Hay noticias que uno lee y continúas con tu día, y hay otras que deberíamos recordar y exigir resultados siempre, esta es una de ellas.

Madres buscadoras reportaron el hallazgo de alrededor de mil 600 dientes que ellas identifican como dientes de leche, recuperadas durante trabajos de búsqueda realizados desde 2021 en un predio de Zacapu, Michoacán. Hasta ahora, las autoridades no han confirmado oficialmente que esas piezas correspondan a niños, ni cuántas víctimas representan. La Fiscalía de Michoacán ha señalado que no tiene registro oficial del hallazgo y la FGR mantiene pendientes los estudios periciales para determinar su origen.

Pero incluso con todas las preguntas que todavía están pendientes de repuesta, hay algo que no necesita confirmación para indignarnos: que unas madres estén buscando. Porque detrás de cada posible víctima hay una historia, una familia, una vida, y cuando se habla de dientes de leche, inevitablemente pensamos en niños.

En esos pequeños que deberían estar aprendiendo a caminar, jugando, haciendo travesuras, esperando un cumpleaños, no deberían estar en una fosa, ni convertirse en evidencia de una tragedia, y mucho menos deberíamos nosotros ser capaces de leer una noticia así, sentir horror durante unos minutos y después continuar deslizando la pantalla.

Ese es otro de nuestros grandes problemas, nos estamos acostumbrando demasiado rápido al horror. Leemos sobre una desaparición, y deslizamos, leemos sobre una fosa clandestina y deslizamos, leemos sobre una familia que lleva años buscando a uno de los suyos, y seguimos con nuestro día.

Pero para esas familias no hay una siguiente publicación, no hay un botón para cerrar la noticia y continuar, mientras nosotros seguimos deslizando la pantalla, hay familias que llevan años detenidas en el mismo día, el día en que alguien no regresó a casa.

Yo veo a mis hijos y no puedo evitar pensar en esto, los veo jugar, reír, pelear por un juguete, pedirme un abrazo, y me pregunto cómo puede alguien hacerle daño a un niño.

¿Qué clase de deshumanización permite ver a un pequeño, completamente indefenso, y hacerle daño? ¿Cómo puede enfriarse tanto el corazón?, No tengo una respuesta.

Pero sí tengo claro algo, y es que una vida inocente no necesita una explicación para merecer ser protegida. Y aquí también tenemos que hablar de las instituciones.

Porque si unas madres buscadoras aseguran haber recuperado durante años alrededor de mil 600 piezas dentales y las autoridades dicen no tener registro oficial del hallazgo, la respuesta no puede ser simplemente una diferencia de versiones. Tiene que haber investigación, peritajes, identificación, respuestas.

El propio Estado mexicano reconoce, en su Protocolo Nacional de Búsqueda publicado este año, que fortalecer la búsqueda, localización e identificación de personas desaparecidas es una prioridad y que las autoridades deben actuar de manera inmediata y coordinada.

Entonces la pregunta que les hago es: ¿Dónde están esas respuestas? Una prioridad no se demuestra con documentos, si no con acciones. Y frente a una denuncia de este tamaño, el silencio, la falta de información o el casi nulo seguimiento no deberían ser suficientes.

Las madres buscadoras no deberían tener que convertirse en investigadoras, rastreadoras y peritas para encontrar a quienes les faltan. Ellas buscan porque aman, porque alguien no volvió y necesitan saber.

Y nosotros deberíamos tener la capacidad de acompañar ese dolor sin convertirlo en una noticia más que mañana habremos olvidado, porque la indignación también es una forma de memoria, de decirles que su objetivo importa, de decirles que estas vidas importan, sus familias importan, y definitivo estos niños importan.

Y hay algo que me preocupa todavía más que la noticia misma: que mañana aparezca otra tragedia, después otra, y después otra, y que cada una nos sorprenda un poco menos. Si esto no incendia nuestros corazones, ¿qué lo hará?

No quiero acostumbrarme, no quiero que México se vuelva un lugar donde una fosa clandestina sea solamente otra noticia, ni que la infancia sea una cifra más. No quiero que el dolor de una familia dure décadas mientras nuestra indignación dura apenas unos minutos, porque un diente de leche debería estar debajo de una almohada, esperando una sorpresa, no debería estar bajo la tierra.

Por eso esta noticia debe quedarse en nuestra conciencia, porque si somos capaces de leer algo así, indignarnos unos segundos y después olvidarlo, entonces no solo hay niños enterrados, también estamos enterrando nuestra sensibilidad, nuestra empatía y una parte de nuestro corazón.

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