Cada 30 de abril en México celebramos a todos los niños y niñas de hasta 12 años. Desde que soy madre el Día del Niño, ahora llamado Día de la Niñez, me pone más creativa y me hace recordar a esa Karemcita que sigue en mí. Esta fecha no solo me recuerda mi propia infancia —los juegos con mis primas, la plaza de Guadalupe Victoria, las tardes de patinar con mis amigas, el andar en bici por la Cordillera, los remojones el Día de San Juan, lo simple que era la vida— sino porque ahora, como madre, me invita a reflexionar sobre la enorme responsabilidad que tenemos de formar seres humanos felices y responsables. No basta con darles juguetes o prepararles una fiesta; lo que realmente importa es sembrar valores que los acompañen toda la vida.
Reconocer que la educación y el ejemplo que les damos en casa es la base de todo es una responsabilidad que, en ocasiones, a algunos padres y madres de familia les pesa demasiado y abandonan esa tarea. La escuela aporta conocimientos, sí, pero los valores se aprenden en el día a día, en la manera en que les vamos enseñando a nuestros hijos cómo resolvemos los problemas, en cómo tratamos a los demás, en cómo enfrentamos las dificultades. Valores universales que, si la mayoría los pusiéramos en práctica, este mundo sería muy diferente.
La solidaridad empieza en lo pequeño: compartir el último pedazo de pastel, ayudar a un compañero con la tarea, escuchar a alguien que está triste. Si enseñamos a nuestros hijos a ponerse en el lugar del otro, estamos formando adultos capaces de construir comunidades más humanas. He de confesar, queridos lectores, que en ocasiones como mamá me falla la empatía con mis hijos; pero luego lo platicamos y trato de ponerme en su lugar: son niños que están en formación.
La trascendencia es recordarles que nuestros actos dejan huella, que lo que hacemos hoy puede marcar la vida de alguien mañana. No se trata de grandes gestos, sino de pequeñas acciones que suman.
Desde que estaban mis chicos, mis hijos han comprendido que una de las frases que rige mi vida es “En todo amar y servir”, por lo que en sus recuerdos está que mamá siempre ha servido a su comunidad de diferentes maneras. El servicioes enseñarles que la vida no se trata solo de recibir, sino también de dar. Que ayudar en casa, colaborar en la escuela o participar en actividades comunitarias les da un sentido de pertenencia y propósito.
Quizá uno de los valores más difíciles de explicar es la justicia, porque implica reconocer lo que es correcto incluso cuando no nos conviene. Pero si logramos que nuestros hijos entiendan que la justicia es la base de la convivencia, estaremos sembrando ciudadanos responsables; como dice el dicho “no hacer lo que no quisiéramos que nos hagan”.
En un mundo que enfrenta crisis climáticas, enseñar a un niño a respetar la naturaleza es darle una brújula para el futuro. Desde separar la basura y ponerla en su lugar, hasta cuidar una planta y respetar a los animales. Yo misma he aprendido que cuando mis hijos ven que recojo un papel del suelo o que apago la luz al salir de un cuarto, ellos lo imitan. La educación ambiental empieza en casa, con el ejemplo.Aunque ya hasta mal les he de caer por siempre estarles recordando que apaguen luces y abanicos de las habitaciones que no estén usando; y últimamente me tienen estigmatizada como la “señora de las plantas”, sintiéndose celosos por las plantas que ambientan nuestro hogar.
Ahora bien, todo esto se sostiene en una base fundamental: la inteligencia emocional. Reconocer las emociones, aprender a manejarlas y comprender las de los demás es una habilidad que les servirá toda la vida. Como madre, he visto cómo un berrinche puede convertirse en una oportunidad para enseñar a respirar, a esperar, a expresar lo que sentimos con palabras, sin invalidar nuestras emociones. No es fácil, lo sé, porque también nosotros como adultos batallamos con nuestras emociones y llegamos a hacer ciertos berrinches. Pero si logramos acompañarlos en ese proceso, les damos herramientas para enfrentar el mundo con resiliencia.
El Día del Niño, entonces, no debería ser solo una fiesta con globos, dulces, juegos y piñatas. Debería ser un recordatorio de que cada juego, cada conversación y cada ejemplo que damos es una semilla. Si sembramos valores, cosecharemos adultos capaces de construir comunidades más justas, solidarias y felices. Y aquí hablo desde mi experiencia: no hay nada más gratificante que ver a mis hijos actuar con bondad, con responsabilidad, con autenticidad, con alegría. Es ahí donde siento que todo esfuerzo vale la pena.
Sé que como padres no somos perfectos. Nos equivocamos, perdemos la paciencia, a veces no sabemos cómo explicar lo que sentimos. Pero también sé que nuestros hijos no necesitan padres perfectos, sino padres presentes, dispuestos a aprender junto con ellos. Educar es un camino compartido, lleno de tropiezos y aprendizajes, de risas y lágrimas; lágrimas que en ocasiones son más frecuentes en las madres, llorando en silencio. Y en ese camino, lo más importante es que ellos se sientan amados, escuchados y acompañados.
Este Día del Niño quiero invitar a todos los padres y madresa reflexionar: ¿qué estamos sembrando en nuestros hijos? ¿Qué valores les estamos transmitiendo? Porque al final, formar niños felices y responsables es la mejor inversión en el futuro de nuestra región y de nuestro país. No se trata de grandes discursos, sino de acciones cotidianas: leerles un cuento, escucharlos con atención, enseñarles a cuidar lo que tienen, mostrarles que la vida se vive mejor cuando se comparte, predicar con el ejemplo. Que este día nos inspire a ser mejores madres y padres, mejores guías y mejores seres humanos. Porque cada niño feliz y responsable que formamos es una esperanza para el mañana.












































