Hay una escena que ya se volvió cotidiana: afuera el calor está insoportable, el pavimento parece comal, el aire no corre, las casas se sienten como hornos y lo primero que hacemos al llegar es prender el aire acondicionado como si estuviéramos activando un derecho humano básico. Y, siendo honestos, en muchas regiones ya casi lo es. Con olas de calor cada vez más intensas, hablar de enfriar una habitación no es lujo, es salud pública. El problema es que la forma en que lo estamos haciendo tiene una ironía bastante incómoda: estamos sobreviviendo al cambio climático usando tecnologías que, si no se transforman, también lo aceleran.

El aire acondicionado es una de las grandes paradojas modernas. Nos salva del calor inmediato, pero al mismo tiempo aumenta la demanda eléctrica en las horas más críticas. Y si esa electricidad viene de una matriz energética que todavía depende de gas, carbón o combustóleo, cada cuarto frío trae detrás una planta generando emisiones. Es decir, tú bajas la temperatura de tu recámara, pero alguien más está subiendo la temperatura del planeta desde una central eléctrica. Qué práctico. Qué elegante. Qué profundamente absurdo.

Este 2026 lo estamos viendo con claridad. Las olas de calor están presionando redes eléctricas en distintas partes del mundo, especialmente en ciudades donde el consumo por enfriamiento se dispara durante las tardes. En Estados Unidos, por ejemplo, operadores eléctricos han estado cerca de romper récords de demanda durante episodios extremos de calor. En Europa, donde históricamente muchas viviendas no estaban diseñadas para necesitar aire acondicionado, cada ola de calor abre la misma discusión: comprar más equipos, adaptar edificios o aceptar que las ciudades se diseñaron para un clima que ya no existe. Y en países como México, donde el calor no es novedad pero sí está intensificándose, el aire acondicionado pasó de ser comodidad aspiracional a herramienta de supervivencia para muchas familias.

Pero aquí viene el detalle: no todos tienen acceso a ese confort térmico. Mientras algunos podemos encerrarnos en una habitación fresca, millones de personas enfrentan calor extremo en casas mal aisladas, con techos de lámina, sin árboles cerca, sin ventilación adecuada y con recibos de luz que no perdonan. La crisis climática no calienta parejo. El calor castiga más a quienes menos recursos tienen, a adultos mayores, niños, personas enfermas, trabajadores al aire libre y comunidades urbanas donde el concreto reemplazó cualquier sombra disponible. Por eso hablar de aire acondicionado también es hablar de desigualdad.

Y aun así, el problema no es el aparato en sí. El problema es el modelo completo. A nivel global, la demanda de enfriamiento podría multiplicarse fuertemente hacia 2050 si seguimos con la misma lógica de construir ciudades calientes, edificios mal diseñados y redes eléctricas fósiles. Hoy el enfriamiento ya representa alrededor de una quinta parte del consumo eléctrico mundial, y las proyecciones advierten que, sin políticas serias, la demanda por aire acondicionado y refrigeración podría más que triplicarse en las próximas décadas. Dicho de forma sencilla: el calor nos está obligando a enfriar más, y enfriar más con energía sucia nos lleva a calentar más. Una rueda de hámster, pero con factura eléctrica y emisiones.

Además, no solo hablamos de electricidad. Muchos equipos de aire acondicionado usan refrigerantes que, si se fugan, pueden tener un poder de calentamiento climático mucho mayor que el dióxido de carbono. Aunque la tecnología ha mejorado y los acuerdos internacionales buscan eliminar gradualmente los gases más dañinos, todavía existe un enorme parque de equipos viejos, mal instalados o sin mantenimiento adecuado. Un aire acondicionado ineficiente no solo gasta más luz; también puede convertirse en una pequeña fábrica doméstica de impacto climático.

Y aquí es donde se pone interesante la conversación. Porque la solución no puede ser simplemente decirle a la gente no prendas el aire. Eso sería tan absurdo como decirle a alguien durante una ola de calor que sobreviva con actitud positiva y un abanico de feria. El confort térmico es cada vez más un tema de salud, de dignidad y de adaptación climática. Nadie debería morir de calor por no poder enfriar su casa. Pero tampoco podemos fingir que la única respuesta es llenar el mundo de minisplits trabajando a toda potencia mientras seguimos quemando combustibles fósiles.

La solución real tiene que ser más inteligente que eso. Edificios mejor diseñados, techos reflectivos, aislamiento térmico, ventilación cruzada, sombra urbana, árboles bien ubicados, materiales que no conviertan las colonias en hornos, equipos eficientes, mantenimiento adecuado, refrigerantes menos dañinos y una red eléctrica cada vez más renovable. En otras palabras: no se trata de elegir entre sufrir calor o destruir el clima. Se trata de dejar de diseñar ciudades que nos obligan a elegir.

Porque ahí está otra parte incómoda: mucho del calor que sentimos en las ciudades no es solo el clima. Es la forma en que construimos. Pavimento, concreto, techos oscuros, poca vegetación, autos, tráfico, edificios que absorben calor durante el día y lo liberan por la noche. Las islas de calor urbanas pueden elevar varios grados la temperatura respecto a zonas con más vegetación. Y luego, como solución, ponemos más aire acondicionado, que expulsa calor hacia afuera y aumenta la demanda eléctrica. Enfriamos interiores mientras calentamos banquetas. Una joya del urbanismo moderno.

En lugares como Chihuahua, esto debería preocuparnos especialmente. El calor extremo ya no es un evento raro; es parte de una nueva normalidad climática. Y no podemos responder únicamente con más consumo eléctrico. Necesitamos hablar de diseño bioclimático, de arbolado urbano con especies adecuadas, de vivienda social que no sea una caja térmica, de eficiencia energética y de justicia climática. Porque el calor también se planifica. O se abandona.

Y lo más irónico es que durante años confundimos comodidad con progreso. Casas selladas, centros comerciales helados, oficinas donde necesitas suéter en pleno verano, edificios que presumen modernidad pero dependen totalmente de climatización artificial. Tal vez el verdadero progreso no sea congelarnos adentro mientras el mundo hierve afuera, sino construir espacios que necesiten menos energía para ser habitables.

Eso sí sería moderno.

Consejo incómodo: usa el aire acondicionado con inteligencia, no con culpa ni con abuso. Mantén filtros limpios, sella fugas de aire en puertas y ventanas, usa ventiladores para distribuir mejor el frío, ajusta el termostato a una temperatura razonable y evita convertir tu casa en refrigerador. Si puedes, coloca sombra exterior, mejora aislamiento, usa cortinas térmicas, pinta techos con colores claros y planta árboles adecuados donde realmente den sombra. Enfriar tu casa no debería significar calentar más el planeta.

El calor no se combate solo con aparatos; se combate con ciudades mejor pensadas.

Juntos Todos por un futuro donde sobrevivir al calor no implique seguir alimentando la crisis que lo provoca. 🌎

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