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Sin máscaras

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Durante mucho tiempo pensé que la imagen era solamente aquello que los demás alcanzaban a ver de nosotros: la ropa que elegimos, la manera de peinarnos, los colores que usamos o la forma en que entramos a un lugar. Con los años he comprendido que la imagen es algo mucho más profundo. Es la manera en que nos proyectamos ante el mundo, pero también la forma en que decidimos habitarlo.

Nuestra imagen habla antes de que pronunciemos una sola palabra. Puede comunicar seguridad, cercanía, autoridad, creatividad o confianza. Sin embargo, para que ese mensaje sea verdadero, primero necesitamos saber quiénes somos y qué queremos expresar. De lo contrario, corremos el riesgo de construir una apariencia atractiva ante los demás, pero que no se parezca en nada a la persona que vive detrás de ella.

Conocernos implica reconocer lo que nos gusta y también aquello que no estamos dispuestas a aceptar. Significa identificar nuestras fortalezas, hacer las paces con algunas inseguridades y comprender que no necesitamos parecernos a nadie más para tener valor. No es un proceso rápido ni sencillo. A veces pasamos años tratando de encajar en espacios, estilos, relaciones o expectativas que nunca fueron hechos para nosotras.

Durante mi adolescencia y juventud intenté vestirme como las artistas del momento, o como mis amigas, hablar de cierta manera, escuchar las canciones de moda y comportarme como “todo mundo”. Recuerdo que mi mamá sabiamente me decía: “De la moda, lo que te acomoda”. Con el paso de los años, las horas de terapia con mi querido Miguel Noé Montes, mucha lectura y distintos talleres de autoconocimiento, fui entendiendo que durante mucho tiempo disminuí mi personalidad para no incomodar a los demás o simplemente para “encajar”.

Ser auténtica no significa permanecer igual toda la vida. Podemos cambiar de opinión, transformar nuestra manera de vestir, descubrir nuevos gustos y dejar atrás versiones que ya no nos representan. De hecho, creo que es precisamente en esta etapa de mi vida cuando más segura me siento de mi manera de ser, de mis decisiones, de mi estilo al vestir y de mi cuerpo.

Hace algunos años tuve contacto con los libros de Víctor Gordoa acerca del poder de la imagen pública. En aquel momento los estudié desde la comunicación política y como material didáctico para mis clases de Comunicación. Sin embargo, aquellas bases teóricas quedaron sembradas y, con el tiempo, me ayudaron a fortalecer mi proyección profesional y personal.

Resulta muy halagador —y también representa una enorme responsabilidad— cuando mujeres de distintas edades me dicen que admiran mi manera de ser, mi estilo o mi seguridad. A algunas les he compartido que lo que proyecto actualmente es resultado de varios procesos de deconstrucción y que ese trabajo continúa todos los días.

Porque ser auténtica no significa alcanzar una versión final ni presentarnos como personas perfectas. Significa dejar de inventar un personaje para ser aceptadas y buscar congruencia entre lo que pensamos, decimos, hacemos y proyectamos.

Esa congruencia se percibe.

Podemos sentir cuando una persona se muestra cómoda consigo misma. No necesita presumir, competir ni convencer constantemente a los demás de su valor. Su seguridad no proviene de aparentar perfección, sino de reconocer quién es. Eso genera confianza, porque sabemos que estamos frente a alguien que no intenta vendernos una versión fabricada de sí misma.

Cuando nuestra forma de presentarnos coincide con nuestra esencia, las personas pueden conocernos con mayor claridad. Saben qué esperar de nosotras, cuáles son nuestros principios y desde dónde tomamos nuestras decisiones. Esa certeza construye credibilidad y abre puertas, tanto en el ámbito profesional como en nuestras relaciones personales.

Pero ser una misma no garantiza agradarle a todo el mundo. Cuando dejamos de fingir, también dejamos de acomodarnos en ciertos lugares. Habrá quienes no comprendan nuestra forma de pensar, nuestra intensidad, nuestro estilo o nuestras decisiones. Y eso también forma parte del proceso.

La autenticidad tiene un brillo particular. No es el de quien se considera superior ni el de quien necesita ocupar todos los reflectores. Es la luz serena de alguien que ha dejado de pedir disculpas por ser quien es. A algunas personas ese brillo las inspira: admiran la libertad, la seguridad y la valentía que perciben porque encuentran en ellas una posibilidad para sí mismas. A otras, en cambio, puede incomodarlas, porque nuestra autenticidad llega a confrontarlas con las partes de sí mismas que todavía esconden, callan o no se atreven a mostrar.

Por eso, no todas las críticas hablan realmente de nosotras. Algunas nacen de la comparación, la inseguridad o la incomodidad que produce ver a alguien vivir con una libertad que otros aún no se han permitido. Eso no quiere decir que debamos ignorar cualquier crítica ni pensar que toda persona que no coincide con nosotros lo hace porque le molesta nuestro brillo. También necesitamos humildad para escuchar y corregir.

La autenticidad no consiste en obtener la aprobación de todos, sino en permitir que las personas correctas puedan reconocernos.

Aprender a definir la imagen que deseo proyectar no ha significado crear un personaje, sino hacer visible una parte de lo que soy. Mi manera de vestir, hablar, escribir y desenvolverme expresa mucho de mi historia. No siempre fui la mujer segura que algunas personas creen ver hoy. Esa seguridad se construyó decisión por decisión, cada vez que elegí escucharme en lugar de vivir tratando de cumplir con las expectativas ajenas.

La imagen puede abrir una puerta, pero es la congruencia la que nos permite permanecer dentro. Ninguna estrategia de imagen personal puede sostener durante mucho tiempo algo que no somos.

Al final, la imagen más poderosa no es la más perfecta, la más elegante ni la que consigue agradarle a todos.

Es aquella que refleja por fuera a la mujer que, con el paso del tiempo, he aprendido a reconocer, aceptar, abrazar y amar.

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