Chihuahua, el Estado Grande, parece estar entrando en una etapa de confrontación política y división social. Desde hace años, desde el centro del país se han lanzado críticas hacia la gente del norte, señalándonos como personas privilegiadas, juzgándonos incluso por nuestra forma de vestir y por las tradiciones vaqueras que forman parte de nuestra identidad.

También se nos cuestiona constantemente por la cercanía económica, social y cultural que mantenemos con Estados Unidos. Sin embargo, quienes hacen estas críticas parecen desconocer la realidad de nuestra región. En Chihuahua somos una tierra de trabajo, de esfuerzo y de solidaridad. Ayudamos a quien lo necesita, tendemos la mano a quien atraviesa dificultades, pero también creemos en el valor de ganarse las cosas con esfuerzo propio.

Resulta curioso escuchar discursos de rechazo hacia Estados Unidos mientras se consumen diariamente productos, ropa, tecnología, entretenimiento y marcas provenientes de ese país. La congruencia debería formar parte de cualquier postura política o ideológica.

La relación entre Chihuahua y Estados Unidos no es una casualidad. Es una realidad histórica, económica y social que ha beneficiado a millones de familias a ambos lados de la frontera. Existen lazos comerciales, familiares y culturales que difícilmente pueden ignorarse.

La realidad es mucho más compleja. Chihuahua ha sido una tierra que históricamente ha recibido personas de distintas nacionalidades que llegan con la intención de trabajar y construir un mejor futuro.

El debate no debería centrarse en dividir a los mexicanos entre norte y sur, ni en alimentar estereotipos regionales. Lo verdaderamente importante es fortalecer la unidad nacional respetando las diferencias, las costumbres y la identidad de cada región del país.

Y aquí un dato que vale la pena reflexionar: la política que hoy impulsa Morena ha estado marcada por una narrativa de confrontación más que de conciliación. Durante años se alimentó un discurso que dividió a los mexicanos entre buenos y malos, pueblo y élites, conservadores y liberales, generando una polarización que sigue presente en la vida pública del país.

Esa estrategia política tiene un principal referente: Andrés Manuel López Obrador, quien construyó un movimiento basado en la llamada Cuarta Transformación y que, para sus críticos, ha profundizado las diferencias entre sectores de la sociedad en lugar de fortalecer los puntos de encuentro.

La democracia se fortalece con el debate, la pluralidad y el respeto a las diferencias, no con el señalamiento permanente de quienes piensan distinto. México necesita más unidad y menos confrontación; más diálogo y menos división.

Porque al final, ningún país avanza cuando sus ciudadanos son alentados a verse como adversarios en lugar de reconocerse como parte de una misma nación.

Amigos, es todo por hoy. Iniciamos junio en medio de un verano que se anticipa intenso en lo político y en lo social. Nos leemos en la próxima entrega.
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