Para el gremio magisterial de México el mes de mayo es un mes especial, no sólo por los famosos “puentes” que en ocasiones tenemos el privilegio de disfrutar, sino por dos fechas muy importantes: el Día del Trabajo y el Día del Maestro.

Sin embargo, en los últimos ocho años quienes trabajamos para la educación pública hemos estado viendo cómo se le ha ido restando valor (y seguridad) a una profesión que años atrás muchas personas anhelaban desempeñar.

Hubo un tiempo en que ser maestro representaba estabilidad, respeto social y la posibilidad de construir un patrimonio a través de años de servicio. Aunque nunca ha sido una profesión ligada a grandes ingresos económicos, sí existía la tranquilidad de saber que el esfuerzo y la permanencia en el sistema educativo eventualmente permitirían acceder a una jubilación digna. Hoy, esa percepción ha cambiado drásticamente.

Las nuevas generaciones de docentes, directivos y personal administrativo y de servicios enfrentamos un panorama completamente distinto. La incertidumbre laboral se ha convertido en parte de la rutina de miles de profesionistas que, aun contando con preparación académica y vocación, no logran acceder a una plaza definitiva. Y aquí les viene mi “story time” queridos lectores: en unos meses termina mi periodo como directora del CECATI 142 y lo único seguro que tengo a partir del 01 de noviembre de este año, es regresar a mis 20 horas como instructora de inglés; un aspecto que amo y disfruto, pero que es un cambio completo de ritmo de trabajo, organización y, sobre todo, ingresos.

En el Subsistema Federal de Educación Media Superior, que es a donde pertenezco. el gobierno ha reducido significativamente la liberación de plazas y eso ha provocado que muchos maestros trabajen bajo contratos temporales, interinatos o esquemas que no garantizan estabilidad a largo plazo. Además, que hay escuelas, como la mía, en donde no hay contrataciones administrativas desde hace cinco años, jubilándose compañeros y quienes quedamos tenemos que hacer dos o tres actividades, además de la que se describe en nuestro puesto.

Y sí, mi participación de esta semana es una especie de queja o desahogo. Resulta preocupante que mientras las oportunidades laborales disminuyen, las necesidades dentro de las escuelas aumentan. En muchas instituciones públicas hace falta personal docente, administrativo y de apoyo. Hay maestros que deben atender grupos saturados, cubrir funciones adicionales y responder a problemáticas sociales y emocionales que anteriormente no formaban parte directa de su labor. El desgaste físico y mental se vuelve evidente, pero pocas veces se reconoce públicamente.

A esto se suma una realidad que salta a la vista de cualquiera que visite una escuela pública: la infraestructura educativa se encuentra cada vez más deteriorada. Existen planteles con mobiliario obsoleto, sanitarios en malas condiciones, sistemas eléctricos deficientes y espacios que requieren mantenimiento urgente. Mientras el discurso oficial insiste en hablar de modernización educativa, la realidad en muchas aulas dista mucho de reflejar ese avance. Pero en esta Región centro-Sur del Estado Grande no sabemos quedarnos “de brazos cruzados”, por lo que los docentes y directivos buscamos vinculación con los gobiernos municipales y estatales para bajar recursos y poder tener nuestras escuelas funcionando decentemente.

El rezago tecnológico también representa un desafío enorme. En un mundo donde la educación avanza hacia herramientas digitales, plataformas virtuales e inteligencia artificial, todavía hay escuelas que carecen de internet funcional, computadoras suficientes o equipos básicos para desarrollar actividades académicas de calidad. La desigualdad educativa continúa creciendo y quienes más la padecen son los estudiantes de las comunidades más vulnerables.

Lo más admirable es que, pese a todas estas carencias, los maestros y maestras comprometidos con esta hermosa vocación, seguimos sosteniendo el sistema educativo con esfuerzo, creatividad y compromiso. Son los docentes quienes muchas veces compran material con recursos propios, quienes adaptan espacios, quienes escuchan, orientan y acompañan a estudiantes que enfrentan situaciones complejas dentro y fuera del aula.

Ser docente nunca ha sido un trabajo sencillo, pero hoy parece haberse convertido también en una profesión marcada por la incertidumbre. Y aunque mayo continúa siendo un mes simbólico para el magisterio, también debería servir para reflexionar seriamente sobre las condiciones en las que miles de maestros desempeñamos una labor fundamental para el país. Porque hablar de educación no solo implica hablar de alumnos y programas académicos; también significa hablar de quienes dedicamos nuestras vidas a cambiar las vidas de nuestros alumnos. Y mientras no existan condiciones dignas, estabilidad laboral y verdadera inversión en las escuelas, seguirá siendo difícil construir el futuro educativo que México necesita.

“Tiempos traen tiempos”, me dice siempre mi papá. Y sé también que, donde sea que Dios quiera que me encuentre laboralmente, seguiré trabajando con el mismo amor al servicio y las ganas de hacer las cosas bien. No puedo influir en las decisiones de los directivos de mi Subsistema, pero sí puedo compartir la realidad que muchos trabajadores de la educación estamos viviendo. Porque detrás de cada escuela que sigue funcionando, hay docentes, administrativos y directivos sosteniendo el sistema con vocación, aun cuando las instituciones hace tiempo dejaron de sostenernos. Y ya ustedes, queridos lectores, tomarán sus decisiones en una boleta electoral… que al cabo falta muy poco para el 2027 (guiño, guiño).

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