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¿Y si la que no entiende soy yo?

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Hace unos días, platicando con un amigo, salió a la conversación el tema de la empatía. Yo le comentaba, con cierta frustración, que a veces me cuesta entender por qué algo que para mí resulta tan claro puede ser interpretado de una manera completamente distinta por otra persona o, simplemente, no captan la idea de lo que quiero comunicar.

“Es que parece que hablamos idiomas diferentes”, le dije.

Y seguramente a ustedes, queridos lectores, les ha tocado vivir situaciones como esta. Me pasa, sobre todo, en el ámbito laboral: explico algo, doy una instrucción, expreso lo que necesito, digo lo que espero. Y, desde mi perspectiva, lo he dicho todo con absoluta claridad. Sin embargo, la otra persona entiende otra cosa, actúa de una manera que no esperaba o simplemente no reacciona como yo suponía que debía hacerlo. Y ¡ah, ¡cómo nos pesan las expectativas que nos hacemos y luego las cosas no resultan como esperábamos!Entonces llega la frustración.

Y fue precisamente en medio de aquella conversación cuando apareció una pregunta que, con absoluta honestidad admito, me resultó bastante incómoda: ¿Y si la que no está siendo empática soy yo?

Porque hablamos muchísimo de empatía, mayormente desde el ámbito de las relaciones interpersonales. La pedimos. La exigimos. La valoramos como una de las grandes virtudes de nuestro tiempo. Queremos personas capaces de ponerse en nuestro lugar, comprender nuestros procesos, respetar nuestros tiempos, reconocer nuestras emociones y entender las razones detrás de nuestras acciones.

Pero pocas veces hacemos el ejercicio en sentido contrario, porque voltear a ver las acciones de uno mismo resulta, en ocasiones, demasiado incómodo.

Queremos que los demás comprendan por qué reaccionamos como reaccionamos, pero ¿cuánto esfuerzo hacemos nosotros por comprender sus reacciones? Queremos que entiendan nuestras palabras, pero ¿nos preocupamos por saber cómo las reciben? Queremos que respeten nuestra manera de hacer las cosas, pero ¿qué tan tolerantes somos cuando alguien las hace de una forma completamente diferente?

Quizá ahí comienza una forma de empatía de la que hablamos menos.

Y siguió resonando esta idea en mi cabeza. Durante mucho tiempo pensé que ser empática significaba principalmente tener sensibilidad ante las emociones de otras personas: acompañar a alguien que atraviesa un momento difícil, escuchar sin juzgar, intentar comprender su dolor. Y sí, por supuesto que todo eso es empatía. Pero ahora pienso que existe otra dimensión mucho más cotidiana —y posiblemente más difícil—: aceptar que el cerebro de la persona que tengo enfrente no funciona como el mío.

Parece obvio, pero en el día a día se me olvida constantemente y quiero que mis compañeros de trabajo realicen las tareas como yo las haría.

No todos organizamos igual. No todos aprendemos igual. No todos procesamos la información a la misma velocidad. Hay personas que necesitan instrucciones muy específicas y otras que funcionamos mejor con libertad. Algunas necesitan preguntar varias veces; otras prefieren observar. Hay quienes tomamos decisiones rápidamente y quienes requieren tiempo para analizar. Algunos expresamos lo que sentimos con facilidad y otros necesitan días para encontrar las palabras.

Y ninguno de esos estilos necesariamente está mal, porque parten de la individualidad y peculiaridad de cada persona.

El problema comienza cuando algunos vemos como una obligación que los demás actúen como nosotros lo haríamos. “Si yo puedo, tú deberías poder”. “Si para mí está claro, para ti debería estarlo”. “Si yo entendí a la primera, tú también tendrías que hacerlo”. “Si yo reaccionaría de esta manera, no comprendo por qué tú reaccionas así”.

Tal vez ahí es donde la empatía deja de ser una palabra bonita y comienza a convertirse en un verdadero ejercicio de humildad.

Porque ponerse en los zapatos del otro no significa imaginar qué haríamos nosotros si estuviéramos viviendo su situación. Eso sigue siendo mirar su vida desde nuestra propia lógica.

Quizá la verdadera pregunta sea otra:

¿Cómo se ve esta situación desde sus zapatos, con su historia, sus experiencias, sus miedos, sus capacidades y su manera de entender el mundo?

Y eso cambia bastante las cosas.

Tal vez por eso algunas de nuestras mayores frustraciones en las relaciones humanas nacen no de la falta de voluntad, sino de la diferencia de perspectivas.

Y aquí viene la parte que más trabajo me cuesta aceptar: quizá comprender al otro también implica bajar un poco nuestras expectativas sobre cómo “deberían” comportarse las personas. Bajar un poco la soberbia de creer que nuestra manera de hacer las cosas es necesariamente la manera correcta y practicar una empatía real.

No para justificar irresponsabilidades, faltas de respeto o incumplimientos. La empatía tampoco significa permitirlo todo ni renunciar a establecer límites. Podemos comprender las razones de alguien y, al mismo tiempo, señalar que determinada conducta no es aceptable.

Comprender no siempre significa estar de acuerdo. diferencia me parece fundamental.

Porque también existe el riesgo de convertir la empatía en una obligación de tolerarlo todo. Y no. Podemos intentar mirar desde la perspectiva del otro sin abandonar la nuestra.

Desde aquella conversación he intentado hacerme una pregunta cuando siento esa conocida frustración de “¿por qué no entiende?”:

¿Qué me falta entender a mí?

No siempre encuentro la respuesta. A veces sigo pensando que fui suficientemente clara. Otras descubro que pude haber explicado mejor. Y algunas más me doy cuenta de algo todavía más sencillo: la otra persona simplemente es diferente a mí.

Respiro. Pienso en la oración de la serenidad. Y no, no siempre obtengo resultados pacíficos y tranquilizadores.

Pero sigo intentándolo.

Así que esta semana ha andado rondando por mi cabeza la idea de que tal vez la empatía que tanto pedimos no empieza cuando alguien logra ponerse en nuestros zapatos.

Tal vez empieza cuando dejamos, por un momento, de creer que nuestros zapatos deberían quedarle bien a todo el mundo.

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