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Antes del silbatazo

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Antes de que ruede el balón, México ya está jugando otro partido.

No es el de la cancha. Es el de la organización, la hospitalidad, la seguridad, el turismo, la economía y la imagen que queremos mostrar frente al mundo.

El 11 de junio inicia el Mundial 2026 y México volverá a ser anfitrión de una Copa del Mundo. Para muchos será una fiesta deportiva. Para otros, una oportunidad económica. Para muchos de nosotros, será también un momento de emoción, memoria y orgullo. Porque en este país el fútbol rara vez es solo fútbol.

Quienes crecimos en México sabemos que el fútbol rara vez se queda en la cancha. Se platica en familia, se grita en la sala, se sufre en la oficina, se comenta en la calle y se hereda de generación en generación. A veces une a personas que piensan distinto, votan distinto o viven realidades muy diferentes. Durante noventa minutos, un gol puede hacer que todo un país mire hacia el mismo lugar.

Esa es una de sus fuerzas.

Pero un Mundial también va más allá de la pasión. Pone a prueba cómo se organiza un país cuando recibe visitantes.Qué tan preparado está para atender, orientar, proteger, mover, informar y convivir. También muestra cómo se comporta su gente, cómo trata al que llega de fuera y qué tanto entiende que ser anfitrión implica mucho más que abrir las puertas.

México tiene historia mundialista. Ya lo vivimos en 1970 y en 1986. Hay recuerdos, imágenes y momentos que siguen presentes en la memoria colectiva. Pero esta nueva edición llega en otro tiempo, con otros retos y con visitantes más atentos, redes sociales encendidas y una opinión pública que observa todo.

Hoy un visitante no solo observa el estadio. Observa el aeropuerto, el transporte, el hotel, la limpieza, la seguridad, los precios, la atención, la tecnología, la señalización, el trato y la experiencia completa. También observa lo que pasa fuera del partido.

Ahí es donde el Mundial deja de ser solo deportivo y se vuelve social.

El movimiento económico será importante, sobre todo para las ciudades sede y los sectores ligados al turismo, la hotelería, los restaurantes, el comercio y los servicios. Pero la oportunidad no está solo en vender más durante unas semanas. La verdadera pregunta es qué queda después: mejores prácticas, mejor atención, mejor coordinación y una imagen de país que invite a volver.

También hay que decirlo: recibir un Mundial no borra nuestros problemas. No desaparece las deficiencias de infraestructura, ni los retos de seguridad, ni las desigualdades, ni las dificultades que muchas ciudades enfrentan todos los días. Al contrario, un evento de esta magnitud puede hacerlas más visibles.

Por eso la pregunta es inevitable: ¿estamos preparados?

No solo si los estadios están listos. También si lo están los servicios, los accesos, la movilidad, la seguridad, la atención al turista y la convivencia ciudadana. Un país anfitrión se mide en la cancha, pero también en la forma en que resuelve lo que ocurre alrededor.

Y ahí entra otro tema: la afición.

El Mundial también será una prueba de comportamiento. De respeto. De cómo celebramos, cómo competimos, cómo recibimos al rival y cómo entendemos que la pasión no justifica la agresión, la discriminación ni el abuso. La emoción del fútbol no debería estar peleada con la civilidad.

Porque se puede apoyar con fuerza sin perder el respeto.

México tiene una oportunidad importante: no solo organizar partidos, sino mostrar cultura, identidad, alegría, servicio y capacidad. Como país, nos toca demostrar que sabemos recibir, convivir y cuidar la imagen que damos dentro y fuera del estadio.

El Mundial pasará. Los partidos terminarán. Habrá ganadores, derrotas, goles y discusiones.

Pero lo que México muestre como anfitrión también contará.

Porque antes del silbatazo, no solo juega la Selección.

También juega el país.

Luly González

Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.

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