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¿Hay algún doctor?

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Hace unos días, presencié una escena que, por fortuna, terminó bien. En una mesa cercana a la mía, una persona comenzó a tener dificultades para respirar. Escuché a una persona pedir ayuda con insistencia: ¡Un doctor! ¡Un doctor! ¿Hay algún doctor? Lo escuché tres veces.

En cuestión de segundos, el ambiente cambió. Afortunadamente había un médico entre los presentes y la situación no pasó a mayores. Sin embargo, me quedó una pregunta: ¿qué ocurre cuando no hay un doctor cerca? ¿Qué hacemos durante esos primeros minutos, mientras llegan los servicios de emergencia?

Las emergencias no avisan. Pueden ocurrir durante una comida, en casa, en el trabajo, en una escuela o en plena calle. Y cuando suceden, quienes están alrededor suelen ser los primeros en responder. Saber qué hacer en ese momento puede ser decisivo.

Este 12 de septiembre se conmemora el Día Mundial de los Primeros Auxilios, una oportunidad para recordar la importancia de contar con conocimientos básicos ante una emergencia. No se trata de sustituir a paramédicos, mucho menos de improvisar, sino de reconocer una situación de riesgo, pedir ayuda oportunamente, mantener la calma y actuar de acuerdo con la capacitación que se tenga.

Un atragantamiento, una hemorragia, una caída, una pérdida repentina del conocimiento o un paro cardiorrespiratorio pueden presentarse frente a cualquiera de nosotros. Son situaciones donde el tiempo importa y, aun así, muchas veces seguimos pensando que saber primeros auxilios es asunto de especialistas.

Dedicamos tiempo a aprender a conducir, usar nuevas tecnologías o capacitarnos para nuestro trabajo, pero pocas veces nos preguntamos si sabríamos reaccionar ante una emergencia. Tal vez nunca tengamos que hacerlo. O tal vez sí.

Aprender primeros auxilios tampoco exige convertirnos en expertos. Una capacitación básica puede darnos herramientas para identificar una emergencia y responder con mayor seguridad. Quizá pasen años sin necesitarlas, pero llegado el momento pueden evitar que nos quedemos paralizados frente a alguien que necesita ayuda.

Por eso, además de contar con servicios de emergencia preparados, vale la pena fortalecer una cultura de primeros auxilios en hogares, escuelas, centros de trabajo y espacios donde convivimos. Tener un botiquín o conocer el número de emergencias es importante; saber cómo responder mientras llega la ayuda puede serlo aún más.

También debemos reconocer nuestros límites. La buena intención no sustituye la capacitación. Saber qué no hacer puede ser tan importante como saber qué hacer.

Aquella noche escuché tres veces: ¡Un doctor! ¡Un doctor! ¿Hay algún doctor? Por fortuna, todo terminó bien. Pero no siempre habrá un médico en la mesa de al lado.

Quizá esa escena pueda dejarnos una pregunta sencilla, pero necesaria: si algún día somos nosotros quienes estamos ahí, ¿sabremos qué hacer mientras llega la ayuda?

Luly González

Mujer, ciudadana y voz pública con propósito

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