Hay una pregunta que parece acompañarnos durante toda la juventud.¿Qué quieres hacer con tu vida? La escuchamos en la escuela, en reuniones familiares y hasta cuando conocemos a alguien nuevo. Poco a poco sentimos que deberíamos tener un plan perfecto, como si existiera una edad exacta para descubrir quiénes somos y hacia dónde vamos.
Pero la realidad casi nunca funciona así.
Crecer también significa tener dudas.
Significa cambiar de opinión, descubrir nuevos intereses y reconocer que aquello que imaginábamos hace algunos años puede no ser lo que hoy nos hace felices.
Vivimos rodeados de historias que parecen tener todo resuelto. En redes sociales vemos personas que ya encontraron el trabajo de sus sueños, emprendieron un negocio o alcanzaron metas que nosotros apenas comenzamos a imaginar. Sin darnos cuenta, empezamos a creer que vamos tarde.
Lo cierto es que cada persona vive su propio tiempo.
Encontrar un propósito no es una carrera. Es un camino que se construye con cada
experiencia, con cada decisión y también con cada error. A veces un fracaso nos enseña más sobre nosotros mismos que un éxito. A veces una conversación cambia nuestra forma de ver el mundo. Incluso los momentos en los que sentimos que estamos perdidos pueden ayudarnos a descubrir una dirección.
No tener todas las respuestas no significa que estés haciendo las cosas mal. Significa que todavía estás escribiendo tu historia.
Quizá el propósito no aparezca de un momento a otro. Tal vez se encuentre en las pequeñas acciones de todos los días, en aquello que haces con entusiasmo, en las personas a las que ayudas y en la manera en que decides enfrentar cada reto.
Al final, crecer no consiste en tener la vida completamente resuelta. Consiste en seguir caminando, aprender de cada paso y confiar en que, con el tiempo, las respuestas llegarán



