Esta semana el mundo ha visto una de esas tragedias que nos obliga a detenernos un momento y valorar los pequeños instantes. Las imágenes que llegan desde Venezuela no solo son edificios derrumbados o calles convertidas en escombros, nos enseñan familias rotas, niños que, de un instante a otro, perdieron a quienes representaban su refugio más seguro.

Y entre tantas historias hay una que se repite una y otra vez y que me ha llenado el corazón; Madres que utilizaron su propio cuerpo para proteger a sus hijos, algunas no sobrevivieron, pero sus hijos sí. En medio del desastre, hicieron lo que probablemente cualquier madre haría sin pensarlo: ponerse entre el peligro y la vida de sus hijos.
Hay una frase que he leído muchas veces estos días y que, como mamá, entiendo de una forma completamente distinta: “Cuando eres madre, todos los niños duelen.” Y es verdad.
Porque ya no puedes ver la fotografía de un pequeño llorando entre los escombros sin imaginar a tus propios hijos. No puedes escuchar que un niño se quedó solo sin preguntarte quién lo abrazará esta noche, quién le va a explicar lo que acaba de vivir o quién va a ocupar el lugar que dejó la persona que más lo amaba.
Ser madre cambia por completo la forma de ver el mundo. El dolor ajeno deja de sentirse lejano, mientras veía esas imágenes no podía dejar de pensar en mis hijos, en el privilegio tan grande que es poder abrazarlos por las noches, en lo fácil que es dar por hecho que volveremos a verlos al regresar del trabajo, que habrá otro cuento antes de dormir, otro desayuno juntos, otro “te amo” dicho a la carrera.
Pero la vida no nos garantiza de eso, un terremoto, un accidente, basta un segundo para cambiarlo todo.
Creo que tragedias como esta, nos dejan enseñanzas duras, vivimos creyendo que siempre habrá una próxima vez, la próxima comida en familia, la próxima fotografía, el próximo abrazo, y la realidad es que nadie sabe cuándo será la última.
Por eso es tan importante amar sin reservas, decir lo que sentimos mientras todavía podemos decirlo, pedir perdón, agradecer, abrazar más fuerte, perder menos tiempo en cosas superficiales.
Las madres son, desde el principio de la historia, uno de los pilares sobre los que se sostiene la humanidad, y no porque sean perfectas, sino porque su capacidad de amar lleva, una y otra vez, a ponerse antes que ellas mismas.
Ojalá nunca tengamos que comprobar hasta dónde llega ese amor, y ojalá no esperemos a que una tragedia nos recuerde el valor de quienes hoy todavía podemos abrazar.

A Venezuela, hoy los abrazamos desde la distancia. Compartimos su dolor, lamentamos cada vida perdida y nos unimos a la esperanza de que quienes hoy sufren encuentren fuerza para salir adelante. Que sepan que su tragedia no nos es indiferente, porque el dolor de una familia, de una madre o de un niño, nunca conoce fronteras.

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