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No es que nos mientan, es que queremos creer.

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En estos últimos días han circulado en redes, algunas declaraciones que han generado molestia, burlas y digamos que algo más preocupante: resignación.

Frases que buscan minimizar problemas reales, respuestas que no encajan con la realidad que viven millones de personas. Desde cómo deberíamos enfrentar el aumento en el costo de vida hasta la toma de decisiones básicas en nuestro día a día. Y, aun así, una parte importante de la sociedad no solo sigue escuchándolas, busca como justificar.

La reacción inmediata de todos, generalmente es señalar hacia arriba: “nos mienten”. Pero creo que la pregunta incómoda no está allá, está aquí. Porque no todas las narrativas  se tratan de quien las dice, sino quien decide creerlas.

¿En qué momento dejamos de exigir congruencia?, ¿En qué momento empezamos a conformarnos con explicaciones simples para problemas que claramente no lo son?, ¿Y cuándo cuestionar se volvió más incómodo que confiar?

No se trata de ignorar que hoy hay discursos que reducen las complicaciones de la vida diaria a respuestas que suenan, en el mejor de los casos, desconectadas, y en el peor, casi como una burla, pero tampoco es suficiente solo señalar. Porque mientras eso ocurre, como sociedad hemos hecho algo igual de importante: hemos dejado de reaccionar. Lo que antes habría provocado indignación, hoy apenas genera conversación, que al día siguiente, ya se olvidó; lo que antes exigiría explicaciones, hoy se justifica, se minimiza.

Y en ese silencio (no siempre evidente, pero sí constante), es donde esas respuestas encuentran espacio para repetirse, cada vez con menos cuidado, cada vez más abiertas, cada vez más con más cinismo.

Quizá el problema no es únicamente la falta de verdad, sino la pérdida de exigencia. Porque cuando ya no hay esa exigencia, cualquier narrativa, por más débil que sea, encuentra un lugar. Y entonces ya no importa tanto si es cierta, importa si es suficiente para mantener la calma, la lealtad o la esperanza en una sociedad.

Tal vez el problema no es solo lo que se dice desde el poder, sino lo que estamos dispuestos a aceptar desde este lado. Porque justificar lo injustificable también es una forma de participar, minimizar lo que está a la vista de todos también es una forma de aceptación, y guardar silencio, cuando algo claramente no tiene sentido, también es una forma de validar esas respuestas.

Y sabemos que no siempre se hace por convicción, a veces es por lealtad, otras veces por costumbre y  muchas veces, simplemente porque es más fácil no cuestionar. Pero cada vez que eso pasa, el límite se mueve un poco más. Y el resultado es que lo que hoy incomoda, mañana se vuelve normal, Lo que hoy a muchos nos parece absurdo, mañana deja de sorprender.

La pregunta aquí ya no es qué tan lejos pueden llegar quienes dicen esas cosas, la pregunta es qué tanto estamos dispuestos a seguir aceptando esas respuestas.

 

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