Esta semana me encontré con una idea que me ha dado muchas vueltas en la cabeza, en uno de sus discursos, Sheryl Sandberg hizo un llamado a las nuevas generaciones a no pensar que los avances que las mujeres han conseguido a lo largo de la historia son una garantía. Su mensaje fue claro: los derechos no son eternos. Cada generación tiene la responsabilidad de defenderlos, porque aquello que parece intocable puede desaparecer si dejamos de valorarlo. Y, por un momento, pensé en la posibilidad de que tal vez lo estamos empezando a olvidar.
En los últimos días ha vuelto a generar debate el movimiento Tradwife, mujeres que defienden el papel tradicional de esposa y ama de casa, tema que ha generado una fuerte conversación. Hay quienes las celebran y hay quienes las critican. Personalmente, creo que la discusión no debería centrarse en si una mujer decide quedarse en casa o construir una carrera profesional, porque ambas decisiones son igualmente valiosas cuando se hacen con libertad.
El problema comienza cuando dejamos de hablar de elecciones y empezamos a hablar de obligaciones, cuando alguien pretende convencernos de que existe una única forma correcta de ser mujer, y cuando quieren romantizar un estilo de vida sin reconocer que no todas las mujeres viven la misma realidad.
Porque no es lo mismo decidir dedicarte al hogar teniendo estabilidad económica, una red de apoyo y la tranquilidad de que las necesidades de tu familia están cubiertas, que hacerlo porque no hay otra opción. En México, millones de mujeres sostienen solas a sus hijos, otras trabajan porque, simplemente, si no salen a trabajar, no comen; Pensar que todas pueden elegir desde el mismo punto de partida es ignorar la realidad de miles de familias.
Y mientras en este lado del mundo la discusión se trata de cuál es la mejor manera de vivir como mujer, hay un lugar donde las mujeres ya no pueden decidir prácticamente nada.
Pienso en las mujeres en Afganistán y se me hace un nudo en la garganta.
Porque ahí una niña puede ver cómo su futuro desaparece antes de haber empezado, allá tienen edad límite para ir a la escuela, mujeres que hasta hace pocos años estudiaban una carrera, ejercían una profesión o construían un proyecto de vida, hoy viven bajo un régimen que les arrebató libertades que parecían inquebrantables. Muchas ya no pueden trabajar, viajar sin restricciones, participar libremente en la vida pública o decidir sobre temas básicos de su propia vida, se les ha impuesto incluso el silencio, su voz, su presencia y su autonomía han sido reducidas por el simple hecho de haber nacido mujeres. Y lo que más duele es que esto no ocurrió hace siglos, está ocurriendo hoy, mientras usted y yo leemos estas líneas; eso debería partirnos el alma.
No porque Afganistán sea comparable con nuestras democracias, sino porque nos recuerda una verdad, y es que ningún derecho está garantizado para siempre. Los derechos nunca desaparecen de golpe, primero dejamos de valorarlos, después dejamos de defenderlos y finalmente, alguien decide desaparecerlos.
Por eso me impacta escuchar a algunas mujeres decir que estarían dispuestas a renunciar incluso a su derecho al voto con tal de alcanzar otro objetivo político como la prohibición del aborto. Respeto que existan posturas distintas, yo misma tengo una convicción sobre ese tema y la defenderé siempre, porque es el derecho a la vida; Pero precisamente porque creo en ella, también creo que ninguna causa justifica poner en negociación los demás derechos de las mujeres.
Los derechos no se negocian, no se intercambia el voto por una causa, no se entrega la libertad de participar en la vida pública para ganar otra batalla, no se sacrifica el derecho a elegir nuestro propio camino para defender otro principio. Porque la libertad nunca debería obligarnos a elegir qué derecho estamos dispuestas a perder.
Nunca olvidemos que hoy podemos estudiar, trabajar, votar, ocupar cargos públicos, expresar nuestras ideas o escribir una columna como esta porque hubo mujeres que dedicaron su vida a abrir esas puertas. Algunas fueron ridiculizadas, perseguidas, muchas no alcanzaron a ver los frutos de su lucha, ellas lo hicieron pensando en las mujeres que vendríamos después.
Y a ellas no les debemos pensar igual, les debemos cuidar lo que conquistaron. Porque la verdadera igualdad nunca consistió en obligar a todas las mujeres a vivir de la misma manera, si no en que cada una pueda construir la vida que considere correcta: ser ama de casa o profesionista; ser madre o no serlo; emprender, servir desde el sector público o dedicar su vida a cualquier otro camino.
La libertad nunca ha sido una competencia, siempre han sido el derecho de cada una a elegir su propio destino, las mujeres no hemos luchado durante generaciones para elegir qué derecho conservar, hemos luchado para no tener que renunciar a ninguno.

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