El café humea frente a mí mientras comienzo a escribir. Afuera, la mañana transcurre con esa calma que contrasta tanto con las historias que uno encuentra cuando se asoma al pasado. Hoy el café me lleva hacia el norte del país, a una Comarca Lagunera donde hace más de un siglo el polvo de los caminos se mezclaba con el estruendo de los caballos, los disparos y las esperanzas de una revolución que prometía cambiarlo todo. Entre aquellos hombres apareció uno difícil de encasillar, admirado por unos, condenado por otros y convertido con el tiempo en personaje de corrido: Benjamín Argumedo Hernández, el León —o el Tigre— de la Laguna.

Antes del uniforme, del grado de general y de la fama, hubo un hombre común. Benjamín nació en Coahuila en 1874, hijo de Albino Argumedo y TiburciaHernández, tercero de ocho hermanos. Fue sastre, talabartero, peletero y domador de caballos; hacía, como tantos hombres de aquella región, lo necesario para ganarse la vida. Una descripción de la época lo recuerda como un hombre con fama de “parrandero y atravesado”, expresión que dice mucho más de su temperamento que cualquier retrato solemne. El 20 de noviembre de 1910, mientras Francisco I. Madero llamaba a levantarse contra Porfirio Díaz, Argumedo encabezó a una veintena de hombres y tomó sin disparar un tiro Congregación Hidalgo, el antiguo Gatuño, en Matamoros. En pocos meses aquel sastre que conocía las riendas y las agujas terminó con cientos y después miles de hombres siguiéndolo a caballo.
Su valor en combate se volvió legendario. Una y otra vez aparece colocado donde el peligro era mayor, encabezando cargas de caballería, atacando poblaciones o sosteniendo posiciones que parecían perdidas. Quizá de ahí nacieron aquellos nombres de León o Tigre de la Laguna, porque ni siquiera las fuentes se ponen de acuerdo en cuál fue primero. También quedó una imagen que parece salida de una película: Argumedo acostumbraba llevar un pañuelo sujeto alrededor del rostro. La tradición cuenta que temía morir en combate, quedar con la boca abierta y que las moscas entraran en ella; otra versión simplemente dice que tenía una extraña aversión a que los insectos se introdujeran en su boca. Es una de esas historias irresistibles que sobreviven porque hacen humano al personaje, aunque, como tantas anécdotas de la Revolución, resulta difícil separar cuánto pertenece al hombre y cuánto a la leyenda.
Pero sería injusto con la historia convertirlo únicamente en un guerrero romántico. Argumedo también carga con uno de los episodios más terribles ocurridos en Torreón. Durante la toma de la ciudad en mayo de 1911, centenares de integrantes de la comunidad china fueron asesinados. Las investigaciones históricas atribuyen a Argumedo responsabilidad directa en parte de aquella violencia e incluso la orden de atacar el llamado Banco Chino y matar a quienes estuvieran dentro. La cifra de 303 víctimas quedó asociada a aquella jornada. Es una sombra imposible de borrar y quizá necesaria de recordar, porque los personajes históricos rara vez caben enteros en las palabras héroe o villano. Argumedo podía mostrar un valor extraordinario en batalla y, al mismo tiempo, participar en hechos que hoy estremecen. La historia también consiste en mirar esas contradicciones de frente.

Su trayectoria política fue tan agitada como aquellos años. Primero maderista; después se rebeló contra Madero al grito de “¡Viva Zapata!” y “¡Tierra y Libertad!”; se incorporó a Pascual Orozco y firmó el Plan de la Empacadora; más tarde reconoció al gobierno de Victoriano Huerta y recibió grado en el Ejército Federal. Combatió a los constitucionalistas y durante años fue uno de los enemigos más tenaces de las fuerzas de Francisco Villa. En Zacatecas volvió a ocupar uno de los lugares de mayor riesgo. Resulta curioso que dos hombres cuyas fuerzas se enfrentaron tantas veces no se hubieran conocido personalmente: hacia el final de su vida, cuando Argumedo intentó acercarse al villismo, todavía no había visto frente a frente a Pancho Villa.
La Revolución terminó cobrándole todo. Para principios de 1916 estaba gravemente enfermo, perseguido y con apenas un puñado de hombres. El coronel Juan B. Vargas, enviado por Villa, lo encontró refugiado en una región agreste de Zacatecas; Argumedo estaba tan enfermo que ya no podía montar a caballo. Poco después, antiguos compañeros lo delataron y cayó en manos de fuerzas constitucionalistas. Fue llevado hasta Durango y sometido a un proceso militar sumario. Incluso algunos de sus enemigos, incluido el general Francisco Murguía, habrían pedido clemencia para él, pero la orden de ejecutarlo llegó desde México. Y entonces ocurre algo curioso: hasta la fecha de su muerte parece haberse perdido entre las brumas de la Revolución. Algunas investigaciones señalan el 26 de febrero; buena parte de las referencias históricas y la prensa hablan del 1 de marzo, mientras que en la lápida que todavía lleva su nombre puede leerse claramente “Marzo 2 1916”.
Hay algo en esa tumba que me conmovió particularmente. Debajo del nombre del general no aparece una batalla ni una proclama revolucionaria. Se lee: “Recuerdo de su hija, Julia Argumedo de González”. Y de pronto desaparecen por un instante el León, el Tigre, el huertista, el orozquista, el enemigo de Villa, el hombre del corrido. Queda simplemente Benjamín, el padre de Julia. Tal vez por eso me gusta tanto buscar estas pequeñas huellas de los personajes históricos: porque detrás de las estatuas, los fusiles y las fechas siempre hubo alguien que amó, tuvo familia, sintió miedo, cometió errores y alguna vez fue esperado en casa.

El café se ha enfriado mientras termino estas líneas. Pienso en aquel hombre que pasó de sastre y domador de caballos a general, que peleó contra casi todos y terminó perseguido por una revolución que alguna vez ayudó a comenzar. Más de cien años después seguimos discutiendo incluso qué día murió, si fue León o Tigre, dónde termina su historia y dónde empieza el corrido. Quizá ahí radique la fascinación de Benjamín Argumedo: en que nunca terminó de pertenecer completamente a ningún bando ni a una sola versión de la historia. Yo cierro la libreta, doy el último sorbo al café ya frío y pienso que, de alguna manera, sucede siempre lo mismo: nosotros creemos mirar hacia el pasado, pero a veces es el pasado el que termina mirándonos. Y entonces, por un instante, el tiempo se entrelaza y miramos de frente a quienes estuvieron antes que nosotros, protagonizando la época que les tocó vivir.












































