El fútbol mexicano parece atrapado en una inercia donde la victoria se vuelve un lujo escaso y el empate, una costumbre amarga. Las recientes exhibiciones de la Selección Mexicana en la fecha FIFA de septiembre de 2026 volvieron a dejar una sensación de estancamiento difícil de ignorar.
Primero fue el empate 1-1 frente a Colombia el 26 de septiembre, en un encuentro donde L. J. Suárez adelantó a los colombianos tempranamente al minuto 9′. Aunque G. Mora logró el tanto de la igualdad al 62′, el desarrollo del encuentro evidenció las permanentes dudas en el esquema colectivo y los ajustes desesperados desde el banquillo en la recta final.
Apenas tres días después, el 29 de septiembre, el guion se repitió de manera casi calcada ante Perú. Otro 1-1 en el marcador, esta vez remando contracorriente tras el gol de J. Vélez al minuto 26′ y encontrando el empate por conducto de V. Guzmán al 49′. Dos partidos amistosos, dos empates idénticos y una constante alarma encendida: la incapacidad para imponer condiciones y liquidar los partidos.
México no necesita consuelos morales ni lecturas complacientes sobre “mantener el invicto” o “competir en partidos dinámicos”. Lo que requiere con urgencia es una estructura sólida que transforme los chispazos individuales en victorias convincentes. Mientras el análisis se limite a conformarse con no perder en partidos amistosos internacionales, el fútbol nacional seguirá en el mismo círculo vicioso, mirando a las potencias desde abajo y esperando milagros individuales que la falta de juego colectivo no puede sostener.
Por:
Edson Meza
El radar del balón: México y el mundo
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