Hace algunas semanas, el algoritmo de mis redes sociales comenzó a mostrarme contenido sobre la serie El cuento de la criada, basada en la novela de Margaret Atwood. La sinopsis me pareció muy interesante y, desde que comencé a verla, me atrapó de tal manera que uno de los frutos inesperados de mis días de incapacidad poscirugía fue terminar sus seis temporadas.

 

Para quienes aún no han leído el libro, visto la serie o escuchado acerca de esta historia, no es mi intención hacerles spoiler, pero sí puedo decirles que se desarrolla en Gilead, una sociedad totalitaria y profundamente religiosa que surge después de una crisis política, ambiental y de fertilidad. En este nuevo régimen, las mujeres pierden todos sus derechos y son clasificadas de acuerdo con la función que deben cumplir. Entre ellas se encuentran las criadas: mujeres fértiles obligadas a concebir hijos para las familias de los comandantes, los hombres que ostentan el poder.

La historia es narrada desde la experiencia de June, una mujer despojada de su libertad, de su nombre, de su familia y hasta del derecho a decidir sobre su propio cuerpo, pero no de su memoria ni de su deseo de resistir.

 

Mientras avanzaba en la serie, una pregunta comenzó a rondar insistentemente por mi cabeza: ¿qué tan lejos estamos realmente de Gilead?

Podríamos tranquilizarnos pensando que se trata solamente de una historia de ficción. Podríamos mirar hacia otros países o regiones del mundo donde las mujeres continúan luchando por derechos tan elementales como estudiar, trabajar, elegir con quién casarse, decidir cómo vestirse o participar en la vida pública. Sin embargo, no necesitamos ir tan lejos. Basta mirar con atención lo que sucede en México, en nuestra región centro-sur, en nuestras comunidades y, en ocasiones, dentro de nuestras propias familiasdonde aún existen mujeres que, por el simple hecho de serlo, son consideradas menos capaces para ocupar un puesto, dirigir una institución, tomar decisiones o expresar una opinión. Mujeres que deben demostrar una y otra vez que merecen la oportunidad que a un hombre se le concede sin tantos cuestionamientos. Mujeres preparadas, talentosas y trabajadoras cuya capacidad sigue siendo evaluada a partir de su estado civil, su maternidad, su edad, su apariencia o la manera en que deciden vivir.

Hemos avanzado, por supuesto. Hoy encontramos mujeres en las aulas, en las empresas, en el servicio público, en la ciencia, en los medios de comunicación y en puestos de liderazgo. Pero también es cierto que muchas de nosotras, al concluir nuestra jornada laboral, comenzamos una segunda jornada que casi nadie ve y mucho menos reconoce. Porque, aun cuando una mujer tenga una carrera, aporte económicamente a su hogar y se encuentre desarrollándose profesionalmente, persiste la idea de que atender a los hijos, a su pareja y la casa continúa siendo primordialmente “su deber”. Si falta algo en casa, si los niños no llevaron la tarea, si no se acudió a una cita médica o si la ropa no está limpia, con frecuencia las miradas se dirigen hacia nosotras.

 

Así, muchas mujeres terminamos intentando ser excelentes profesionistas, madres siempre disponibles, parejas comprensivas, administradoras del hogar, cuidadoras de familiares y responsables de recordar todo lo que mantiene funcionando a una familia. Lo hacemos, sí, con mucho amor, perocargando no solamente con el trabajo físico, sino también con una enorme carga mental y emocional.

Y, en ocasiones, cuando alguna de nosotras seatreve a decir que está cansada, solemos escuchar que “todas pueden”, que “así ha sido siempre” o que debería sentirse agradecida. Como si amar a la familia significara renunciar al derecho de descansar. Como si buscar una realización profesional fuera una forma de egoísmo. Como si pedir corresponsabilidad significara querer menos a los hijos.

 

Gilead parece lejano cuando pensamos únicamente en sus uniformes, sus castigos y sus leyes. Pero comienza a sentirse más cerca cuando una sociedad pretende decidir cuál debe ser el lugar de una mujer y la condena cuando se aparta del papel que otros escribieron para ella.

 

La serie también presenta una profunda crisis ambiental. La contaminación y el deterioro del planeta han provocado graves consecuencias para la salud y la fertilidad de las personas. Nuevamente podríamos pensar que se trata de una exageración creada para la ficción, hasta que observamos lo que está sucediendo a nuestro alrededor.

Nuestra región ha padecido años muy dolorosos de sequía. Quienes transitamos por Meoqui hemos visto con tristeza el deterioro de los alrededores del río San Pedro donde antes había agua, vegetación y vida; y desde hace algunos años encontramos un cauce disminuido y una gran cantidad de álamos secos. Árboles que durante años formaron parte del paisaje y de la memoria de la comunidad simplemente dejaron de tener vida.

Las lluvias recientes han permitido que un poco de agua vuelva a correr por el río y nos regalaron una imagen esperanzadora. Pero esa alegría no debería hacernos olvidar lo que vimos ni el daño que permanece; tampoco debería llevarnos a pensar que el problema está resuelto. El agua no es un recurso infinito y el cuidado del planeta no puede depender únicamente de que algún día vuelva a llover.

 

¿Qué tan lejos estamos de Gilead cuando continuamos actuando como si nuestras decisiones no tuvieran consecuencias? ¿Cuándo tiramos basura, desperdiciamos agua o permanecemos indiferentes ante la destrucción de nuestros ríos y árboles? ¿Cuándo no somos capaces de pensar en el bien común más grande que compartimos: nuestro planeta?

 

Y todavía queda otra forma de acercarnos peligrosamente a Gilead: la intolerancia. Vivimos en una época en la que pareciera que pensar diferente convierte inmediatamente al otro en un enemigo. Nos cuesta escuchar una opinión distinta sin sentir que amenaza nuestras convicciones. Queremos imponer nuestra manera de entender la familia, la religión, la política, la educación y la vida. Olvidamos que convivir no significa pensar igual, sino aprender a respetarnos aun en medio de nuestras diferencias.

 

Según la ficción que describe Margaret Atwood, Gilead no apareció de un día para otro. Se construyó poco a poco, a partir del miedo, la crisis, el silencio y la normalización de pequeñas injusticias. Por eso mi pregunta no es solamente si algún día podríamos vivir en una sociedad como esa. Mi pregunta es cuántas de sus semillas estamos permitiendo que germinen entre nosotros.

Cada vez que menospreciamos a una mujer (sí, tristemente también lo hacemos entre nosotras), que justificamos la desigualdad, que guardamos silencio ante una injusticia, que rechazamos a quien piensa distinto o que actuamos como si el planeta nos perteneciera solamente a nosotros, damos un pequeño paso hacia Gilead.

 

Tal vez aún estamos lejos de convertirnos en aquella sociedad aterradora que imaginó la autora, pero conservar esa distancia exige mucho más que confiar en que nunca sucederá. Significa cuestionar aquello que hemos normalizado, escuchar a quienes viven realidades diferentes y asumir nuestra responsabilidad con las personas y con el mundo que habitamos. El futuro no está escrito: se construye todos los días con aquello que decidimos permitir, pero también con aquello que tenemos el valor de defender.

 

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