Hace unos días me llamó la atención una imagen tomada durante una marcha en Chihuahua. Entre los mensajes sobre la vida y la familia aparecían varias banderas del Estado de Israel. No escribo esto para cuestionar la fe o las convicciones de quienes asistieron. Lo hago porque me recordó algo que pocas veces discutimos. El medioambiente también forma parte de los conflictos políticos, aunque casi nunca aparezca en los titulares.

Antes de continuar conviene separar conceptos que suelen mezclarse hasta volver imposible cualquier conversación seria. El judaísmo es una religión, una cultura y una identidad. Ser israelí es pertenecer a una nacionalidad. El gobierno de Israel es un actor político que, como cualquier otro, puede ser cuestionado por sus decisiones. El sionismo, por su parte, es un movimiento político que ha sustentado un proyecto territorial cuyas consecuencias ambientales, sociales y humanitarias hoy son ampliamente documentadas. Criticar esas políticas no convierte a nadie en enemigo del pueblo judío. De hecho, miles de personas judías dentro y fuera de Israel también se han pronunciado contra la ocupación. Una cosa es el antisemitismo y otra muy distinta exigir responsabilidades a un gobierno.

Cuando hablamos de Palestina normalmente pensamos en bombardeos, edificios destruidos y víctimas civiles. Todo eso es real y profundamente doloroso. Pero debajo de esos escombros también existe otra tragedia de la que casi nadie habla. La ONU estima que Gaza acumula más de sesenta millones de toneladas de residuos producto de la guerra. Sin embargo, reducir la tragedia a concreto pulverizado sería deshumanizarla. Debajo de ese polvo también hay sangre, familias enteras, hospitales, escuelas, recuerdos y generaciones que seguirán viviendo entre contaminación, agua insalubre y suelos degradados mucho después de que termine el último disparo. La guerra termina en los discursos. Sus contaminantes permanecen durante décadas.

Pero lo que más me preocupa no son únicamente las bombas. Me preocupa la forma en que el medioambiente puede convertirse en una herramienta de ocupación.

Desde hace años investigadores han desarrollado un concepto conocido como colonialismo verde. Se refiere a aquellos casos donde la conservación, la reforestación o la gestión ambiental dejan de servir únicamente para proteger la naturaleza y comienzan a utilizarse para consolidar el control sobre un territorio. En distintas zonas de Palestina existen estudios que documentan cómo antiguos poblados fueron sustituidos por parques, programas de forestación o nuevas formas de ocupación territorial, mientras el acceso al agua, los olivares y las tierras agrícolas se convirtió también en un instrumento político. Resulta irónico pensar que hasta plantar árboles puede utilizarse para borrar la memoria de quienes alguna vez vivieron debajo de ellos.

El agua siempre ha sido mucho más que un recurso natural. Es alimento, salud, agricultura, energía y permanencia. Quien controla el agua termina decidiendo qué comunidades crecen, cuáles se desplazan, qué cultivos sobreviven y qué regiones prosperan. Por eso me parece tan peligroso cuando las decisiones relacionadas con este recurso dejan de discutirse públicamente y se convierten únicamente en asuntos técnicos o diplomáticos. La ecología nunca ha sido neutral. Detrás de un pozo, una presa o una tubería también existen relaciones de poder.

El olivo resume perfectamente esa realidad. No es solamente un árbol. Puede vivir cientos de años, captura carbono, protege el suelo contra la erosión y representa el sustento de miles de familias palestinas. Cuando uno es destruido no solo desaparece producción agrícola. También desaparece parte de la historia de una comunidad. La naturaleza también guarda memoria.

Y entonces inevitablemente pensé en América Latina. No porque nuestra realidad sea la misma, sino porque las ideas también viajan. Cambian de idioma, de bandera y de contexto, pero siguen cargando una visión sobre cómo debe administrarse el territorio, quién decide sobre los recursos y qué derechos pueden sacrificarse en nombre de la seguridad o del desarrollo. Por eso vale la pena observar con atención el fortalecimiento de alianzas políticas entre algunos gobiernos latinoamericanos y el gobierno israelí. Aprender tecnología nunca debería significar importar modelos de ocupación o normalizar la pérdida de derechos.

En Chihuahua tenemos un ejemplo que merece discutirse con seriedad. Desde 2023 existe un convenio entre la Junta Central de Agua y Saneamiento y MASHAV, la agencia de cooperación internacional del gobierno de Israel, para compartir conocimientos sobre gestión del agua. Aprender de sistemas eficientes de riego, reutilización o desalinización puede ser positivo. Como ambientalista no me preocupa aprender de quienes han desarrollado tecnologías extraordinarias para enfrentar la escasez. La ciencia debe compartirse. Lo que sí me preocupa es que cualquier acuerdo relacionado con el recurso más importante del estado se maneje con absoluta transparencia. La autoridad sostiene que se trata únicamente de cooperación técnica. Organizaciones civiles han solicitado conocer a detalle el convenio y sus alcances. Y tienen razón. La innovación nunca debería sustituir a la rendición de cuentas.

Tal vez por eso la ecología resulta tan incómoda para algunos gobiernos. Porque obliga a hacer preguntas que van mucho más allá de sembrar árboles o limpiar ríos. Pregunta quién posee la tierra, quién decide sobre el agua, quién recibe los beneficios del desarrollo y quién carga con sus consecuencias. La justicia ambiental no consiste solamente en conservar ecosistemas. También implica garantizar que ninguna comunidad tenga que perder su territorio para que otra pueda llamarlo progreso.

También observo con preocupación cómo en distintas partes del mundo resurgen discursos que cuestionan derechos conquistados por mujeres, pueblos indígenas, comunidades LGBT+, periodistas y organizaciones civiles. No todos responden a una misma agenda, pero sí comparten algo inquietante. La idea de que existe una única forma correcta de vivir, pensar y ocupar el territorio. Curiosamente, la naturaleza lleva millones de años enseñándonos exactamente lo contrario. Los ecosistemas más fuertes son aquellos donde existe diversidad. Nunca donde una sola especie intenta dominar a todas las demás.

Quizá esa sea la mayor lección ambiental de esta historia. La Tierra no reconoce pueblos superiores, religiones privilegiadas ni territorios desechables. Esa idea siempre ha sido nuestra.

Consejo incómodo: esta semana dedica diez minutos a conocer de dónde viene el agua que llega a tu casa, cuál es el acuífero que abastece a tu ciudad y qué problemas ambientales enfrenta tu municipio. Es fácil indignarse por conflictos que ocurren a miles de kilómetros, pero la verdadera conciencia ambiental comienza entendiendo el territorio que habitamos. Cuando conoces el origen de tu agua, también entiendes por qué vale la pena defenderla.

La naturaleza nunca ha entendido de banderas. Solo de quienes la cuidany de quienes la utilizan para ejercer poder.

Juntos Todos por un planeta donde el agua, la tierra y la vida nunca vuelvan a convertirse en instrumentos de ocupación. 🌎

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