Ayer, 29 de septiembre, se conmemoró el Día Nacional del Maíz y uno podría pensar que se trata de celebrar un alimento más, tomarnos la foto con una mazorca bonita, presumir una tortilla azul y seguir con nuestra vida. Pero hablar de maíz en México nunca ha sido hablar únicamente de comida. Sería como reducir al chile a una salsa o al mezcal a una bebida. El maíz está metido en nuestra historia, en nuestra cocina, en nuestros paisajes, en nuestros pueblos originarios y hasta en nuestra manera de entender quiénes somos. Está en la tortilla, el tamal, el pozole, el pinole, el atole, los esquites y esa costumbre tan mexicana de pensar que casi cualquier cosa mejora si la ponemos dentro de una tortilla.

México es centro de origen y diversificación del maíz. Actualmente se reconocen 64 razas presentes en el país, de las cuales 59 se consideran nativas. Y aquí conviene detenernos un momento porque “59 razas” no significa 59 colores bonitos para decorar una feria gastronómica. Significa miles de años de selección campesina, adaptación, intercambio de semillas y conocimiento acumulado. Hay maíces que toleran frío, otros que responden mejor a sequía, algunos adaptados a grandes altitudes y otros a condiciones mucho más cálidas. En Chihuahua tenemos razas como Apachito, Cristalino de Chihuahua, Azul, Gordo y una particularmente curiosa que me encanta mencionar, el Palomero de Chihuahua. Sí, existe un maíz palomero propio del estado. CONABIO lo considera raro y en fuerte riesgo de erosión genética porque quedan pocos registros. Y aquí viene una ironía maravillosa: uno de los factores identificados es que muchos productores dejaron de reproducir su propio maíz reventador porque resulta mucho más fácil comprar las palomitas ya empaquetadas. Así que técnicamente podríamos terminar perdiendo maíces para palomitas mientras seguimos llenando el microondas con bolsas importadas o industriales.

Parece una anécdota, pero explica muy bien el problema. La biodiversidad agrícola no desaparece solamente cuando una empresa tala un bosque o cuando una especie se extingue frente a las cámaras. También desaparece cuando dejamos de sembrar una semilla porque ya no parece rentable, cuando una familia deja de guardar su maíz porque comprarlo empaquetado es más práctico o cuando una variedad local pierde terreno frente a otra diseñada para producir de manera más uniforme. Una mazorca puede cosecharse en meses. La diversidad genética que contiene tardó generaciones enteras en construirse.

Y aquí entran los pueblos originarios. Durante siglos fueron agricultores indígenas y campesinos quienes domesticaron, seleccionaron, cruzaron y adaptaron el maíz a territorios completamente distintos. Mucho antes de que habláramos de mejoramiento genético, resiliencia climática o bancos de germoplasma, ya existía gente observando qué planta resistía mejor la helada, cuál sobrevivía con menos lluvia, cuál daba mejor tortilla o cuál funcionaba en determinado suelo. El maíz que hoy llamamos patrimonio nacional no apareció por generación espontánea. Fue construido cultural y biológicamente por generaciones que muchas veces hoy siguen viviendo en condiciones de pobreza mientras el resto del país presume orgullosamente el resultado de su trabajo ancestral.

Eso también es un tema ambiental.

Porque la diversidad genética funciona como una especie de seguro frente a un clima cada vez más impredecible. Si sembramos una sola variedad en enormes extensiones y aparece una plaga, una enfermedad o una sequía a la que esa variedad es vulnerable, el problema puede multiplicarse rápidamente. En cambio, conservar muchas razas y variedades aumenta las posibilidades de que algunas tengan características útiles para resistir condiciones futuras. Los teocintles, parientes silvestres del maíz, también contienen rasgos genéticos valiosos. El problema es que solemos valorar esa diversidad cuando ya estamos a punto de perderla.

Y entonces llegamos al tema que inevitablemente aparece cuando hablamos de maíz en México: Monsanto, ahora propiedad de Bayer, los transgénicos y la batalla por las semillas.

Durante años, empresas biotecnológicas promovieron maíces genéticamente modificados bajo argumentos de productividad, control de plagas y eficiencia agrícola. Al mismo tiempo, organizaciones campesinas, investigadores y movimientos ambientales advirtieron sobre riesgos asociados al flujo de genes hacia maíces nativos, la dependencia de semillas comerciales, el uso intensivo de ciertos herbicidas y la posible concentración del control del germoplasma en pocas empresas. La discusión llegó incluso al T-MEC. En 2024, un panel comercial concluyó que algunas restricciones mexicanas al maíz genéticamente modificado no estaban suficientemente sustentadas bajo las reglas del tratado, mientras el Gobierno de México defendió su postura argumentando biodiversidad, salud y derechos de pueblos indígenas. No es una discusión sencilla y reducirla a “transgénicos buenos” o “transgénicos malos” sería bastante pobre.

Pero en México hay una pregunta que ningún debate comercial puede borrar. ¿Qué ocurre cuando introduces variedades genéticamente modificadas en el centro de origen de una especie que todavía sigue evolucionando en manos campesinas?

Esa pregunta es mucho más grande que Monsanto.

Porque el maíz mexicano no está guardado solamente en laboratorios. Sigue sembrándose, polinizándose, intercambiándose y mezclándose en parcelas de todo el país. Su polinización es libre y los agricultores intercambian semilla entre comunidades desde hace generaciones. Ese movimiento es precisamente una de las razones de su enorme diversidad, pero también significa que cualquier introducción genética debe analizarse con especial cuidado. No estamos hablando de sembrar una especie exótica cualquiera en un territorio donde nunca existió. Estamos hablando del corazón genético de uno de los cultivos más importantes de la humanidad.

Por eso en 2025 México reformó los artículos 4 y 27 constitucionales para reconocer al maíz como elemento de identidad nacional y proteger su diversidad, además de restringir la siembra de maíz genéticamente modificado. Independientemente de las discusiones científicas y comerciales que seguirán existiendo, la señal política fue clara: el maíz nativo no es solamente un producto agrícola. Es patrimonio biocultural.

Y aquí es donde la conciencia ambiental importa mucho más de lo que pensamos.

Porque conservar el maíz no significa guardarlo detrás de un vidrio mientras seguimos comiendo productos ultraprocesados hechos con unas cuantas variedades industriales. Conservarlo significa que siga teniendo quien lo siembre, quien lo compre, quien lo coma y quien enseñe a otra generación a reconocerlo. Significa apoyar mercados locales, mantener sistemas como la milpa y valorar a los agricultores que todavía seleccionan su propia semilla. Significa entender que una tortilla azul no es solamente bonita para Instagram. Puede representar una línea genética, un conocimiento y un territorio completos.

La milpa, además, es uno de esos sistemas que hoy podría venderse como innovación ecológica si le cambiáramos el nombre al inglés. Maíz, frijol, calabaza, chile, quelites y otras especies compartiendo espacio, aprovechando de manera distinta la luz, los nutrientes y el suelo. Uno crece verticalmente, otro puede fijar nitrógeno, otro ayuda a cubrir el suelo. Nosotros inventamos “agricultura regenerativa” y hacemos congresos para explicar algo que pueblos mesoamericanos llevan siglos practicando. Eso no significa que toda técnica ancestral sea perfecta ni que debamos renunciar a la ciencia moderna. Significa que quizá la ciencia podría escuchar un poco más antes de llegar a explicar lo que alguien ya sabía por experiencia.

También hay una paradoja bastante mexicana. Decimos sin maíz no hay país, pero importamos enormes cantidades de maíz, perdemos variedades locales y muchas veces pagamos más por una tortilla hecha con maíz nativo en un restaurante elegante que lo que estamos dispuestos a pagarle al productor que conserva la semilla. Nos encanta la tradición siempre que venga servida en plato bonito.

Y mientras tanto, algunos maíces siguen desapareciendo silenciosamente.

Así que sí, celebrar el Día Nacional del Maíz es bonito. Pero no basta con subir la foto de una mazorca multicolor. La verdadera celebración sería preguntarnos de dónde viene nuestra tortilla, quién produjo ese maíz, qué variedad es, qué semillas siguen sembrándose en nuestra región y cuáles podrían desaparecer sin que nos demos cuenta.

Porque si perdemos el maíz nativo no perdemos solamente alimento.

Perdemos memoria genética.

Perdemos conocimiento indígena.

Perdemos capacidad de adaptación.

Y sí, con suficiente descuido, hasta podríamos terminar perdiendo algunas de nuestras propias palomitas.

Consejo incómodo: esta semana compra una tortilla, un elote, pinole o cualquier producto elaborado con maíz nativo y pregunta de dónde viene. Si puedes, cómpralo directamente a un productor o mercado local. Y si en tu familia todavía alguien conserva semilla criolla, pregúntale cómo llegó ahí. A veces la conservación de la biodiversidad no empieza en una reserva natural, sino guardando unas cuantas mazorcas para la próxima temporada.

México domesticó al maíz, pero el maíz también nos domesticó a nosotros. Nos enseñó a sembrar juntos, a esperar la lluvia, a compartir semillas y a construir comunidad. Sería bastante irónico que después de nueve mil años fuéramos nosotros la generación que lo reduzca a una mercancía uniforme.

Juntos Todos por un planeta donde conservar una semilla también signifique conservar cultura, biodiversidad y futuro. 🌽🌎

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