no es confiable, exigir también se vuelve más difícil. No porque no exista inconformidad, sino porque muchas veces no hay claridad suficiente para saber qué está pasando, quién responde y qué debe cambiar.

También hay otra forma de silencio, más discreta, pero igual de preocupante: la normalización.

Cuando asumimos que esto “siempre ha sido así”.

Cuando dejamos de cuestionar.

Cuando preferimos no mirar de frente lo que incomoda.

Y ese silencio termina pasando factura.

La libertad de prensa no es solo una fecha. Se nota cuando empieza a faltar.

Sin libertad para informar, también se pierde la posibilidad de exigir. Y cuando eso pasa, no solo pierde la prensa. Perdemos todos.

Tal vez no podamos cambiarlo todo de inmediato. Pero sí podemos dejar de ver como normal lo que no debería serlo.

A pesar de todo, hay quienes siguen informando. Con compromiso, con convicción y, muchas veces, con valentía.

Y eso merece algo más que mencionarse: merece respeto.

 

Luly González

Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.

 

Autor

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here