Hay olvidos que pueden explicarse por el cansancio o la prisa. Pero cuando una pregunta se repite, alguien se desorienta en una calle conocida o una tarea sencilla deja de serlo, algo cambia dentro de una familia.
La primera reacción suele ser restarle importancia: decir que son cosas de la edad, cambiar de tema o buscar una explicación que devuelva la tranquilidad. Aceptar que algo puede estar ocurriendo también da miedo.
Con el tiempo, esas situaciones dejan de parecer simples descuidos. A partir de ahí, cambia la vida de quien comienza a olvidar, pero también la de quienes están a su lado.
Cada 21 de septiembre se conmemora el Día Mundial del Alzheimer. Esta fecha fue establecida en 1994 por Alzheimer’s Disease International y la Organización Mundial de la Salud para crear conciencia sobre la enfermedad y combatir el estigma que todavía existe alrededor de las demencias.
La Organización Mundial de la Salud señala que, en 2021, 57 millones de personas vivían con demencia en el mundo y que cada año se registran casi diez millones de casos nuevos. El Alzheimer representa entre el 60 y el 70 por ciento de esos casos.
Las cifras ayudan a comprender la dimensión del problema, pero no cuentan lo que ocurre dentro de una casa. No hablan de la familia que aprende a organizar medicamentos, acompañar consultas y prevenir riesgos. Tampoco muestran a quien modifica sus horarios, deja pendientes sus propios planes o duerme con un oído atento por si su familiar se levanta durante la noche.
Hay momentos especialmente difíciles: responder varias veces la misma pregunta, enfrentar una confusión inesperada o descubrir que una persona querida ya no reconoce un lugar que fue parte de su vida. En esos momentos se necesita paciencia, pero también información y apoyo.
Cuidar a alguien con Alzheimer puede producir cansancio, tristeza, frustración y culpa. Admitirlo no significa querer menos. Significa entender que nadie debería hacerse cargo en soledad de una tarea que exige tanto en lo físico como en lo emocional. Quien cuida también necesita descansar, recibir orientación y contar con personas a quienes recurrir cuando la situación lo rebasa.
También debemos cuidar la forma en que tratamos a quien vive con esta enfermedad. Perder recuerdos o autonomía no le quita valor como persona. Tiene derecho a ser escuchada y, de acuerdo con sus posibilidades, a participar en las decisiones sobre su vida y a recibir explicaciones. El diagnóstico no borra su historia ni convierte su presencia en algo secundario.
Por eso es importante prestar atención a los cambios y buscar una valoración profesional. No todo olvido significa Alzheimer, pero tampoco conviene ignorar señales persistentes que comienzan a afectar las actividades habituales. Saber qué está sucediendo permite tomar decisiones, organizar el cuidado y buscar apoyo a tiempo.
En muchas familias, también en nuestra comunidad, todo esto ocurre puertas adentro. Se aprende sobre la marcha, entre dudas, cansancio y afecto. Por eso, además de preguntar cómo está la persona que vive con Alzheimer, también tendríamos que preguntar cómo se encuentra quien la cuida.
Puede llegar un momento en que alguien no recuerde una fecha, un lugar o incluso un nombre. Quienes permanecen a su lado sí pueden recordar algo fundamental: delante de ellos sigue estando una persona que siente, que tiene una historia y que merece ser tratada con respeto.
El Alzheimer puede llevarse recuerdos, palabras y parte de la autonomía. Lo que no debe llevarse es la dignidad de quien vive con la enfermedad ni la salud de quien lo cuida.
Nadie debería atravesar este proceso en soledad: ni quien comienza a olvidar ni quien permanece a su lado.
Luly González
Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.



