Esta mañana, mientras el aroma del café llenaba la cocina y la ciudad comenzaba a despertar lentamente, pensé en una mujer que tuvo que abrir una puerta que nadie quería abrirle. Una mujer que no pertenecía por herencia a un gremio, no encontró un antecedente para seguir una ruta trazada, ni tampoco vivió en una época que celebrara los sueños femeninos. Al contrario, nació en un México donde se consideraba que las mujeres debían aprender labores domésticas, formar una familia y permanecer lejos de las universidades, es decir, un país donde las mujeres no debían involucrase en la vida pública de ninguna manera. Una nación donde las profesiones eran territorio exclusivo de los hombres y donde las aspiraciones femeninas rara vez iban más allá de lo que la costumbre permitía. Sin embargo, hubo una joven que decidió desafiar todo eso y demostrar que el talento no entiende de géneros ni de prejuicios. Su nombre era Matilde Montoya.

Matilde Petra Montoya Lafragua nació el 14 de marzo de 1857 en la Ciudad de México. Desde niña mostró una inteligencia poco común y una curiosidad insaciable por aprender. Su madre, Soledad Lafragua, fue su principal aliada en una época en la que la educación femenina era limitada y, en muchos casos, considerada innecesaria. Mientras la mayoría de las niñas eran preparadas para el hogar, Soledad alentó en su hija el amor por el conocimiento y la convenció de que sus capacidades no debían estar condicionadas por las expectativas de la sociedad. Aquella confianza sembrada durante la infancia sería la raíz de una determinación que acompañaría a Matilde durante toda su vida. Antes de que México conociera a la primera médica del país, hubo una madre que creyó en ella cuando casi nadie más lo habría hecho.

 

La adolescencia de Matilde estuvo marcada por circunstancias difíciles. La muerte de su padre complicó la situación económica familiar y la llevó a buscar una profesión que le permitiera trabajar y sostenerse. Encontró esa posibilidad en la obstetricia, una de las pocas áreas relacionadas con la medicina que las mujeres podían ejercer sin provocar un rechazo absoluto. Su dedicación fue extraordinaria y, a los dieciséis años, obtuvo el título de partera, una hazaña notable para cualquier joven de la época y aún más para una mujer en el México del siglo XIX. Este logro demostraba que su verdadera vocación era la medicina. Y así, comenzó a ejercer en distintas ciudades, entre ellas Puebla, donde rápidamente ganó reconocimiento por su preparación profesional y por la sensibilidad con la que atendía a sus pacientes, especialmente a las mujeres que muchas veces carecían de acceso a servicios médicos adecuados y quienes eran, muy seguramente, víctimas de la violencia obstétrica que durante muchos fue invisibilizada y/o normalizada, ya que los médicos no solían empatizar con sus pacientes femeninas.

 

Pero el prestigio profesional no la protegió de los prejuicios. Conforme aumentaba el número de personas que buscaban sus servicios, también crecían las críticas de quienes consideraban inaceptable que una mujer destacara en un campo asociado tradicionalmente con los hombres. Algunos sectores conservadores comenzaron a atacarla públicamente y ciertos periódicos cuestionaban su conducta, sus creencias e incluso su derecho a estudiar. Hoy resulta difícil imaginar que una persona pudiera ser objeto de burlas simplemente por querer aprender, pero en aquella época una mujer instruida era vista por muchos como una amenaza al orden establecido. Lo que realmente incomodaba a sus detractores no era su capacidad, sino su determinación para ocupar espacios que la sociedad les negaba a las mujeres.

 

Lejos de rendirse, Matilde decidió dar un paso más y estudiar medicina. Aquella decisión la colocó frente a la batalla más importante de su vida. Cuando intentó ingresar a la Escuela de Medicina encontró obstáculos administrativos que parecían insignificantes, pero que en realidad ocultaban una profunda discriminación. Algunos documentos utilizaban la palabra “alumnos” en masculino y las autoridades argumentaban que las mujeres no estaban contempladas en la legislación. La situación llegó a tal punto que fue necesaria la intervención del presidente Porfirio Díaz para que pudiera presentar su examen profesional. Una y otra vez tuvo que demostrar que poseía la preparación necesaria. Una y otra vez tuvo que responder preguntas que jamás se habrían formulado a un aspirante masculino. Sin embargo, cada puerta cerrada parecía fortalecer todavía más su voluntad.

Existe una anécdota que retrata con claridad el carácter de Matilde. Después de años de trámites, discriminación y campañas de desprestigio, finalmente llegó el día de presentar su examen profesional. La expectativa era enorme. No se trataba únicamente de una estudiante más; se trataba de una mujer intentando conquistar un espacio que la sociedad insistía en negarle. El examen fue tan relevante que contó con la presencia del presidente Porfirio Díaz, lo que nos muestra la gran relevancia de su actuar pues, que otro alumno o alumna puede presumir que el Presidente de la República estuvo presente en su examen profesional? Cuando los sinodales anunciaron que había sido aprobada por unanimidad, la tensión acumulada durante tantos años terminó por vencerla y se desmayó. Ya podemos imaginar la tensión, la angustia combinada con la determinación, las noches sin dormir estudiando, el cúmulo de emociones que traía cargando esa jovencita en sus hombros. Aquel instante no reflejaba debilidad, sino el enorme peso que había cargado sobre sus hombros. Detrás de ese resultado había años de sacrificios, incontables horas de estudio y la presión constante de saber que cualquier error sería utilizado para demostrar que las mujeres no debían estar ahí.

 

El 24 de agosto de 1887, Matilde Montoya se convirtió oficialmente en la primera mujer médica de México. La noticia tuvo un impacto que trascendió las aulas universitarias porque representaba mucho más que un logro personal. Por primera vez una mujer había demostrado que podía alcanzar una de las profesiones más prestigiosas de la época y ejercerla con la misma competencia que cualquier hombre. Su triunfo abrió una brecha en un muro que parecía inamovible y permitió que otras mujeres comenzaran a imaginar futuros que hasta entonces les habían sido negados.

 

A diferencia de muchas figuras históricas cuya vida privada ocupa más espacio que sus aportaciones, Matilde dedicó gran parte de su existencia al ejercicio de la medicina y a la promoción de la educación femenina. Nunca contrajo matrimonio, demostrando una vez más que el sacrificio de las mujeres para alcanzar metas profesionales siempre tenía y sigue teniendo un costo muy duro de pagar, a diferencia de los hombres, que podían y pueden avanzar profesionalmente y al mismo tiempo, ser padre de familia. Matilde tuvo que hacerlo a su manera, diversas fuentes señalan que adoptó hijos, construyendo una familia bajo sus propios términos. También participó activamente en organizaciones de mujeres y defendió el acceso femenino a la educación superior. Entendía que el verdadero cambio no consistía únicamente en alcanzar el éxito personal, sino en facilitar que otras mujeres encontraran menos obstáculos en el camino que ella había recorrido con tanto esfuerzo.

 

Cuando falleció el 26 de enero de 1938, a los setenta y nueve años, México ya comenzaba a transformarse. Cada vez más mujeres ingresaban a las escuelas, las universidades y las profesiones que durante generaciones les habían sido vedadas. Aunque la igualdad estaba lejos de alcanzarse, el ejemplo de Matilde había demostrado que las barreras que parecían naturales eran, en realidad, construcciones sociales destinadas a proteger privilegios. Su vida se convirtió en una prueba contundente de que el talento florece cuando se le permite hacerlo.

Hoy su legado vive en miles de consultorios, hospitales, laboratorios y aulas universitarias. Vive en cada mujer que decide estudiar una carrera porque sabe que tiene derecho a hacerlo. Vive en cada persona que desafía las expectativas impuestas por otros para construir su propio destino. Pero quizá su herencia más profunda sea recordarnos que los grandes cambios suelen comenzar con actos aparentemente sencillos: una niña que quiere aprender, una madre que decide apoyarla y una joven que se niega a aceptar un “no” como respuesta definitiva.

 

Y mientras el último sorbo de café se enfría lentamente sobre la mesa, resulta inevitable pensar en la manera en que el tiempo une historias aparentemente distantes. La niña que encontró en su madre una aliada, la joven que desafió prejuicios centenarios y las miles de médicas mexicanas que hoy ejercen su profesión forman parte de un mismo relato. Porque el tiempo no separa las luchas del pasado de las conquistas del presente; las entrelaza silenciosamente, convirtiendo cada acto de valentía en una huella que sigue guiando el camino de quienes vienen detrás.

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