El 30 de abril pasó entre dulces festivales y discursos llenos de buenas intenciones, hablamos de alegría de inocencia, de futuro y la vida continua igual; al final, algo no termina de cuadrar. Hoy, viendo a mis hijos, mientras intento hacer de nuestro hogar un espacio seguro para ellos, no puedo ignorar una realidad: no puedo protegerlos de todo, no puedo garantizarles una vida sin miedo, sin violencia o sin pérdidas. Y entonces surge esta pregunta: ¿a qué infancia estamos celebrando?

Porque estamos criando niños en entornos que cada vez se parecen más a la vida adulta; niños expuestos a violencia, algunos tomando decisiones que no corresponden a su edad, a dinámicas que no entienden pero que terminan aceptando. Mientras algunos reciben regalos, otros están aprendiendo a vivir con miedo a los gritos, a los golpes, al abandono, a la indiferencia. Y lo que más preocupa no solamente es que esto esté pasando, sino que muchas veces lo dejamos pasar.

Seguimos normalizando la violencia disfrazada de disciplina, la ausencia emocional de los adultos, y el hecho de que los niños crezcan más acompañados por pantallas que por pláticas o juegos, incluso hay quien llega a justificar el bullying porque es algo que “siempre ha existido”.

Y luego nos preguntamos por qué tenemos una sociedad cada vez más violenta, más desconectada, más insensible. Nos gusta pensar que el problema está afuera: en el gobierno, en las calles, en “los demás”, Pero la realidad es más difícil de aceptar, no siempre es una falla del sistema, es una falla de quienes educamos, criamos y damos ejemplo.

Y estas fallas son claras, cuando es más fácil gritar que aprender a escuchar, cuando corregimos sin explicar los motivos, cuando decimos estar presentes físicamente pero estamos ausentes emocionalmente, cuando preferimos obediencia o control absoluto en lugar de aprendizaje, cuando vemos acciones ajenas que sabemos que están mal y decidimos no meternos.

Porque sí, la familia es el primer espacio donde un niño aprende lo que es el mundo, pero siendo sinceros, no todos los núcleos familiares protegen. Hay hogares donde nace la violencia que después condenamos en la calle.

Y hablo también de mí, porque yo también fallo, hay días en los que pierdo la paciencia, en los que intento enseñarle a mis hijos a manejar sus emociones, sin lograr manejar las mías. Y aquí es donde esto deja de ser discurso y se vuelve responsabilidad.

Por eso hablar de una “niñez sana” no puede quedarse solo en frases bonitas, una infancia cuidada no es solo tener comida en la mesa y un lugar donde dormir.  Una infancia sana debería ser: sentirse seguro en tu núcleo, saber que siempre serás escuchado, entender que los limites existen y estos siempre serán claros, pero también te sobrará amor, crecerás viendo respeto, responsabilidad, empatía, para poder replicarlo.

La infancia no se forma con discursos, se forma con ejemplos. Y aquí hago otra pregunta: ¿qué están aprendiendo hoy los niños de nosotros? Nosotros somos quienes debemos enseñarles cómo resolver conflictos, somos su ejemplo de cómo tratar a los demás,  de nosotros aprenden si el respeto es real o solo una palabra más que usamos en público.

Cada niño que crece en un entorno de violencia, abandono o indiferencia no solo sufre en el presente, hemos sido testigos de que sus probabilidades de convertirse en un adulto que va repetir esos patrones en otros es mucho más alta. Y así, sin darnos cuenta, vamos heredando problemas que después fingimos no entender.

Estamos tan acostumbrados a vivir en una especie de burbuja: donde todo es urgente y eso nos distrae, todo es más superficial, y dejamos lo importante que es la formación de nuestros hijos, en segundo plano.

Y no digo que está mal que festejemos a los niños y niñas, al  contrario, el problema es lo que toleramos y algunas veces olvidamos. Por eso es importante preguntarnos cuánto tiempo de calidad estamos dando a nuestros niños, si estamos educando o solo queremos controlarlos, si estamos formando personas humanas o simplemente sobreviviendo a la crianza. Hablar de la infancia como futuro es lo más normal, pero nos toca reconocerla como presente y esto implica asumir responsabilidades, Y todo lo que hoy no cuidemos, terminará alcanzándonos.

En lo personal, seguiré buscando formas (aunque no siempre me salgan bien), de darle a mis hijos algo más que protección: darles criterio, límites, ejemplo y la capacidad de sostenerse cuando la realidad no sea fácil. Porque si no empezamos por ahí, entonces sí, no habrá celebración que alcance para la infancia que estamos perdiendo.

No puedo evitarles el mundo que les toca vivir, pero sí puedo hacerme responsable del hogar desde el que salen a enfrentarlo.

 

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